El examen que se aplicó solo y ahora nadie sabe quién lo calificó
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La UNAM decidió modernizarse y aplicó por primera vez su examen de ingreso a licenciatura completamente en línea, supervisado con herramientas de inteligencia artificial. La promesa era hermosa: nada de filas a las seis de la mañana, nada de aulas ardiendo, nada de vigilante caminando entre pupitres con cara de que ya te vio. El futuro, dijeron. Y el futuro llegó, sí, pero con la constancia de un módem de los noventa.
Hoy hay expertos alertando por anomalías en el alza de puntajes, exámenes invalidados sin explicación satisfactoria para quienes los presentaron, y tres colectivos de rechazados convocando a marchar el próximo lunes desde el Metro Universidad y el Metrobús CU hasta la Torre de Rectoría. Sus demandas no son revolucionarias, son casi tiernas: una auditoría al proceso, revisión humana de los exámenes anulados, una explicación técnica de cómo funciona la plataforma y —el gran regreso del siglo— el examen presencial. Es decir, papel, lápiz y un ser humano que responda cuando le preguntas algo. Tecnología de punta del año mil setecientos.
La cereza está en la letra chiquita del contrato con la empresa Territorium Life: si se confirman incumplimientos técnicos o filtraciones, la sanción sería de cuatro millones de pesos. Cuatro millones. Cuatro millones para un proceso del que dependen decenas de miles de proyectos de vida. Uno hace la cuenta cruel: si un solo aspirante perdió el año por una falla, el consuelo institucional es una multa que en la CDMX no alcanza ni para un departamento de dos recámaras cerca del Metro. La justicia poética exigiría que la penalización se pagara en lugares en la Facultad de Derecho, no en pesos.
Hay algo profundamente mexicano en toda esta historia. Le entregamos a un algoritmo la tarea más delicada del sistema educativo público —decidir quién entra a la universidad más importante del país— porque la palabra "inteligencia artificial" en una presentación institucional tiene el mismo efecto hipnótico que la palabra "blockchain" tuvo hace unos años en las juntas de consejo. Y cuando el algoritmo hizo cosas raras, resulta que no hay a quién levantarle la mano y decirle "maestro, se me trabó la pantalla". El sistema no tiene maestro. El sistema tiene mesa de ayuda.
Lo más honesto que puede decirse es esto: la Universidad Nacional tiene todo el derecho de experimentar, y hasta la obligación de innovar. Pero un examen de admisión no es una beta pública. Es la puerta. Y cuando la puerta se atora, no se le dice al muchacho de Iztapalapa que lleva un año estudiando en la mesa del comedor "disculpa las molestias, estamos trabajando para servirte mejor". Se le abre la puerta a mano, si es necesario, con un ser humano leyendo su examen y explicándole por qué sí o por qué no.
El lunes marchan a Rectoría. Ojalá alguien salga a recibirlos en presencial. Sería, cuando menos, coherente con la tecnología que están pidiendo de vuelta.
Hoy hay expertos alertando por anomalías en el alza de puntajes, exámenes invalidados sin explicación satisfactoria para quienes los presentaron, y tres colectivos de rechazados convocando a marchar el próximo lunes desde el Metro Universidad y el Metrobús CU hasta la Torre de Rectoría. Sus demandas no son revolucionarias, son casi tiernas: una auditoría al proceso, revisión humana de los exámenes anulados, una explicación técnica de cómo funciona la plataforma y —el gran regreso del siglo— el examen presencial. Es decir, papel, lápiz y un ser humano que responda cuando le preguntas algo. Tecnología de punta del año mil setecientos.
La cereza está en la letra chiquita del contrato con la empresa Territorium Life: si se confirman incumplimientos técnicos o filtraciones, la sanción sería de cuatro millones de pesos. Cuatro millones. Cuatro millones para un proceso del que dependen decenas de miles de proyectos de vida. Uno hace la cuenta cruel: si un solo aspirante perdió el año por una falla, el consuelo institucional es una multa que en la CDMX no alcanza ni para un departamento de dos recámaras cerca del Metro. La justicia poética exigiría que la penalización se pagara en lugares en la Facultad de Derecho, no en pesos.
Hay algo profundamente mexicano en toda esta historia. Le entregamos a un algoritmo la tarea más delicada del sistema educativo público —decidir quién entra a la universidad más importante del país— porque la palabra "inteligencia artificial" en una presentación institucional tiene el mismo efecto hipnótico que la palabra "blockchain" tuvo hace unos años en las juntas de consejo. Y cuando el algoritmo hizo cosas raras, resulta que no hay a quién levantarle la mano y decirle "maestro, se me trabó la pantalla". El sistema no tiene maestro. El sistema tiene mesa de ayuda.
Lo más honesto que puede decirse es esto: la Universidad Nacional tiene todo el derecho de experimentar, y hasta la obligación de innovar. Pero un examen de admisión no es una beta pública. Es la puerta. Y cuando la puerta se atora, no se le dice al muchacho de Iztapalapa que lleva un año estudiando en la mesa del comedor "disculpa las molestias, estamos trabajando para servirte mejor". Se le abre la puerta a mano, si es necesario, con un ser humano leyendo su examen y explicándole por qué sí o por qué no.
El lunes marchan a Rectoría. Ojalá alguien salga a recibirlos en presencial. Sería, cuando menos, coherente con la tecnología que están pidiendo de vuelta.