Kilómetro 204: la Bolsa de Valores más eficiente de Chihuahua opera a cielo abierto
Tamaño de letra
Volcó un tráiler cargado con tarimas de queso crema en la carretera Chihuahua–Delicias, a la altura del kilómetro 204, después de que el conductor perdiera el control al pasar por un vado. La unidad terminó de costado, fuera del camino. Y entonces ocurrió lo que en cualquier país civilizado sería un incidente vial y aquí es un evento de redistribución espontánea de la riqueza: automovilistas se detuvieron y comenzaron a llevarse producto antes de que llegara la Guardia Nacional.
Detengámonos a admirar la logística. Nadie los convocó. No hubo grupo de WhatsApp, ni convocatoria en el Facebook del pueblo, ni conferencia de prensa. La información viajó por el aire, como los aromas, y en cuestión de minutos se armó una cadena de suministro que va del asfalto al refrigerador familiar sin intermediarios, sin IVA y sin nota de remisión. Si Chihuahua lograra mover con esa velocidad los expedientes en el Poder Judicial, ya seríamos Suiza.
Hay algo profundamente honesto en la rapiña carretera: es el único momento en que el mexicano promedio cree ciegamente en el libre mercado. No hay debate ideológico, no hay mesa de análisis, no hay especialista explicando la Sección 301. Hay una tarima en el suelo y una decisión ética que se toma en 1.4 segundos, aproximadamente el mismo tiempo que tarda un político en decir que las encuestas no reflejan la realidad.
Y que quede claro: aquí no se juzga a nadie por el fondo penal del asunto, para eso están las autoridades, que además llegaron. Lo que se juzga es la narrativa. Porque en la misma semana en que nos enteramos de que la producción de oro en el estado cayó 20.7 por ciento y de que también se desplomaron plata, plomo y zinc, resulta que el commodity con mayor liquidez inmediata en el territorio chihuahuense no está a trescientos metros bajo tierra en Chínipas: está tirado en un vado de la federal, empaquetado y refrigerado.
El vado, por cierto, merece mención honorífica. El reporte señala que el accidente ocurrió cuando el tractocamión atravesaba una zona con desnivel. Es decir que la carretera hizo su parte del trabajo. Llevamos años quejándonos de que a los caminos del estado les falta mantenimiento y hoy descubrimos que en realidad son un sofisticado sistema de estímulo a la economía informal: bache que cumple su función, tarima que aterriza, ciudadano que despensa. Un modelo de desarrollo regional que ningún plan estatal se ha atrevido a formalizar.
Queda la pregunta que nadie se hace: ¿cuánta gente en ese tramo pensó, sinceramente, que estaba haciendo algo malo? Muy poca. Porque en el imaginario colectivo el producto derramado ya no le pertenece a nadie; se convierte en propiedad de la carretera, y la carretera es de todos, como el Cerro Coronel o el derecho a criticar al alcalde. Es una teoría jurídica que no aparece en ningún código, pero que se aplica con más consistencia que muchas que sí aparecen.
A la empresa transportista, nuestra solidaridad. Al conductor, que salió del percance, nuestro alivio. Y al queso crema, nuestro respeto: en un estado donde el oro se está acabando, tú apareciste justo cuando más te necesitábamos, y a diferencia de él, sí llegaste a la mesa de la gente.
Detengámonos a admirar la logística. Nadie los convocó. No hubo grupo de WhatsApp, ni convocatoria en el Facebook del pueblo, ni conferencia de prensa. La información viajó por el aire, como los aromas, y en cuestión de minutos se armó una cadena de suministro que va del asfalto al refrigerador familiar sin intermediarios, sin IVA y sin nota de remisión. Si Chihuahua lograra mover con esa velocidad los expedientes en el Poder Judicial, ya seríamos Suiza.
Hay algo profundamente honesto en la rapiña carretera: es el único momento en que el mexicano promedio cree ciegamente en el libre mercado. No hay debate ideológico, no hay mesa de análisis, no hay especialista explicando la Sección 301. Hay una tarima en el suelo y una decisión ética que se toma en 1.4 segundos, aproximadamente el mismo tiempo que tarda un político en decir que las encuestas no reflejan la realidad.
Y que quede claro: aquí no se juzga a nadie por el fondo penal del asunto, para eso están las autoridades, que además llegaron. Lo que se juzga es la narrativa. Porque en la misma semana en que nos enteramos de que la producción de oro en el estado cayó 20.7 por ciento y de que también se desplomaron plata, plomo y zinc, resulta que el commodity con mayor liquidez inmediata en el territorio chihuahuense no está a trescientos metros bajo tierra en Chínipas: está tirado en un vado de la federal, empaquetado y refrigerado.
El vado, por cierto, merece mención honorífica. El reporte señala que el accidente ocurrió cuando el tractocamión atravesaba una zona con desnivel. Es decir que la carretera hizo su parte del trabajo. Llevamos años quejándonos de que a los caminos del estado les falta mantenimiento y hoy descubrimos que en realidad son un sofisticado sistema de estímulo a la economía informal: bache que cumple su función, tarima que aterriza, ciudadano que despensa. Un modelo de desarrollo regional que ningún plan estatal se ha atrevido a formalizar.
Queda la pregunta que nadie se hace: ¿cuánta gente en ese tramo pensó, sinceramente, que estaba haciendo algo malo? Muy poca. Porque en el imaginario colectivo el producto derramado ya no le pertenece a nadie; se convierte en propiedad de la carretera, y la carretera es de todos, como el Cerro Coronel o el derecho a criticar al alcalde. Es una teoría jurídica que no aparece en ningún código, pero que se aplica con más consistencia que muchas que sí aparecen.
A la empresa transportista, nuestra solidaridad. Al conductor, que salió del percance, nuestro alivio. Y al queso crema, nuestro respeto: en un estado donde el oro se está acabando, tú apareciste justo cuando más te necesitábamos, y a diferencia de él, sí llegaste a la mesa de la gente.