Maná plantará bosques enteros; el árbol de La Minerva mandó saludos desde el aserradero
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Hay gestos que nacen torcidos de tan derechos. Maná, la banda más tapatía del catálogo nacional, anunció dos buenas noticias el mismo fin de semana: que celebra 40 años con un concierto gratuito en Guadalajara el 17 de junio en La Minerva, y que donará las ganancias de esa presentación a la reforestación de la Zona Metropolitana y municipios como Puerto Vallarta. La banda incluso mantiene un vivero en Ahuisculco que produce cerca de 10 mil árboles al año. Hasta ahí, aplausos sinceros: pocos famosos convierten el cheque en oxígeno.
El problema es de guion. Activistas ambientales denunciaron que, entre los preparativos para ese mismo concierto, se taló un árbol consolidado en La Minerva, de esos que ya cumplían su chamba bajando contaminantes y dando sombra. O sea: para celebrar la reforestación tuvimos que deforestar un poquito primero. Es el equivalente botánico de prender un cigarro mientras das la plática antitabaco.
Uno entiende la logística: el escenario es grande, el ego del Mundial es más grande, y un arbolito de banqueta no negocia con la producción. Pero la metáfora se cuenta sola. La ZMG llevaba semanas con lluvias, socavones y techos de escuelas dañados; lo único que sobraba era sombra, y fuimos a cobrársela al único que la daba gratis. Plantar diez mil árboles en Ahuisculco para tumbar uno en avenida Vallarta no es contradicción: es contabilidad creativa de la naturaleza, primo lejano del subejercicio.
Que conste: el concierto es gratuito, el dinero va a un fin noble y la intención es buenísima. Solo faltó que alguien, entre tanto verde institucional, levantara la mano y dijera: 'oigan, ¿y si el escenario lo movemos tres metros?'. Porque rockear por el planeta con motosierra de fondo le quita un poco de afinación al mensaje. Ojalá los árboles prometidos lleguen pronto, y ojalá lleguen con todo y los que les debemos.
El problema es de guion. Activistas ambientales denunciaron que, entre los preparativos para ese mismo concierto, se taló un árbol consolidado en La Minerva, de esos que ya cumplían su chamba bajando contaminantes y dando sombra. O sea: para celebrar la reforestación tuvimos que deforestar un poquito primero. Es el equivalente botánico de prender un cigarro mientras das la plática antitabaco.
Uno entiende la logística: el escenario es grande, el ego del Mundial es más grande, y un arbolito de banqueta no negocia con la producción. Pero la metáfora se cuenta sola. La ZMG llevaba semanas con lluvias, socavones y techos de escuelas dañados; lo único que sobraba era sombra, y fuimos a cobrársela al único que la daba gratis. Plantar diez mil árboles en Ahuisculco para tumbar uno en avenida Vallarta no es contradicción: es contabilidad creativa de la naturaleza, primo lejano del subejercicio.
Que conste: el concierto es gratuito, el dinero va a un fin noble y la intención es buenísima. Solo faltó que alguien, entre tanto verde institucional, levantara la mano y dijera: 'oigan, ¿y si el escenario lo movemos tres metros?'. Porque rockear por el planeta con motosierra de fondo le quita un poco de afinación al mensaje. Ojalá los árboles prometidos lleguen pronto, y ojalá lleguen con todo y los que les debemos.