El semáforo goza de cabal salud: lo único que no hace es funcionar
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Llovió en Morelia. Como llueve cada julio desde que existe Morelia. Y con la lluvia y las fallas eléctricas vinieron los apagones de semáforos en varios cruceros de la ciudad. Hasta ahí, la nota es meteorología.
Lo que eleva el asunto a categoría filosófica es la precisión de la Sedum: aun con las fallas, la dependencia niega que los semáforos de la ciudad presenten daños.
Magnífico. El semáforo está sanísimo. Sin rasguños. Con la carcasa impecable, el poste derecho, la pintura como nueva. Simplemente no ilumina, no cambia de color y no le dice a nadie cuándo pasar. Pero daños, lo que se dice daños, ninguno. Es la misma lógica del paraguas que está en perfecto estado siempre y cuando no lo abras, o del elevador que jamás se descompone porque nunca lo prenden.
En defensa de la dependencia hay que reconocer que técnicamente tiene razón, y esa es exactamente la tragedia: en Michoacán hemos perfeccionado el arte de tener razón sobre cosas que a nadie le sirven. Al ciudadano que va a las siete de la mañana por Camelinas no le interesa el estado estructural del aparato; le interesa no morir en el crucero. Pero el boletín no habla de cruceros, habla de daños. Y de daños no hay.
Mientras tanto, la ciudadanía ya hizo lo que hace siempre: resolverlo sola. Sin semáforo, Morelia inventó un sistema vial basado en el contacto visual, la fe católica y el claxon como lenguaje. Hay una jerarquía tácita que todos respetamos: primero pasa el camión urbano porque no frena, luego la camioneta grande porque tampoco, luego el que va hablando por teléfono porque ni cuenta se dio, y al final el que respeta las reglas, que es el que nunca llega. Ocasionalmente aparece un buen samaritano dirigiendo el tráfico con una playera en la mano, ejerciendo una autoridad que nadie le dio y que todos obedecemos con más disciplina que a cualquier semáforo.
Lo notable es que esto no es una novedad ni una sorpresa. Es julio. Es temporada de lluvias. Sucede todos los años, en las mismas esquinas, con el mismo asombro institucional. Cada temporal descubre nuevamente que llueve, que el agua y la electricidad no se llevan bien, y que la ciudad necesita algo tan exótico como respaldo de energía en los cruceros principales.
Que una tormenta apague semáforos es entendible. Que la respuesta pública sea aclarar que el equipo no está dañado, en lugar de decir cuándo vuelve a encender y qué se hará el próximo aguacero, es lo que convierte una falla eléctrica en una postal de gobierno.
El semáforo está bien, insisten. Los que no estamos tan bien somos los que dependemos de él.
Lo que eleva el asunto a categoría filosófica es la precisión de la Sedum: aun con las fallas, la dependencia niega que los semáforos de la ciudad presenten daños.
Magnífico. El semáforo está sanísimo. Sin rasguños. Con la carcasa impecable, el poste derecho, la pintura como nueva. Simplemente no ilumina, no cambia de color y no le dice a nadie cuándo pasar. Pero daños, lo que se dice daños, ninguno. Es la misma lógica del paraguas que está en perfecto estado siempre y cuando no lo abras, o del elevador que jamás se descompone porque nunca lo prenden.
En defensa de la dependencia hay que reconocer que técnicamente tiene razón, y esa es exactamente la tragedia: en Michoacán hemos perfeccionado el arte de tener razón sobre cosas que a nadie le sirven. Al ciudadano que va a las siete de la mañana por Camelinas no le interesa el estado estructural del aparato; le interesa no morir en el crucero. Pero el boletín no habla de cruceros, habla de daños. Y de daños no hay.
Mientras tanto, la ciudadanía ya hizo lo que hace siempre: resolverlo sola. Sin semáforo, Morelia inventó un sistema vial basado en el contacto visual, la fe católica y el claxon como lenguaje. Hay una jerarquía tácita que todos respetamos: primero pasa el camión urbano porque no frena, luego la camioneta grande porque tampoco, luego el que va hablando por teléfono porque ni cuenta se dio, y al final el que respeta las reglas, que es el que nunca llega. Ocasionalmente aparece un buen samaritano dirigiendo el tráfico con una playera en la mano, ejerciendo una autoridad que nadie le dio y que todos obedecemos con más disciplina que a cualquier semáforo.
Lo notable es que esto no es una novedad ni una sorpresa. Es julio. Es temporada de lluvias. Sucede todos los años, en las mismas esquinas, con el mismo asombro institucional. Cada temporal descubre nuevamente que llueve, que el agua y la electricidad no se llevan bien, y que la ciudad necesita algo tan exótico como respaldo de energía en los cruceros principales.
Que una tormenta apague semáforos es entendible. Que la respuesta pública sea aclarar que el equipo no está dañado, en lugar de decir cuándo vuelve a encender y qué se hará el próximo aguacero, es lo que convierte una falla eléctrica en una postal de gobierno.
El semáforo está bien, insisten. Los que no estamos tan bien somos los que dependemos de él.