Suspendida hacia arriba, campeona hacia abajo: la obra que decidió excavar su propia defensa
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Hay obras que se detienen. Hay obras que se amparan. Y luego está la de avenida Cuauhtémoc, en el pueblo de Santa Cruz Atoyac, que parece haber entendido la palabra "suspensión" como una invitación a explorar el subsuelo.
Recapitulemos para quien llegó tarde a la telenovela. A finales de abril, los vecinos del pueblo hicieron una clausura ciudadana —simbólica, con esa fe conmovedora que tiene el mexicano en el poder de un sello de papel—. El 16 de junio, un tribunal colegiado ordenó la suspensión, esta vez con la fuerza de una toga y no de la buena voluntad. Ayer, por fin, se realizó la inspección judicial. Es decir: vino un juzgado a ver con sus propios ojos qué tanto se respetó el mandato.
Spoiler: no lo suficiente.
Según el abogado de los vecinos, las perforaciones para los cimientos ya alcanzaban ocho metros de profundidad. En abril iban en dos. Seis metros de avance mientras el expediente decía "detenido", lo cual habla de una capacidad de multitarea que en cualquier otro rubro de esta ciudad sería motivo de premio. Y por si el dato pareciera modesto, los propios trabajadores presentes durante la diligencia mencionaron unas pilas que estarían a catorce metros de profundidad. Catorce metros. A esa altura ya no hablamos de una obra, hablamos de un proyecto arqueológico invertido: en lugar de descubrir el pasado, lo estamos construyendo.
La lógica es impecable y merece un aplauso técnico. Si la orden es no construir, uno no construye hacia arriba. Nadie dijo nada del eje Z en dirección al núcleo terrestre. Es el mismo razonamiento del adolescente al que le prohíben salir por la puerta y descubre que existe la ventana.
La alcaldía Benito Juárez, por su parte, pidió a la Fiscalía capitalina que intervenga y reiteró —esta es la parte que hay que leer despacio— "su compromiso con la protección del patrimonio vecinal". Compromiso reiterado. No inaugurado: reiterado. Porque ya lo habían dicho antes, y antes, y probablemente antes de eso. En esta ciudad las autoridades reiteran compromisos con la misma frecuencia con la que uno reitera que va a empezar el gimnasio el lunes.
Lo notable del caso no es el conflicto —los pleitos por construcciones en la Benito Juárez son ya un género literario con sus propios clásicos—, sino la coreografía. Los vecinos clausuran. La obra sigue. Un tribunal ordena. La obra sigue. Un juzgado va a ver personalmente. La obra, para entonces, va seis metros más abajo. Y la respuesta institucional es pedirle a otra institución que intervenga, en ese pase de estafeta administrativo donde la estafeta nunca llega a la meta porque el relevo siempre está en otra ventanilla.
A los habitantes de Santa Cruz Atoyac, mientras tanto, les queda el consuelo de saber que su pueblo está siendo estudiado a catorce metros de profundidad. Pocas colonias de la ciudad pueden presumir tanto interés por su subsuelo. Ninguna lo pidió.
Recapitulemos para quien llegó tarde a la telenovela. A finales de abril, los vecinos del pueblo hicieron una clausura ciudadana —simbólica, con esa fe conmovedora que tiene el mexicano en el poder de un sello de papel—. El 16 de junio, un tribunal colegiado ordenó la suspensión, esta vez con la fuerza de una toga y no de la buena voluntad. Ayer, por fin, se realizó la inspección judicial. Es decir: vino un juzgado a ver con sus propios ojos qué tanto se respetó el mandato.
Spoiler: no lo suficiente.
Según el abogado de los vecinos, las perforaciones para los cimientos ya alcanzaban ocho metros de profundidad. En abril iban en dos. Seis metros de avance mientras el expediente decía "detenido", lo cual habla de una capacidad de multitarea que en cualquier otro rubro de esta ciudad sería motivo de premio. Y por si el dato pareciera modesto, los propios trabajadores presentes durante la diligencia mencionaron unas pilas que estarían a catorce metros de profundidad. Catorce metros. A esa altura ya no hablamos de una obra, hablamos de un proyecto arqueológico invertido: en lugar de descubrir el pasado, lo estamos construyendo.
La lógica es impecable y merece un aplauso técnico. Si la orden es no construir, uno no construye hacia arriba. Nadie dijo nada del eje Z en dirección al núcleo terrestre. Es el mismo razonamiento del adolescente al que le prohíben salir por la puerta y descubre que existe la ventana.
La alcaldía Benito Juárez, por su parte, pidió a la Fiscalía capitalina que intervenga y reiteró —esta es la parte que hay que leer despacio— "su compromiso con la protección del patrimonio vecinal". Compromiso reiterado. No inaugurado: reiterado. Porque ya lo habían dicho antes, y antes, y probablemente antes de eso. En esta ciudad las autoridades reiteran compromisos con la misma frecuencia con la que uno reitera que va a empezar el gimnasio el lunes.
Lo notable del caso no es el conflicto —los pleitos por construcciones en la Benito Juárez son ya un género literario con sus propios clásicos—, sino la coreografía. Los vecinos clausuran. La obra sigue. Un tribunal ordena. La obra sigue. Un juzgado va a ver personalmente. La obra, para entonces, va seis metros más abajo. Y la respuesta institucional es pedirle a otra institución que intervenga, en ese pase de estafeta administrativo donde la estafeta nunca llega a la meta porque el relevo siempre está en otra ventanilla.
A los habitantes de Santa Cruz Atoyac, mientras tanto, les queda el consuelo de saber que su pueblo está siendo estudiado a catorce metros de profundidad. Pocas colonias de la ciudad pueden presumir tanto interés por su subsuelo. Ninguna lo pidió.