El Cerro de las Mitras contrata abogados: ahora litiga contra sus propios vecinos nuevos
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Los cerros de Monterrey llevan siglos ahí, quietos, sin molestar a nadie, dedicados exclusivamente a salir en las fotos de bienvenida y en los logotipos institucionales. Pero resulta que ser paisaje ya no alcanza como currículum, y el Cerro de las Mitras acaba de escalar —nunca mejor dicho— hasta el Congreso de la Unión.
Legisladores federales aprobaron un exhorto para que autoridades federales, estatales y municipales revisen la legalidad de diversos proyectos inmobiliarios en las faldas del cerro, y verifiquen que se cumpla la normatividad ambiental, urbana y de protección civil. Todo esto después de que los vecinos del poniente de Monterrey se cansaron de ver cómo la ciudad trepa la montaña como si fuera una escalera eléctrica.
Detengámonos en la palabra clave: "revisen". No "detengan", no "sancionen", no "expliquen quién firmó qué". Revisen. En el rico idioma administrativo mexicano, revisar es ese verbo elegante que significa mirar con detenimiento algo que ya está construido, con la seriedad de quien examina un pastel del que ya se comieron tres rebanadas. Los permisos, si existen, ahí estarán; y si no existen, seguramente existirá un expediente explicando por qué no existían y por qué no pasa nada.
Lo verdaderamente admirable es el orden cronológico del urbanismo regio. Primero se vende el fraccionamiento con el eslogan "vive rodeado de naturaleza". Después llega el vecino, se enamora de su vista al cerro, y descubre que en la parcela de junto están vendiendo exactamente la misma vista al cerro, sólo que su vista ahora es la barda del vecino. Y así, capa sobre capa, hasta que el cerro deja de ser cerro y se convierte en una gradería con estacionamiento. Es el único fenómeno geológico en el que la montaña se llena de casas más rápido de lo que tarda un exhorto en llegar de la Ciudad de México.
Y luego está el punto de la protección civil, que en la sierra madre no es un tecnicismo sino una profecía. Todo el que ha vivido en esta ciudad sabe lo que pasa cuando llueve fuerte sobre una ladera pelona: el agua no lee escrituras ni respeta usos de suelo. El agua baja. Y lo que encuentra en el camino —lo que se construyó donde antes había matorral, roca y escurrimiento— lo baja con ella. Ese es el verdadero exhorto, y lo emite la gravedad, sin necesidad de votación.
Así que bienvenido sea el llamado del Congreso. Ojalá la revisión termine en algo más que un oficio bien redactado. Porque el Cerro de las Mitras no puede ir a comparecer, no tiene representante legal, no da declaraciones a la prensa y jamás le va a llamar a nadie para quejarse. Su único método de protesta es, precisamente, el que todos tememos: un día, cuando llueva de más, contestará. Y contestará hacia abajo.
Legisladores federales aprobaron un exhorto para que autoridades federales, estatales y municipales revisen la legalidad de diversos proyectos inmobiliarios en las faldas del cerro, y verifiquen que se cumpla la normatividad ambiental, urbana y de protección civil. Todo esto después de que los vecinos del poniente de Monterrey se cansaron de ver cómo la ciudad trepa la montaña como si fuera una escalera eléctrica.
Detengámonos en la palabra clave: "revisen". No "detengan", no "sancionen", no "expliquen quién firmó qué". Revisen. En el rico idioma administrativo mexicano, revisar es ese verbo elegante que significa mirar con detenimiento algo que ya está construido, con la seriedad de quien examina un pastel del que ya se comieron tres rebanadas. Los permisos, si existen, ahí estarán; y si no existen, seguramente existirá un expediente explicando por qué no existían y por qué no pasa nada.
Lo verdaderamente admirable es el orden cronológico del urbanismo regio. Primero se vende el fraccionamiento con el eslogan "vive rodeado de naturaleza". Después llega el vecino, se enamora de su vista al cerro, y descubre que en la parcela de junto están vendiendo exactamente la misma vista al cerro, sólo que su vista ahora es la barda del vecino. Y así, capa sobre capa, hasta que el cerro deja de ser cerro y se convierte en una gradería con estacionamiento. Es el único fenómeno geológico en el que la montaña se llena de casas más rápido de lo que tarda un exhorto en llegar de la Ciudad de México.
Y luego está el punto de la protección civil, que en la sierra madre no es un tecnicismo sino una profecía. Todo el que ha vivido en esta ciudad sabe lo que pasa cuando llueve fuerte sobre una ladera pelona: el agua no lee escrituras ni respeta usos de suelo. El agua baja. Y lo que encuentra en el camino —lo que se construyó donde antes había matorral, roca y escurrimiento— lo baja con ella. Ese es el verdadero exhorto, y lo emite la gravedad, sin necesidad de votación.
Así que bienvenido sea el llamado del Congreso. Ojalá la revisión termine en algo más que un oficio bien redactado. Porque el Cerro de las Mitras no puede ir a comparecer, no tiene representante legal, no da declaraciones a la prensa y jamás le va a llamar a nadie para quejarse. Su único método de protesta es, precisamente, el que todos tememos: un día, cuando llueva de más, contestará. Y contestará hacia abajo.