La UMA de Vallarta: edificio con vida propia (y avispas)
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Si usted quiere entender el pulso de la administración pública en Puerto Vallarta, no lea el informe de gobierno: visite la Unidad Municipal Administrativa, ese edificio que esta semana protagonizó una telenovela por entregas donde cada capítulo fue una desgracia nueva.
Capítulo uno: los elevadores. Decenas de ciudadanos —adultos mayores, mujeres embarazadas, personas con movilidad reducida— tuvieron que subir a pata del sótano al quinto piso porque los aparatos decidieron tomarse vacaciones. Nada dice 'gobierno cercano a la gente' como obligar a la gente a acercarse escalón por escalón, sudando la gota gorda rumbo a la ventanilla de trámites.
Capítulo dos: los sanitarios. Mientras unos escalaban pisos, otros descubrían que los baños del inmueble presentaban 'múltiples fallas que dificultan o impiden su funcionamiento'. Es decir, primero te haces la caminata del año y, cuando por fin necesitas un baño, resulta que el baño también renunció. Coordinación perfecta.
Capítulo tres, el broche de oro: las avispas. El propio Ayuntamiento emitió un aviso preventivo por un enjambre en las áreas exteriores, pidiendo a la ciudadanía 'mantenerse alerta' y no acercarse. Ya sin elevador y sin baño, ahora también con escolta de insectos. La UMA logró lo que pocos edificios públicos consiguen: convertirse en una experiencia de aventura extrema con costo de trámite incluido.
Y entonces, cuando la trama parecía condenada a la tragedia, llegó el final feliz de manual: este viernes anunciaron que los elevadores quedaron 'completamente reparados' por personal técnico especializado, todo en una misma jornada. Qué velocidad, qué eficiencia, qué manera de resolver en un día lo que llevaba días fastidiando. Uno solo se pregunta por qué el mismo entusiasmo reparador no llegó antes, o de una vez para los baños, o para el enjambre. Misterios del servicio público, que arregla el elevador con la prontitud del rayo pero deja el resto para la próxima temporada.
Moraleja vallartense: la UMA no está descompuesta, está viva. Y como todo ser vivo, un día sube, otro día no funciona, y a veces pica.
Capítulo uno: los elevadores. Decenas de ciudadanos —adultos mayores, mujeres embarazadas, personas con movilidad reducida— tuvieron que subir a pata del sótano al quinto piso porque los aparatos decidieron tomarse vacaciones. Nada dice 'gobierno cercano a la gente' como obligar a la gente a acercarse escalón por escalón, sudando la gota gorda rumbo a la ventanilla de trámites.
Capítulo dos: los sanitarios. Mientras unos escalaban pisos, otros descubrían que los baños del inmueble presentaban 'múltiples fallas que dificultan o impiden su funcionamiento'. Es decir, primero te haces la caminata del año y, cuando por fin necesitas un baño, resulta que el baño también renunció. Coordinación perfecta.
Capítulo tres, el broche de oro: las avispas. El propio Ayuntamiento emitió un aviso preventivo por un enjambre en las áreas exteriores, pidiendo a la ciudadanía 'mantenerse alerta' y no acercarse. Ya sin elevador y sin baño, ahora también con escolta de insectos. La UMA logró lo que pocos edificios públicos consiguen: convertirse en una experiencia de aventura extrema con costo de trámite incluido.
Y entonces, cuando la trama parecía condenada a la tragedia, llegó el final feliz de manual: este viernes anunciaron que los elevadores quedaron 'completamente reparados' por personal técnico especializado, todo en una misma jornada. Qué velocidad, qué eficiencia, qué manera de resolver en un día lo que llevaba días fastidiando. Uno solo se pregunta por qué el mismo entusiasmo reparador no llegó antes, o de una vez para los baños, o para el enjambre. Misterios del servicio público, que arregla el elevador con la prontitud del rayo pero deja el resto para la próxima temporada.
Moraleja vallartense: la UMA no está descompuesta, está viva. Y como todo ser vivo, un día sube, otro día no funciona, y a veces pica.