El bache eterno: la única obra pública que se renueva sola
Tamaño de letra
Hay logros que no se presumen porque hablan por sí solos, y este es uno de ellos. La Obra Pública municipal de Morelia, a través de su área de Mantenimiento Vial, reconoció con una honestidad conmovedora que las lluvias se llevan parte del material con el que tapan los baches. No es que no trabajen: trabajan muchísimo. El problema es que la naturaleza también trabaja, y en el turno de la noche.
El esquema, según se desprende de sus propias palabras, funciona así: tapan el bache, cae el aguacero, el aguacero barre el relleno, y al día siguiente lo vuelven a tapar. Es un ciclo hidrológico municipal completo, con evaporación, precipitación y frustración vecinal. Morelia no tiene baches: tiene un sistema de suscripción a baches con renovación automática cada temporada de lluvias. Uno paga el predial y a cambio recibe el mismo hoyo, pero fresquecito.
Lo admirable es la resignación institucional. En lugar de prometer una carpeta asfáltica que aguante el clima —ese clima tropical que, cabe recordar, lleva ocurriendo en Michoacán desde antes de la Independencia—, se optó por la estrategia zen: aceptar que el bache es más fuerte que nosotros y limitarse a taparlo cada mañana como quien tiende una cama que nadie va a respetar. Sísifo, pero con revolvedora.
El automovilista moreliano, mientras tanto, ha desarrollado un sexto sentido. Ya no maneja: navega. Conoce cada cráter por su nombre de pila, sabe cuál se abre con dos gotas y cuál aguanta hasta el tercer chubasco. Ha aprendido que la única infraestructura verdaderamente permanente en esta ciudad es la que no se quería construir.
Y uno se pregunta, con genuina curiosidad ciudadana: si ya saben que la lluvia se lleva el material, ¿no habrá por ahí, en algún catálogo, un material que no se lo lleve la lluvia? Preguntamos por preguntar. Porque tapar todos los días lo mismo con lo mismo, esperando un resultado distinto, tiene un nombre técnico que aquí, por respeto a las autoridades, preferimos no mencionar. Que lo diga la próxima tormenta.
El esquema, según se desprende de sus propias palabras, funciona así: tapan el bache, cae el aguacero, el aguacero barre el relleno, y al día siguiente lo vuelven a tapar. Es un ciclo hidrológico municipal completo, con evaporación, precipitación y frustración vecinal. Morelia no tiene baches: tiene un sistema de suscripción a baches con renovación automática cada temporada de lluvias. Uno paga el predial y a cambio recibe el mismo hoyo, pero fresquecito.
Lo admirable es la resignación institucional. En lugar de prometer una carpeta asfáltica que aguante el clima —ese clima tropical que, cabe recordar, lleva ocurriendo en Michoacán desde antes de la Independencia—, se optó por la estrategia zen: aceptar que el bache es más fuerte que nosotros y limitarse a taparlo cada mañana como quien tiende una cama que nadie va a respetar. Sísifo, pero con revolvedora.
El automovilista moreliano, mientras tanto, ha desarrollado un sexto sentido. Ya no maneja: navega. Conoce cada cráter por su nombre de pila, sabe cuál se abre con dos gotas y cuál aguanta hasta el tercer chubasco. Ha aprendido que la única infraestructura verdaderamente permanente en esta ciudad es la que no se quería construir.
Y uno se pregunta, con genuina curiosidad ciudadana: si ya saben que la lluvia se lleva el material, ¿no habrá por ahí, en algún catálogo, un material que no se lo lleve la lluvia? Preguntamos por preguntar. Porque tapar todos los días lo mismo con lo mismo, esperando un resultado distinto, tiene un nombre técnico que aquí, por respeto a las autoridades, preferimos no mencionar. Que lo diga la próxima tormenta.