Benito Juárez: la alcaldía más segura de la megalópolis (excepto para el que quiere hacer su fiesta)
Tamaño de letra
Fue un viernes de emociones encontradas en la Benito Juárez. Por la mañana, la alcaldía sacó el pecho con datos del Inegi que la ubican como la demarcación más segura de la megalópolis y entre los cinco municipios con menor percepción de inseguridad del país. Por la tarde, vecinos de Santa Cruz Atoyac la acusaron de revanchismo por un operativo de seguridad de dimensiones épicas para impedir su fiesta tradicional del Señor Santiago.
El contraste es tan perfecto que parece guion. Según los pobladores, cuando apenas instalaban dos puestos para vender pan, llegaron patrullas del programa Blindar y camionetas cargadas con decenas de trabajadores de vía pública a frenar los preparativos. Dos puestos de pan. Que quede asentado el tamaño de la amenaza a la paz pública neutralizada esa tarde: bolillo y concha.
Lo sabroso del asunto es el timing. El despliegue ocurrió un día después de que los mismos vecinos exhibieran a la autoridad por negarse a suspender una obra inmobiliaria, pese a una orden de tribunal. Es decir: cuando el vecino pide que paren una construcción, la respuesta llega despacio; cuando el vecino saca la mesa del pan, la respuesta llega en convoy. Uno empieza a entender por qué la percepción de seguridad depende mucho de qué tan cerca esté usted del puesto de pan o de la grúa.
Nadie discute los números del Inegi, y qué bueno que en la BJ la gente se sienta más tranquila que en otras partes. Pero seguridad no es solo que no le roben: también es que la autoridad llegue cuando se le necesita y no cuando estorba una tradición de barrio. Ser la más segura y, al mismo tiempo, mandar el operativo más aparatoso del mes a custodiar dos tablones con pan dulce es una hazaña de logística que merece, cuando menos, una explicación. Y de preferencia, con una concha de por medio, que para eso estaba la fiesta.
El contraste es tan perfecto que parece guion. Según los pobladores, cuando apenas instalaban dos puestos para vender pan, llegaron patrullas del programa Blindar y camionetas cargadas con decenas de trabajadores de vía pública a frenar los preparativos. Dos puestos de pan. Que quede asentado el tamaño de la amenaza a la paz pública neutralizada esa tarde: bolillo y concha.
Lo sabroso del asunto es el timing. El despliegue ocurrió un día después de que los mismos vecinos exhibieran a la autoridad por negarse a suspender una obra inmobiliaria, pese a una orden de tribunal. Es decir: cuando el vecino pide que paren una construcción, la respuesta llega despacio; cuando el vecino saca la mesa del pan, la respuesta llega en convoy. Uno empieza a entender por qué la percepción de seguridad depende mucho de qué tan cerca esté usted del puesto de pan o de la grúa.
Nadie discute los números del Inegi, y qué bueno que en la BJ la gente se sienta más tranquila que en otras partes. Pero seguridad no es solo que no le roben: también es que la autoridad llegue cuando se le necesita y no cuando estorba una tradición de barrio. Ser la más segura y, al mismo tiempo, mandar el operativo más aparatoso del mes a custodiar dos tablones con pan dulce es una hazaña de logística que merece, cuando menos, una explicación. Y de preferencia, con una concha de por medio, que para eso estaba la fiesta.