Llegan cigüeñas a Irapuato y de una vez calculan mudarse a otra parte
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Ocurrió lo insólito: una parvada de cigüeñas aterrizó en la presa La Purísima, en Irapuato, y la ciudad entera se emocionó como si le hubiera tocado la lotería ornitológica. Y con razón, porque estas aves —de origen europeo, asiático y africano, según los expertos— no suelen darse una vuelta por el Bajío. Plumaje blanco y negro, pico rojo, patas de modelo de pasarela y esa fama milenaria de traer bebés. Un espectáculo, sin duda.
El detalle, que nadie quiso subrayar demasiado, es que las cigüeñas están "de paso". Repitamos con solemnidad: de paso. Vinieron, se refrescaron en la presa, revisaron el paisaje, quizás echaron un ojo a la maqueta del Polígono del Conocimiento con horizonte al 2050 y decidieron, sabiamente, seguir su camino migratorio. Irapuato no es su destino: es su parada técnica, su gasolinera, su baño de carretera. Hasta las aves más elegantes del planeta usan a la ciudad como escala y no como hogar, lo cual dice algo tierno y a la vez incómodo sobre la vocación turística del municipio.
Uno imagina la escena: las cigüeñas planean sobre la presa, ven abajo una ciudad que promete nodos urbanos y corredores verdes para dentro de 25 años, calculan que ninguna de ellas vivirá para verlo —porque, seamos honestos, ni sus tataranietas— y baten las alas rumbo a un humedal más puntual. Son migratorias, no pacientes.
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, el zoológico presume a su mono araña en peligro de extinción, cuidado con esmero por veterinarios y programas de conservación. Así que Irapuato tiene, en un mismo fin de semana, aves que llegan de tres continentes y se van, y un primate al que hay que proteger para que no desaparezca. La fauna manda mensajes claros: unos usan la ciudad de escala, otros necesitan resguardo para sobrevivir. Falta ver en qué categoría se coloca el ciudadano de a pie, ese que cruza la avenida sintiéndose inseguro y sin programa de conservación que lo ampare. Bienvenidas, cigüeñas. Gracias por la visita relámpago. Salúdennos al mundo, que ustedes sí lo van a recorrer.
El detalle, que nadie quiso subrayar demasiado, es que las cigüeñas están "de paso". Repitamos con solemnidad: de paso. Vinieron, se refrescaron en la presa, revisaron el paisaje, quizás echaron un ojo a la maqueta del Polígono del Conocimiento con horizonte al 2050 y decidieron, sabiamente, seguir su camino migratorio. Irapuato no es su destino: es su parada técnica, su gasolinera, su baño de carretera. Hasta las aves más elegantes del planeta usan a la ciudad como escala y no como hogar, lo cual dice algo tierno y a la vez incómodo sobre la vocación turística del municipio.
Uno imagina la escena: las cigüeñas planean sobre la presa, ven abajo una ciudad que promete nodos urbanos y corredores verdes para dentro de 25 años, calculan que ninguna de ellas vivirá para verlo —porque, seamos honestos, ni sus tataranietas— y baten las alas rumbo a un humedal más puntual. Son migratorias, no pacientes.
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, el zoológico presume a su mono araña en peligro de extinción, cuidado con esmero por veterinarios y programas de conservación. Así que Irapuato tiene, en un mismo fin de semana, aves que llegan de tres continentes y se van, y un primate al que hay que proteger para que no desaparezca. La fauna manda mensajes claros: unos usan la ciudad de escala, otros necesitan resguardo para sobrevivir. Falta ver en qué categoría se coloca el ciudadano de a pie, ese que cruza la avenida sintiéndose inseguro y sin programa de conservación que lo ampare. Bienvenidas, cigüeñas. Gracias por la visita relámpago. Salúdennos al mundo, que ustedes sí lo van a recorrer.