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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 13 de agosto, 2026
Chihuahua Nota 16 de junio de 2026

ZAPATERO A TUS ZAPATOS: cuando el clero confunde el hisopo con la urna

Por El Carelio

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ZAPATERO A TUS ZAPATOS: cuando el clero confunde el hisopo con la urna
En el desierto chihuahuense hay verdades más viejas que el polvo que se nos mete hasta en el alma: cada quien a su changarro. El zapatero, a sus zapatos. El cura, a las almas que cargan con sus pecados. Y el político, a sus promesas incumplidas, que para eso cobra puntualito. Pero en este bendito país tenemos el deporte nacional de confundir la sacristía con la casilla, y por eso hoy hay que deletrearlo despacito, como receta de la abuela: cada institución a lo suyo, sin meter la cuchara en el caldo del vecino.

México lleva siglos conviviendo con la influencia moral y espiritual de la Iglesia católica, tan metida en la vida nacional que ya la damos por hecho, como los cohetes a las cinco de la mañana o como esa procesión que se atraviesa justito cuando uno va tarde al trabajo. Y todo en santa paz, hasta que algún aguafiestas desempolva el artículo 130 constitucional, ese que dice con sus letritas que los ministros de culto sí pueden votar —¡faltaba más!—, pero ni ser votados ni trepar a cargos de elección popular. Tampoco asociarse con fines políticos ni andar haciendo proselitismo partidista. Traducido al español de a pie: desde el púlpito se reparte el pan, no la boleta; se bendice al fiel, no al puntero de las encuestas.

Porque conviene refrescarle la memoria a los despistados: México es, formalmente, una República laica. Lo dice el artículo 40, reformado en 2012 para incrustarle la palabra "laica", no fuera a ser que alguien la creyera de carácter opcional, como las cuotas voluntarias. Y no es ocurrencia de ayer: la separación Iglesia-Estado echó raíz con las Leyes de Reforma de Benito Juárez, entre 1859 y 1863, con una idea sencillísima de enunciar e imposible de digerir para algunos: que cada quien supiera dónde termina su patio. Spoiler de siglo y medio: todavía hay quien no se entera y sigue brincando la barda.

Claro, toda acción tiene su reacción, y aquí la reacción vino con sotana y rosario en mano. Buen pedazo del clero y de los fieles se aferró con uñas, dientes y novena a derechos y tradiciones bien enraizadas. El pleito se durmió como gato al sol, hasta que despertó de un humor de perros en el periodo posrevolucionario. El arzobispo de Guadalajara, Orozco y Giménez, le cantó sus verdades al gobierno del general Álvaro Obregón en plena temporada de chispazos entre el poder civil y el religioso. Y para no quedarse atrás, con el general Plutarco Elías Calles —sonorense, dato que aquí en el norte anotamos con todo el cariño norteño— la cosa subió de tono hasta tronar: estalló el conflicto entre el Estado y la Iglesia. Miles de habitantes del centro y occidente —Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Querétaro y Aguascalientes— levantaron las armas en nombre de sus convicciones y nació la Guerra Cristera, que a más de uno le sonó a cruzada medieval por recuperar Jerusalén. La diferencia: aquí los Santos Lugares quedaban más cerca y los caminos estaban peor que los de hoy, que ya es decir.

Fueron años en que el gobierno cerró templos, suspendió ceremonias y le puso candado a media religiosidad nacional. No vengo a dar cátedra de historia —para eso están los libros que nadie abre—, pero me regalo un paréntesis de sangre y abolengo. Mis padres se casaron en 1928, en plena Guerra Cristera, cuando arrancar la vida matrimonial sin el sacramento era impensable, casi tan impensable como una junta de gobierno que termine a la hora prometida. Con las restricciones encima, tuvieron que pelarse de su pueblo y meterse a la sierra hasta una ranchería, porque el gobierno tenía consecuencias de las funestas reservadas para los desobedientes. Allí, según plan bien tramado, los esperaba un sacerdote conocido de la familia, disfrazado de arriero y montado en humilde bestia de carga —el clandestinaje, hay que decirlo, tenía su estética—. En un altar improvisado los declaró marido y mujer en nombre de Dios y de la Santa Iglesia, y aquel matrimonio aguantó toda la vida. Para mí, lección de amor, fe y aguante; y prueba de que en aquel entonces la Iglesia se rifaba el pellejo por casar gente, no por acomodar diputados en la lista plurinominal.

Y que nadie se rasgue las vestiduras: la presencia del clero en la vida pública no siempre es ilegal ni indeseable. Faltaba más que un ministro no pudiera hablar de la paz, de la pobreza, de la violencia, de la ética o de los derechos humanos; de eso, por estos rumbos, tenemos para exportar. El detallito —el brinco que lo cambia todo— aparece cuando la orientación moral pega un salto mortal y aterriza, sin red, en plena grilla electoral. Bien usada, esa voz promueve la paz, acompaña a los más jodidos y denuncia injusticias. Mal usada, se vuelve presión religiosa sobre las decisiones públicas, polarización, debilitamiento del Estado laico y esa confusión deliciosa donde uno ya no sabe si entró a misa o se metió a un mitin con mariachi.

Mi conclusión cabe en una servilleta de fonda: el clero no tiene por qué quedarse encerrado entre cuatro paredes y un campanario, pero tampoco andar repartiendo recomendaciones de voto entre la homilía y la colecta, como quien reparte estampitas. Que oriente, que acompañe, que promueva valores, que jale por la paz social. Lo que no le toca es jugar a partido político ni meterse de árbitro en la contienda, que de aficionados gritones ya andamos sobrados.

Y como por acá la sabiduría se sirve en dichos viejitos pero certeros, cierro con el que nunca falla: "zapatero a tus zapatos".