El Ejército halló una refinería completa y ni un solo culpable: se hizo sola
Tamaño de letra
El martes pasado ocurrió uno de esos milagros de la seguridad nacional que solo pasan en México: el Ejército incautó una refinería. No una bodega de gasolina robada, no una destiladora hechiza como la que apareció hace meses en Oaxaca, sino una fábrica hecha y derecha —legalmente chueca, pero montada con todas las de la ley— capaz de terminar y almacenar hidrocarburos. El inventario impresiona: 18 tanques horizontales, tres tanques verticales, tractocamiones y pipas. Un complejo industrial en forma.
Y el detalle que corona la nota, el que la convierte de golpazo a chiste cósmico: no hubo detenidos. Cero. Una instalación de esa envergadura, con esa infraestructura, esa inversión y esa logística, y el día del operativo no había absolutamente nadie a quién ponerle las esposas. Se ve que la refinería se construyó sola, se operaba sola y, muy educada, se entregó sola.
Es, como bien se apuntó desde la opinión tapatía, un caso donde a primera vista suena a gran golpe y pensándolo un poquito más parece una enorme burla. Porque una refinería no se levanta en una noche ni la arma un fantasma: requiere terreno, dinero, permisos —o la ausencia deliberada de ellos—, proveedores, transportistas y clientes. Todo un ecosistema económico que, según el parte, funcionaba en el más absoluto anonimato. La mano invisible del mercado, pero aplicada al huachicol.
En Jalisco conocemos bien el género. Aquí mismo, en una brecha de terracería rumbo a una ladrillera en Barra de Navidad, Cihuatlán, aparecieron dos camionetas de caja seca abandonadas con 16 bidones y unos tres mil 40 litros de hidrocarburo. Tampoco había nadie. Ni detenidos. Como si el combustible viajara por su cuenta y se estacionara donde le diera la gana antes de retirarse a descansar.
Uno esperaría que un hallazgo así viniera acompañado de nombres, expedientes, algo. Pero no: la escenografía es magnífica y el reparto está vacío. Se incauta el fierro, se toma la foto, se anuncia el golpe. Los responsables, en cambio, siguen siendo ese personaje recurrente de la vida pública mexicana: nadie. El mismo que tapa las coladeras, el que deja las camionetas y el que, aparentemente, ahora también sabe refinar. Un currículum envidiable.
Y el detalle que corona la nota, el que la convierte de golpazo a chiste cósmico: no hubo detenidos. Cero. Una instalación de esa envergadura, con esa infraestructura, esa inversión y esa logística, y el día del operativo no había absolutamente nadie a quién ponerle las esposas. Se ve que la refinería se construyó sola, se operaba sola y, muy educada, se entregó sola.
Es, como bien se apuntó desde la opinión tapatía, un caso donde a primera vista suena a gran golpe y pensándolo un poquito más parece una enorme burla. Porque una refinería no se levanta en una noche ni la arma un fantasma: requiere terreno, dinero, permisos —o la ausencia deliberada de ellos—, proveedores, transportistas y clientes. Todo un ecosistema económico que, según el parte, funcionaba en el más absoluto anonimato. La mano invisible del mercado, pero aplicada al huachicol.
En Jalisco conocemos bien el género. Aquí mismo, en una brecha de terracería rumbo a una ladrillera en Barra de Navidad, Cihuatlán, aparecieron dos camionetas de caja seca abandonadas con 16 bidones y unos tres mil 40 litros de hidrocarburo. Tampoco había nadie. Ni detenidos. Como si el combustible viajara por su cuenta y se estacionara donde le diera la gana antes de retirarse a descansar.
Uno esperaría que un hallazgo así viniera acompañado de nombres, expedientes, algo. Pero no: la escenografía es magnífica y el reparto está vacío. Se incauta el fierro, se toma la foto, se anuncia el golpe. Los responsables, en cambio, siguen siendo ese personaje recurrente de la vida pública mexicana: nadie. El mismo que tapa las coladeras, el que deja las camionetas y el que, aparentemente, ahora también sabe refinar. Un currículum envidiable.