El drama del cuaderno gratis: papeleros de Pénjamo lloran la generosidad del Estado
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Hay tragedias que ningún economista clásico se atrevió a imaginar, y en Pénjamo acaban de estrenar una: el gobierno reparte útiles escolares gratis y las papelerías lo cuentan como si les hubiera caído una plaga bíblica. A unas semanas del arranque del ciclo 2026-2027, los mostradores lucen tan llenos como vacíos de clientes.
Laura y Alejandra, trabajadoras de una papelería del municipio, describen el nuevo paisaje con la voz de quien vio pasar mejores tiempos. Antes, dicen, las familias llegaban a surtir la lista completa y dejaban entre 600 y 1,200 pesos; surtían hasta el 70 por ciento del inventario. Hoy, el mismo mostrador apenas mueve entre 20 y 30 por ciento. La cifra que resume la época: de una caja con 36 libretas, salieron dos. Dos. Las otras 34 esperan, pacientes, un ciclo escolar que quizá ya no las necesite.
El villano, según ellas, tiene nombre de buena noticia: los programas de entrega gratuita de útiles, mochilas y materiales para educación básica. Y aquí está la paradoja perfecta del Bajío. En cualquier titular decente, "niños reciben útiles sin costo" es motivo de aplauso. En la papelería de la esquina es el enemigo público número uno. El mismo cuaderno que hace feliz a una mamá que ya no gasta, deja sin venta a la señora que lo tenía en la vitrina.
Nadie está pidiendo que los niños compren libretas para salvar un negocio, faltaba más. Pero la escena tiene su ironía finísima: el pequeño comercio, ese que siempre nos dicen que hay que cuidar, resulta que también compite —sin quererlo— contra la despensa escolar del gobierno. Y en esa cancha, el mostrador de barrio juega de visitante.
Mientras tanto, las cajas de libretas se apilan como monumento a la buena intención cruzada. Treinta y cuatro esperando comprador, dos ya en alguna mochila. Bienvenidos a Pénjamo, donde hasta regalar cuadernos deja a alguien haciendo cuentas con cara larga.
Laura y Alejandra, trabajadoras de una papelería del municipio, describen el nuevo paisaje con la voz de quien vio pasar mejores tiempos. Antes, dicen, las familias llegaban a surtir la lista completa y dejaban entre 600 y 1,200 pesos; surtían hasta el 70 por ciento del inventario. Hoy, el mismo mostrador apenas mueve entre 20 y 30 por ciento. La cifra que resume la época: de una caja con 36 libretas, salieron dos. Dos. Las otras 34 esperan, pacientes, un ciclo escolar que quizá ya no las necesite.
El villano, según ellas, tiene nombre de buena noticia: los programas de entrega gratuita de útiles, mochilas y materiales para educación básica. Y aquí está la paradoja perfecta del Bajío. En cualquier titular decente, "niños reciben útiles sin costo" es motivo de aplauso. En la papelería de la esquina es el enemigo público número uno. El mismo cuaderno que hace feliz a una mamá que ya no gasta, deja sin venta a la señora que lo tenía en la vitrina.
Nadie está pidiendo que los niños compren libretas para salvar un negocio, faltaba más. Pero la escena tiene su ironía finísima: el pequeño comercio, ese que siempre nos dicen que hay que cuidar, resulta que también compite —sin quererlo— contra la despensa escolar del gobierno. Y en esa cancha, el mostrador de barrio juega de visitante.
Mientras tanto, las cajas de libretas se apilan como monumento a la buena intención cruzada. Treinta y cuatro esperando comprador, dos ya en alguna mochila. Bienvenidos a Pénjamo, donde hasta regalar cuadernos deja a alguien haciendo cuentas con cara larga.