Réquiem por una carga: vuelca camioneta cervecera en la Cortazar-Celaya
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La carretera Cortazar-Celaya fue escenario, este fin de semana, de una de esas escenas que duelen sin dejar heridos. Una camioneta cargada con cerveza volcó y quedó atravesada, bloqueando uno de los carriles. La circulación se cerró apenas unos minutos y, según las autoridades, no hubo lesionados de gravedad. Físicamente, todos a salvo. Emocionalmente, el luto quedó regado sobre el asfalto.
Porque hay accidentes y hay accidentes. Cuando lo que se derrama es cemento, uno lamenta el retraso. Cuando lo que se derrama es cerveza, un domingo por la mañana, en pleno calor del Bajío, la tragedia adquiere otra profundidad. Cada envase reventado contra el pavimento representa una carne asada que no fue, una reunión familiar que tendrá que improvisar con lo que haya en el refri, un brindis que se quedó en el camino literal.
Hay que agradecer, eso sí, la eficiencia de Protección Civil y de quienes liberaron la vialidad en cuestión de minutos. En un estado donde a veces la obra pública tarda años en "reactivarse", es reconfortante ver que, cuando de destapar un carril se trata, la maquinaria del rescate responde con celeridad ejemplar. Ojalá esa misma prisa se contagiara a otros trámites.
El saldo oficial es tranquilizador: sin víctimas, unos cuantos minutos de tráfico y una camioneta que amaneció con las cuatro llantas mirando al cielo. El saldo no oficial, ese que no aparece en el parte, incluye litros de una bebida espumosa que jamás llegarán a su destino y un conductor que tendrá que explicarle a la distribuidora por qué la mercancía terminó bautizando la carretera.
Que sirva de recordatorio: en las curvas del Bajío no solo se juega la vida, también la logística de la fiesta. Descanse en paz la carga. Que la tierra —y el asfalto de la Cortazar-Celaya— le sea leve.
Porque hay accidentes y hay accidentes. Cuando lo que se derrama es cemento, uno lamenta el retraso. Cuando lo que se derrama es cerveza, un domingo por la mañana, en pleno calor del Bajío, la tragedia adquiere otra profundidad. Cada envase reventado contra el pavimento representa una carne asada que no fue, una reunión familiar que tendrá que improvisar con lo que haya en el refri, un brindis que se quedó en el camino literal.
Hay que agradecer, eso sí, la eficiencia de Protección Civil y de quienes liberaron la vialidad en cuestión de minutos. En un estado donde a veces la obra pública tarda años en "reactivarse", es reconfortante ver que, cuando de destapar un carril se trata, la maquinaria del rescate responde con celeridad ejemplar. Ojalá esa misma prisa se contagiara a otros trámites.
El saldo oficial es tranquilizador: sin víctimas, unos cuantos minutos de tráfico y una camioneta que amaneció con las cuatro llantas mirando al cielo. El saldo no oficial, ese que no aparece en el parte, incluye litros de una bebida espumosa que jamás llegarán a su destino y un conductor que tendrá que explicarle a la distribuidora por qué la mercancía terminó bautizando la carretera.
Que sirva de recordatorio: en las curvas del Bajío no solo se juega la vida, también la logística de la fiesta. Descanse en paz la carga. Que la tierra —y el asfalto de la Cortazar-Celaya— le sea leve.