El maíz nativo ya tiene casa; el camión pasa cada dos meses
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Hay pueblos que sueñan con un puente, con un hospital, con que llegue el camión antes de que oscurezca. San Miguel Topilejo, allá en el fondo mineral de Tlalpan, soñaba con lo básico: entrar y salir sin dejar el alma en el intento. Y le cumplieron a medias, que en esta ciudad es como cumplir del todo. Le construyeron una Utopía.
La Utopía Centli, también conocida como la Utopía del Maíz, se inauguró con toda la pompa: cincuenta mil metros cuadrados, doscientos cincuenta y tres millones de pesos, un terreno donado por consenso de la asamblea comunal donde además hay un rodeo, y —agárrense— animatronics. Porque si algo le hacía falta a un pueblo que batalla para conseturansporte público, era maíz que se mueve solo con motorcito. El patrimonio biocultural del maíz nativo quedó consagrado en un templo de cincuenta mil metros. El maíz, por fin, tiene su casa propia y con luz eléctrica.
El problema es que la gente todavía no. En pleno acto, con la autoridad reconociendo que los vecinos "sufren entrar y salir" por el caos vial y la falta de rutas, llegó la promesa estelar: resolver el transporte "de una vez por todas" y regresar en dos meses con la solución. Dos meses. Uno anota la fecha con la solemnidad de quien firma un pagaré: sabe que existe, sabe que vence, y sabe que cobrarlo será otra odisea.
Mientras tanto, se ofreció aumentar las unidades de transporte "desde muy temprano y hasta muy tarde, como lo merece el pueblo". Bellísimo. Topilejo merece eso y más. Merece, por ejemplo, que la ruta llegue con la misma puntualidad con la que llegaron los animatronics. Merece que el elote robótico algún día lo lleve a su casa, ya encarrerados.
Seamos justos: es la sexta Utopía y el modelo ha convertido baldíos en espacios que la gente usa. Nadie se queja de que haya alberca, cine o rodeo donde antes había nada. La ironía es de calendario: se inaugura primero el lujo simbólico y luego se promete lo indispensable. Es la ciudad al revés, donde el maíz tiene animatronics y el humano tiene paciencia. Dos meses, quedamos. El pueblo cuenta con dedos y con memoria.
La Utopía Centli, también conocida como la Utopía del Maíz, se inauguró con toda la pompa: cincuenta mil metros cuadrados, doscientos cincuenta y tres millones de pesos, un terreno donado por consenso de la asamblea comunal donde además hay un rodeo, y —agárrense— animatronics. Porque si algo le hacía falta a un pueblo que batalla para conseturansporte público, era maíz que se mueve solo con motorcito. El patrimonio biocultural del maíz nativo quedó consagrado en un templo de cincuenta mil metros. El maíz, por fin, tiene su casa propia y con luz eléctrica.
El problema es que la gente todavía no. En pleno acto, con la autoridad reconociendo que los vecinos "sufren entrar y salir" por el caos vial y la falta de rutas, llegó la promesa estelar: resolver el transporte "de una vez por todas" y regresar en dos meses con la solución. Dos meses. Uno anota la fecha con la solemnidad de quien firma un pagaré: sabe que existe, sabe que vence, y sabe que cobrarlo será otra odisea.
Mientras tanto, se ofreció aumentar las unidades de transporte "desde muy temprano y hasta muy tarde, como lo merece el pueblo". Bellísimo. Topilejo merece eso y más. Merece, por ejemplo, que la ruta llegue con la misma puntualidad con la que llegaron los animatronics. Merece que el elote robótico algún día lo lleve a su casa, ya encarrerados.
Seamos justos: es la sexta Utopía y el modelo ha convertido baldíos en espacios que la gente usa. Nadie se queja de que haya alberca, cine o rodeo donde antes había nada. La ironía es de calendario: se inaugura primero el lujo simbólico y luego se promete lo indispensable. Es la ciudad al revés, donde el maíz tiene animatronics y el humano tiene paciencia. Dos meses, quedamos. El pueblo cuenta con dedos y con memoria.