Monterrey vuela a París mientras se pelea con el camión de la 200
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El Secretario General de Gobierno, Miguel Flores, celebró esta semana la consolidación del vuelo directo Monterrey–París como ruta permanente, presentándola como un paso firme en el fortalecimiento de la conectividad internacional y la competitividad económica de Nuevo León. Y sí, es una buena noticia: modernizar la terminal aérea, tener acceso directo a Europa y presumir aeropuerto de primer mundo suena a folleto turístico. Regios, empaquen la boina.
El problema es la letra chiquita del contraste. Mientras festejamos poder aterrizar en Charles de Gaulle sin escalas, en tierra seguimos negociando la supervivencia del transporte público. Este mismo fin de semana, el Estado tuvo que sentarse con el colectivo Resistencia Civil Regiomontana a instalar mesas de trabajo sobre movilidad, accesibilidad y transporte. Es decir: internacionalmente conectados, localmente en terapia de pareja con los usuarios del camión.
La conectividad, esa palabra que suena a boletín de prensa, tiene dos versiones en Nuevo León. La versión Instagram: un avión brillante rumbo a Europa. Y la versión banqueta: la señora que espera 40 minutos su ruta bajo 39 grados preguntándose si la modernidad también pasa por su parada. Ambas conviven en el mismo estado, pero solo una sale en la foto oficial.
Nadie está en contra de París. El Destiempo aplaude cualquier vuelo que nos saque de la canícula. Pero la competitividad económica no se mide únicamente en destinos internacionales, sino en si el trabajador puede llegar a su chamba sin encomendarse a todos los santos del calendario. Presumir una ruta transatlántica es fácil; garantizar una ruta urbana digna, ahí sí que se ponen serios los superhéroes. Cuando la misma planeación conjunta que modernizó la terminal aérea modernice la parada del camión de la esquina, entonces sí brindaremos con champaña. Por ahora, brindemos con agua de la llave, que según Conagua nos va a durar menos de lo que creemos.
El problema es la letra chiquita del contraste. Mientras festejamos poder aterrizar en Charles de Gaulle sin escalas, en tierra seguimos negociando la supervivencia del transporte público. Este mismo fin de semana, el Estado tuvo que sentarse con el colectivo Resistencia Civil Regiomontana a instalar mesas de trabajo sobre movilidad, accesibilidad y transporte. Es decir: internacionalmente conectados, localmente en terapia de pareja con los usuarios del camión.
La conectividad, esa palabra que suena a boletín de prensa, tiene dos versiones en Nuevo León. La versión Instagram: un avión brillante rumbo a Europa. Y la versión banqueta: la señora que espera 40 minutos su ruta bajo 39 grados preguntándose si la modernidad también pasa por su parada. Ambas conviven en el mismo estado, pero solo una sale en la foto oficial.
Nadie está en contra de París. El Destiempo aplaude cualquier vuelo que nos saque de la canícula. Pero la competitividad económica no se mide únicamente en destinos internacionales, sino en si el trabajador puede llegar a su chamba sin encomendarse a todos los santos del calendario. Presumir una ruta transatlántica es fácil; garantizar una ruta urbana digna, ahí sí que se ponen serios los superhéroes. Cuando la misma planeación conjunta que modernizó la terminal aérea modernice la parada del camión de la esquina, entonces sí brindaremos con champaña. Por ahora, brindemos con agua de la llave, que según Conagua nos va a durar menos de lo que creemos.