Juárez tendrá semáforos que piensan; Chihuahua todavía batalla con los que solo prenden
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Ciudad Juárez anunció que está por estrenar cruceros inteligentes operados con inteligencia artificial, respaldados por diecisiete kilómetros de fibra óptica recién instalada. La promesa es seductora: semáforos que aprenden, que agilizan el tránsito, que fortalecen la seguridad vial y recortan los tiempos de traslado. En la teoría, uno se imagina un crucero pensante que ve venir la fila, respira hondo y decide con criterio propio cuándo darle luz verde al pueblo. El futuro, por fin, aterrizando en la frontera.
El problema es que el mismo día, unos cientos de kilómetros al sur, en la capital del estado, dos semáforos de un crucero cualquiera demostraron que la inteligencia artificial es un lujo cuando ni siquiera está garantizada la electricidad básica. La avería de ambos aparatos provocó un congestionamiento de aquellos, de esos que le enseñan paciencia al conductor y groserías nuevas al copiloto, mientras las autoridades pedían circular con precaución hasta restablecer el servicio.
El contraste es casi filosófico. En un extremo de Chihuahua soñamos con cruceros que razonen como filósofos griegos; en el otro, seguimos rezando para que el foco rojo simplemente encienda. Es la eterna paradoja del progreso norteño: compramos el software antes de arreglar el foco. Instalamos fibra óptica de última generación en una entidad donde el crucero de la esquina todavía funciona con la tecnología ancestral del policía moviendo los brazos.
Nadie está en contra de la modernización, que quede claro. Diecisiete kilómetros de fibra óptica suenan a inversión seria y a intención genuina de destrabar el tránsito juarense, que buena falta le hace. Pero conviene recordar que la inteligencia, artificial o no, empieza por lo elemental: un semáforo que prenda, un mantenimiento que llegue, un técnico que responda antes de que la fila llegue a la otra colonia.
Mientras tanto, el automovilista chihuahuense se consuela con la certeza de que, tarde o temprano, la IA llegará a todos los cruceros del estado. Ojalá que para entonces ya hayamos resuelto el detallito de mantener encendidos los que ya tenemos. Porque un semáforo inteligente descompuesto no es progreso: es exactamente el mismo embotellamiento, pero con mejor currículum.
El problema es que el mismo día, unos cientos de kilómetros al sur, en la capital del estado, dos semáforos de un crucero cualquiera demostraron que la inteligencia artificial es un lujo cuando ni siquiera está garantizada la electricidad básica. La avería de ambos aparatos provocó un congestionamiento de aquellos, de esos que le enseñan paciencia al conductor y groserías nuevas al copiloto, mientras las autoridades pedían circular con precaución hasta restablecer el servicio.
El contraste es casi filosófico. En un extremo de Chihuahua soñamos con cruceros que razonen como filósofos griegos; en el otro, seguimos rezando para que el foco rojo simplemente encienda. Es la eterna paradoja del progreso norteño: compramos el software antes de arreglar el foco. Instalamos fibra óptica de última generación en una entidad donde el crucero de la esquina todavía funciona con la tecnología ancestral del policía moviendo los brazos.
Nadie está en contra de la modernización, que quede claro. Diecisiete kilómetros de fibra óptica suenan a inversión seria y a intención genuina de destrabar el tránsito juarense, que buena falta le hace. Pero conviene recordar que la inteligencia, artificial o no, empieza por lo elemental: un semáforo que prenda, un mantenimiento que llegue, un técnico que responda antes de que la fila llegue a la otra colonia.
Mientras tanto, el automovilista chihuahuense se consuela con la certeza de que, tarde o temprano, la IA llegará a todos los cruceros del estado. Ojalá que para entonces ya hayamos resuelto el detallito de mantener encendidos los que ya tenemos. Porque un semáforo inteligente descompuesto no es progreso: es exactamente el mismo embotellamiento, pero con mejor currículum.