Caso Michita: la Fiscalía abre carpeta y la ciudad sale a marchar por una gata
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Que nadie diga que en Chihuahua no hay justicia expedita. Basta con ser gato. "Michita", una gata desaparecida el pasado 26 de junio en un fraccionamiento de la capital, ya tiene lo que muchos ciudadanos de dos patas llevan años pidiendo sin éxito: una denuncia formal ante la Fiscalía, seguimiento de las autoridades y, por si fuera poco, una protesta de vecinos exigiendo que aparezca y que el caso se investigue como posible maltrato animal.
Lo digo con ternura y con envidia. Hay quien reporta un baldío convertido en tiradero, un semáforo descompuesto o una calle sin luz y recibe, en el mejor de los casos, un número de folio que se pierde en el limbo burocrático. Michita, en cambio, movilizó conciencias, pancartas y un expediente. La gata escaló en la agenda pública lo que a un mortal le tomaría tres administraciones y un plantón frente a Palacio.
Y conste: está bien. El maltrato animal es delito, puede castigarse con cárcel, y qué bueno que la ley alcance también a quien lastima a un ser que no puede defenderse. El problema no es que se atienda a Michita. El problema es lo que su expediente, tan diligente, deja ver por contraste: que la maquinaria puede moverse rápido cuando hay presión social, cámaras y hashtags. Uno se pregunta cuántas denuncias más, de las que no traen bigotes ni ternura viral, agradecerían la misma prisa.
Mientras tanto, deseamos de corazón que Michita regrese a casa sana y salva, ronroneando sobre el sillón como si nada. Y ojalá el entusiasmo institucional que despertó no se vaya con ella: que se quede en la Fiscalía, aunque sea de mascota, recordándole todos los días que sí se puede dar seguimiento cuando de verdad se quiere. Chihuahua ya demostró que sabe organizarse por una causa peluda. Falta ver si aprende a hacerlo por las causas que maúllan menos y pesan más.
Lo digo con ternura y con envidia. Hay quien reporta un baldío convertido en tiradero, un semáforo descompuesto o una calle sin luz y recibe, en el mejor de los casos, un número de folio que se pierde en el limbo burocrático. Michita, en cambio, movilizó conciencias, pancartas y un expediente. La gata escaló en la agenda pública lo que a un mortal le tomaría tres administraciones y un plantón frente a Palacio.
Y conste: está bien. El maltrato animal es delito, puede castigarse con cárcel, y qué bueno que la ley alcance también a quien lastima a un ser que no puede defenderse. El problema no es que se atienda a Michita. El problema es lo que su expediente, tan diligente, deja ver por contraste: que la maquinaria puede moverse rápido cuando hay presión social, cámaras y hashtags. Uno se pregunta cuántas denuncias más, de las que no traen bigotes ni ternura viral, agradecerían la misma prisa.
Mientras tanto, deseamos de corazón que Michita regrese a casa sana y salva, ronroneando sobre el sillón como si nada. Y ojalá el entusiasmo institucional que despertó no se vaya con ella: que se quede en la Fiscalía, aunque sea de mascota, recordándole todos los días que sí se puede dar seguimiento cuando de verdad se quiere. Chihuahua ya demostró que sabe organizarse por una causa peluda. Falta ver si aprende a hacerlo por las causas que maúllan menos y pesan más.