La cancha uruguaya que costó el doble y el aplauso a mitad de precio
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En Manuel Doblado hay una cancha de futbol uruguayo, la Julio César Valdivia, que últimamente juega más partidos en los boletines de gobierno que en el terreno. Y no por goleadora, sino por cara.
El presidente municipal denunció un presunto sobreprecio en la rehabilitación que hizo la administración anterior, asegurando que aquella obra costó el doble de lo que su gobierno pagará por una obra similar. La diferencia en los montos, dice, hace evidente el sobreprecio. Suena a denuncia contundente hasta que uno reconstruye la telenovela completa, capítulo por capítulo, y descubre que la trama es más enredada que una prórroga en tiempo agregado.
Resulta que la cancha llevaba meses en el limbo por un proceso legal que impedía intervenirla. El propio municipio informó que apenas hace unos días pudo empezar a trabajar, luego de alcanzar un acuerdo para que el contratista de la obra anterior reintegrara recursos. Recién entonces llegaron los trabajadores a retirar los rollos de pasto sintético dañados y desprendidos, que era básicamente lo que quedaba de aquella inversión supuestamente carísima.
Hagamos la cronología para el aficionado distraído: primero se pagó una obra que salió cara, luego el pasto se despegó, luego hubo pleito, luego un acuerdo de reintegro, y ahora se presume que la nueva rehabilitación será una ganga. Es la única cancha del Bajío que ha necesitado abogados antes que jardineros.
Lo fascinante del asunto no es que un alcalde acuse a su antecesor de gastar de más; eso en Guanajuato es casi un rito de bienvenida, como cortar el listón. Lo fascinante es la naturalidad con que se presume un ahorro sobre las ruinas de un gasto que alguien, con dinero público, ya había hecho. El contribuyente de Manuel Doblado terminó pagando dos rehabilitaciones para una sola cancha: la que se despegó y la que promete durar. Y como en todo buen futbol uruguayo, lo que sobra es garra para el reclamo y falta el árbitro que ponga orden. Ojalá el pasto nuevo aguante más que las explicaciones.
El presidente municipal denunció un presunto sobreprecio en la rehabilitación que hizo la administración anterior, asegurando que aquella obra costó el doble de lo que su gobierno pagará por una obra similar. La diferencia en los montos, dice, hace evidente el sobreprecio. Suena a denuncia contundente hasta que uno reconstruye la telenovela completa, capítulo por capítulo, y descubre que la trama es más enredada que una prórroga en tiempo agregado.
Resulta que la cancha llevaba meses en el limbo por un proceso legal que impedía intervenirla. El propio municipio informó que apenas hace unos días pudo empezar a trabajar, luego de alcanzar un acuerdo para que el contratista de la obra anterior reintegrara recursos. Recién entonces llegaron los trabajadores a retirar los rollos de pasto sintético dañados y desprendidos, que era básicamente lo que quedaba de aquella inversión supuestamente carísima.
Hagamos la cronología para el aficionado distraído: primero se pagó una obra que salió cara, luego el pasto se despegó, luego hubo pleito, luego un acuerdo de reintegro, y ahora se presume que la nueva rehabilitación será una ganga. Es la única cancha del Bajío que ha necesitado abogados antes que jardineros.
Lo fascinante del asunto no es que un alcalde acuse a su antecesor de gastar de más; eso en Guanajuato es casi un rito de bienvenida, como cortar el listón. Lo fascinante es la naturalidad con que se presume un ahorro sobre las ruinas de un gasto que alguien, con dinero público, ya había hecho. El contribuyente de Manuel Doblado terminó pagando dos rehabilitaciones para una sola cancha: la que se despegó y la que promete durar. Y como en todo buen futbol uruguayo, lo que sobra es garra para el reclamo y falta el árbitro que ponga orden. Ojalá el pasto nuevo aguante más que las explicaciones.