Bache no atendido: el atractivo turístico que la ciudad no cobra pero tampoco tapa
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Hay obras de infraestructura que tardan años y hay otras que, como los baches capitalinos, se instalan solitas y para siempre. El Sistema Unificado de Atención Ciudadana recibió 19 mil 518 solicitudes de bacheo apenas en el segundo trimestre de 2026 y, de esas, 14 mil 51 siguen abiertas: casi tres de cada cuatro reportes esperando su turno como quien saca ficha en el banco un día quincena. El promedio de solicitudes concluidas fue de 28 por ciento, cifra que en la boleta de cualquier estudiante viene subrayada en rojo y con recado para los papás.
El podio de la incomodidad lo encabeza Iztapalapa con 2 mil 291 reportes, seguida de Gustavo A. Madero con mil 394 y Xochimilco con 885. En GAM, precisamente, el recorrido periodístico encontró hundimientos que 'por su dimensión asemejan cráteres expuestos a media calle'. Uno esperaría que un cráter a cielo abierto tuviera al menos un letrero, un guía o una cuota de admisión; en cambio, es gratuito, sorpresivo y con estacionamiento incluido dentro del propio hoyo.
Para el automovilista, cada bache es una ruleta: rin doblado, amortiguador difunto, llanta ponchada y la clásica frase de taller mecánico que empieza con 'uy, joven'. Para el peatón, es tobillo en riesgo. Y para las autoridades, aparentemente, es un fenómeno atmosférico incontrolable, como la lluvia o el reggaetón: llega, se queda y nadie sabe bien quién lo autorizó.
Lo notable es el contraste contable. La misma ciudad que reporta con precisión de relojero suizo cada peso de impuesto por hospedaje, cada cámara térmica por instalar y cada permiso de comercio revocado en el Metro, se vuelve súbitamente distraída cuando la cifra que hay que contar son los hoyos que no tapó. Catorce mil reportes abiertos no son un descuido: son casi una colección. Si al menos les pusieran número de serie, podríamos exportarlos como los aguacates del Mundial. Mientras tanto, la recomendación vecinal sigue siendo la de siempre: maneje despacio, rece bajito y quiera mucho a su suspensión, porque el bacheo, por lo visto, va a tardar más que el próximo Mundial.
El podio de la incomodidad lo encabeza Iztapalapa con 2 mil 291 reportes, seguida de Gustavo A. Madero con mil 394 y Xochimilco con 885. En GAM, precisamente, el recorrido periodístico encontró hundimientos que 'por su dimensión asemejan cráteres expuestos a media calle'. Uno esperaría que un cráter a cielo abierto tuviera al menos un letrero, un guía o una cuota de admisión; en cambio, es gratuito, sorpresivo y con estacionamiento incluido dentro del propio hoyo.
Para el automovilista, cada bache es una ruleta: rin doblado, amortiguador difunto, llanta ponchada y la clásica frase de taller mecánico que empieza con 'uy, joven'. Para el peatón, es tobillo en riesgo. Y para las autoridades, aparentemente, es un fenómeno atmosférico incontrolable, como la lluvia o el reggaetón: llega, se queda y nadie sabe bien quién lo autorizó.
Lo notable es el contraste contable. La misma ciudad que reporta con precisión de relojero suizo cada peso de impuesto por hospedaje, cada cámara térmica por instalar y cada permiso de comercio revocado en el Metro, se vuelve súbitamente distraída cuando la cifra que hay que contar son los hoyos que no tapó. Catorce mil reportes abiertos no son un descuido: son casi una colección. Si al menos les pusieran número de serie, podríamos exportarlos como los aguacates del Mundial. Mientras tanto, la recomendación vecinal sigue siendo la de siempre: maneje despacio, rece bajito y quiera mucho a su suspensión, porque el bacheo, por lo visto, va a tardar más que el próximo Mundial.