El Cuchillo se despide: el agua de Monterrey saca boleto a Tamaulipas y a Texas en plena sequía
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Pocas cosas resumen mejor el destino regiomontano que esta: la presa El Cuchillo, que aporta el 60% del agua que bebe Monterrey, tiene compromiso de ceder agua a Tamaulipas y a Estados Unidos justo cuando el pronóstico anuncia lluvias a la baja para los próximos tres meses. El agua, como buen invitado educado, se despide temprano de la fiesta, justo cuando más la necesitábamos en la mesa.
Ante el panorama, diputados locales y federales hicieron un 'llamado enérgico' para frenar la cesión de recursos hídricos establecida en los convenios, priorizando el consumo humano. El adjetivo 'enérgico' es el favorito del legislador cuando el problema lo rebasa: no puede abrir la llave, pero puede subir la voz. Y en un detalle que merece cuadro de honor, algunos de los que opinaron aclararon que ni siquiera pertenecen a la Comisión de Recursos Hidráulicos, Agua Potable y Saneamiento. Es decir: opinan del agua desde la orilla, sin mojarse, que es la forma más segura de hablar de una presa.
El ciudadano de la zona metropolitana, entrenado por tandeos históricos, recibe la noticia con el estoicismo de quien ya vivió veranos sin una gota en la regadera. Sabe que el convenio existe, que los compromisos internacionales pesan, que el agua se rige por acuerdos firmados hace tiempo y que la naturaleza no leyó ninguno de esos papeles. Lo suyo no es indignación, es memoria muscular: ya guardó la cubeta, ya sabe a qué hora cae el chorrito, ya calculó cuántos días aguanta el tinaco.
El contraste es de manual: mientras El Cuchillo reparte su caudal por compromiso, las nubes se ponen en modo ahorro y el termómetro de Monterrey hace lo que mejor sabe. La solución de fondo, esa que implica infraestructura, planeación y menos improvisación, sigue pendiente. La solución de forma, el llamado enérgico, ya se emitió con puntualidad. Ojalá el agua entienda de discursos tanto como entiende de gravedad. Porque por ahora, la presa que sostiene a la ciudad tiene la agenda más apretada que un funcionario en foto: da agua a los vecinos de al lado, cumple con el norte y, si sobra, atiende a la casa. Muy generosa. Demasiado, dirían en la fila de la pipa.
Ante el panorama, diputados locales y federales hicieron un 'llamado enérgico' para frenar la cesión de recursos hídricos establecida en los convenios, priorizando el consumo humano. El adjetivo 'enérgico' es el favorito del legislador cuando el problema lo rebasa: no puede abrir la llave, pero puede subir la voz. Y en un detalle que merece cuadro de honor, algunos de los que opinaron aclararon que ni siquiera pertenecen a la Comisión de Recursos Hidráulicos, Agua Potable y Saneamiento. Es decir: opinan del agua desde la orilla, sin mojarse, que es la forma más segura de hablar de una presa.
El ciudadano de la zona metropolitana, entrenado por tandeos históricos, recibe la noticia con el estoicismo de quien ya vivió veranos sin una gota en la regadera. Sabe que el convenio existe, que los compromisos internacionales pesan, que el agua se rige por acuerdos firmados hace tiempo y que la naturaleza no leyó ninguno de esos papeles. Lo suyo no es indignación, es memoria muscular: ya guardó la cubeta, ya sabe a qué hora cae el chorrito, ya calculó cuántos días aguanta el tinaco.
El contraste es de manual: mientras El Cuchillo reparte su caudal por compromiso, las nubes se ponen en modo ahorro y el termómetro de Monterrey hace lo que mejor sabe. La solución de fondo, esa que implica infraestructura, planeación y menos improvisación, sigue pendiente. La solución de forma, el llamado enérgico, ya se emitió con puntualidad. Ojalá el agua entienda de discursos tanto como entiende de gravedad. Porque por ahora, la presa que sostiene a la ciudad tiene la agenda más apretada que un funcionario en foto: da agua a los vecinos de al lado, cumple con el norte y, si sobra, atiende a la casa. Muy generosa. Demasiado, dirían en la fila de la pipa.