Guanajuato: donde el coche se queda en el burdel, el cactus llega tarde a la carrera y el agua se ahorra cambiándole el nombre
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Hay días en que Guanajuato amanece con la seriedad de un examen extraordinario y otros en que amanece como sketch. Hoy le tocó lo segundo, y conste que ninguna de estas cosas nos la inventamos: todas salieron en periódico, con nombre y todo.
Empecemos por la joya de la corona. En Irapuato, un caballero visitó un establecimiento llamado El Caballo Negro, andaba —según el propio comunicado del lugar— aparentemente entonado, y decidió, con una responsabilidad que ya la quisiéramos en otros ámbitos, no manejar. Dejó ahí su auto. Hasta ahí, un ejemplo cívico. El detalle es que volvió por él varios días después, pero no llegó con una grúa ni con su compadre: llegó con agentes ministeriales y Guardia Nacional. Se armó tal movilización que paralizó el tráfico de la zona. El burdel tuvo que sacar comunicado aclarando que no hubo violencia, solo un señor recogiendo su coche con escolta federal. En este estado, recuperar un Tsuru requiere menos papeleo si lo hace uno acompañado del Ejército. Tomen nota los del corralón.
De la fauna motorizada pasamos a la flora centenaria. En los cerros de la capital aparecieron decenas de garambullos tirados, algunos con más de 500 años de edad —es decir, más viejos que la Alhóndiga, más viejos que cualquier promesa de campaña—, justo por donde pasó la carrera Ultratrail de una marca famosa de ropa para gente que corre por los cerros por gusto. Los organizadores salieron a deslindarse con una frase para enmarcar: dijeron que no afectaron a la naturaleza, que únicamente 'dieron rehabilitación a los cambios'. Rehabilitación a los cambios. Un garambullo que llevaba medio milenio ahí parado, viendo pasar virreyes, revoluciones y administraciones municipales, resulta que solo fue 'rehabilitado'. Con ese diccionario, un choque es una reubicación espontánea y un socavón es una piscina no solicitada. Los vecinos, los Chuines, ya convocaron a rescatar lo que quede el 2 de agosto; ojalá lleguen antes de la próxima 'rehabilitación'.
En Celaya, mientras tanto, se libra otra batalla contra lo invisible. Un olor extraño invadió la ciudad y los vecinos colapsaron el número de emergencias reportando la pestilencia colonia por colonia. La ciudad entera olfateando el aire como perro en aduana. Y en la misma Celaya, el organismo del agua, antes conocido como Jumapa, anunció que se cambia el nombre a SIGAA para 'optimizar la gestión' y, atención, ahorrar 30 millones de pesos al año. Treinta millones ahorrados con cambiar las letras del membrete. Si con rebautizar un organismo se ahorra tanto, propongo que el estado entero se llame de aquí en adelante 'Guanajuato Pro', versión premium, y con eso pagamos el hospital que sigo sin ver.
Hablando de hospitales: en Irapuato ya casi terminan la calle Guanajuato, esa vialidad que se hizo para dar acceso cómodo al futuro Hospital Regional del IMSS. Bella la calle. Bien pavimentada. Con acceso perfecto a un hospital que no existe, que sigue detenido y sin fecha de arranque. Es el equivalente urbano a comprar el marco antes que la foto, o a poner mesa para invitados que no confirmaron. En Celaya van por el mismo camino con la planta geotérmica de Grupo Carso: a casi un año del anuncio, el propio alcalde admite que no sabe cuándo empieza ni de qué tamaño es, y anda pidiendo información. Cuando el que gobierna pregunta 'oigan, ¿y esto qué es?', uno como ciudadano ya solo abraza el recibo del predial.
En el renglón de la eficiencia, un aplauso para el operativo de alcoholímetro en Salamanca: se le aplicó la prueba a 12 choferes del transporte público y salieron los 12 negativos. Cero positivos. Un pleno. Es la noticia más limpia del día, aunque uno sospecha que si el mismo operativo se instala a la salida de cierto Caballo Negro irapuatense, las estadísticas se pondrían más interesantes.
Y para cerrar con espíritu decembrino en pleno julio: la Feria de Navidad de Celaya 2026 sigue sin proyecto. A cinco meses del evento, el Ayuntamiento apenas le pidió al organizador que presente un plan de trabajo, mientras baraja 30 millones de pesos de base —los mismos 30 millones que la del agua dice que ahorra cambiándose el nombre; en este estado todo cuesta o vale exactamente 30 millones—. Fe absoluta tengo en que la feria saldrá, como sale siempre, a las prisas, con la rueda de la fortuna atornillada la madrugada del estreno. Al fin, aquí lo hemos aprendido: en Guanajuato las cosas no se planean, se rehabilitan sobre la marcha.
Empecemos por la joya de la corona. En Irapuato, un caballero visitó un establecimiento llamado El Caballo Negro, andaba —según el propio comunicado del lugar— aparentemente entonado, y decidió, con una responsabilidad que ya la quisiéramos en otros ámbitos, no manejar. Dejó ahí su auto. Hasta ahí, un ejemplo cívico. El detalle es que volvió por él varios días después, pero no llegó con una grúa ni con su compadre: llegó con agentes ministeriales y Guardia Nacional. Se armó tal movilización que paralizó el tráfico de la zona. El burdel tuvo que sacar comunicado aclarando que no hubo violencia, solo un señor recogiendo su coche con escolta federal. En este estado, recuperar un Tsuru requiere menos papeleo si lo hace uno acompañado del Ejército. Tomen nota los del corralón.
De la fauna motorizada pasamos a la flora centenaria. En los cerros de la capital aparecieron decenas de garambullos tirados, algunos con más de 500 años de edad —es decir, más viejos que la Alhóndiga, más viejos que cualquier promesa de campaña—, justo por donde pasó la carrera Ultratrail de una marca famosa de ropa para gente que corre por los cerros por gusto. Los organizadores salieron a deslindarse con una frase para enmarcar: dijeron que no afectaron a la naturaleza, que únicamente 'dieron rehabilitación a los cambios'. Rehabilitación a los cambios. Un garambullo que llevaba medio milenio ahí parado, viendo pasar virreyes, revoluciones y administraciones municipales, resulta que solo fue 'rehabilitado'. Con ese diccionario, un choque es una reubicación espontánea y un socavón es una piscina no solicitada. Los vecinos, los Chuines, ya convocaron a rescatar lo que quede el 2 de agosto; ojalá lleguen antes de la próxima 'rehabilitación'.
En Celaya, mientras tanto, se libra otra batalla contra lo invisible. Un olor extraño invadió la ciudad y los vecinos colapsaron el número de emergencias reportando la pestilencia colonia por colonia. La ciudad entera olfateando el aire como perro en aduana. Y en la misma Celaya, el organismo del agua, antes conocido como Jumapa, anunció que se cambia el nombre a SIGAA para 'optimizar la gestión' y, atención, ahorrar 30 millones de pesos al año. Treinta millones ahorrados con cambiar las letras del membrete. Si con rebautizar un organismo se ahorra tanto, propongo que el estado entero se llame de aquí en adelante 'Guanajuato Pro', versión premium, y con eso pagamos el hospital que sigo sin ver.
Hablando de hospitales: en Irapuato ya casi terminan la calle Guanajuato, esa vialidad que se hizo para dar acceso cómodo al futuro Hospital Regional del IMSS. Bella la calle. Bien pavimentada. Con acceso perfecto a un hospital que no existe, que sigue detenido y sin fecha de arranque. Es el equivalente urbano a comprar el marco antes que la foto, o a poner mesa para invitados que no confirmaron. En Celaya van por el mismo camino con la planta geotérmica de Grupo Carso: a casi un año del anuncio, el propio alcalde admite que no sabe cuándo empieza ni de qué tamaño es, y anda pidiendo información. Cuando el que gobierna pregunta 'oigan, ¿y esto qué es?', uno como ciudadano ya solo abraza el recibo del predial.
En el renglón de la eficiencia, un aplauso para el operativo de alcoholímetro en Salamanca: se le aplicó la prueba a 12 choferes del transporte público y salieron los 12 negativos. Cero positivos. Un pleno. Es la noticia más limpia del día, aunque uno sospecha que si el mismo operativo se instala a la salida de cierto Caballo Negro irapuatense, las estadísticas se pondrían más interesantes.
Y para cerrar con espíritu decembrino en pleno julio: la Feria de Navidad de Celaya 2026 sigue sin proyecto. A cinco meses del evento, el Ayuntamiento apenas le pidió al organizador que presente un plan de trabajo, mientras baraja 30 millones de pesos de base —los mismos 30 millones que la del agua dice que ahorra cambiándose el nombre; en este estado todo cuesta o vale exactamente 30 millones—. Fe absoluta tengo en que la feria saldrá, como sale siempre, a las prisas, con la rueda de la fortuna atornillada la madrugada del estreno. Al fin, aquí lo hemos aprendido: en Guanajuato las cosas no se planean, se rehabilitan sobre la marcha.