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El Destiempo

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Ciudad de México Digest 30 de julio de 2026

La torta que tapó el bache: manual para una ciudad que come parada y duerme con las escrituras abrazadas

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La torta que tapó el bache: manual para una ciudad que come parada y duerme con las escrituras abrazadas
Hay días en que la Ciudad de México se retrata sola, y ayer se retrató con una torta de cien metros. Mil quinientos setenta kilos de milanesa, jamón, chorizo, salchicha, cebolla, jitomate y lechuga fresca, certificados por Guinness, para que nadie diga que la capital no rompe récords: los rompe, aunque casi nunca sean los que uno pediría. La jefa de Gobierno cortó el listón en Venustiano Carranza y ofreció una apología de la torta digna de un discurso de Estado, recordándonos que es "el alimento histórico" del niño que va a la escuela, del joven que estudia y del trabajador al que se le hizo tarde. Conmovedor, sí. También es una manera muy poética de decir que aquí nadie tiene tiempo de sentarse a comer.

Y vaya que no lo tiene. Mientras la torta más grande del mundo posaba para la cámara, el reportaje de al lado confirmaba lo obvio: en el Metro ya se desayuna antes de que la ciudad despierte. Café, pan de dulce, empanadas y, cuando avanza el reloj, cinco tacos de canasta por veinticinco pesos, chilaquiles por treinta y cinco, plato de comida china por setenta y tostadas a diez la pieza. Cualquier rincón es comedor. La torta gigante no fue una hazaña culinaria: fue un autorretrato. Somos la ciudad que convirtió el "se me hizo tarde" en identidad nacional y luego lo mandó a certificar a Londres.

Pero pongamos la torta en la mesa —perdón— y hablemos de lo que de verdad quita el sueño: quedarse sin casa mientras uno sale a trabajar. El delito de despojo tuvo su propia jornada maratónica. Cien víctimas de seis alcaldías se plantaron cuatro horas en la Policía de Investigación para exigir que les devuelvan sus inmuebles; las autoridades se comprometieron a restituir, a revisar sesenta y un casos nuevos y a desarticular redes. Detalle incómodo: las propias víctimas denunciaron que el gabinete contra el despojo, a un año de creado, no ha dado resultados. Es decir, hay un gabinete específicamente diseñado para este problema y su principal logro documentado es haber cumplido un año. En paralelo, los diputados del Congreso capitalino llamaron a gobierno, fiscalía y Poder Judicial a "combatir con mayor fuerza" el despojo y ofrecieron los equipos jurídicos de sus sesenta y seis módulos. Traducido: cuando el problema es que no hay quién actúe, la solución oficial es convocar a más gente a que pida que alguien actúe.

Hubo, eso sí, un resultado tangible: la fiscalía detuvo a dos mujeres presuntamente vinculadas al despojo de una casa en la Del Valle y las trasladó a Santa Martha Acatitla. Una golondrina no hace verano, pero al menos alguien vio la golondrina. El Colegio de Notarios, por su parte, salió a recordarnos que tiene una campaña llamada "Escudo Protector" y que la mejor defensa contra el despojo es escriturar. Sabio consejo. Uno duerme más tranquilo abrazado a un folio del Registro Público que a una almohada.

Y mientras unos pelean por conservar su casa, otros pelean por conseguir una a precio de humano. El Frente Anti-Gentrificación no ve avance en el plan contra el desplazamiento: dice que el tope a las estancias de alquiler y el registro de plataformas de hospedaje son "inventos" y que quien sigue reinando es el poder inmobiliario. Del otro lado del mostrador, la Canadevi explica con toda tranquilidad que hacer vivienda asequible en la Roma, la Condesa o la Juárez es "difícil" por el costo de los terrenos y la Norma 26. Es decir: no hay casa barata donde la gente quiere vivir porque ahí es carísimo, y es carísimo porque todos quieren vivir ahí. Gracias por el diagnóstico, ya nos sentíamos confundidos.

Cerremos con el clásico de temporada. En la colonia Tránsito, alcaldía Cuauhtémoc, las obras inconclusas dejaron coladeras azolvadas que en cada lluvia mantienen la calle anegada durante días, con aguas negras, mosquitos y filtraciones a las casas. Un vecino recuerda que taparon una fuga y dejaron el hoyo abierto meses, y que al pavimentar otra calle cubrieron las coladeras. Es la obra pública en su forma más zen: se hace para que todo siga exactamente igual, pero con más concreto encima.

Así quedó el día: una ciudad que fabrica la torta más grande del mundo mientras sus habitantes comen de pie en el andén, cuidan sus escrituras como reliquia y esperan que baje el agua de una calle que nadie terminó de arreglar. Récord Guinness, señores. El del ingenio para tapar un bache con una milanesa de cien metros.