Récord Guinness a la ciudad que desayuna corriendo
Tamaño de letra
Ya es oficial y con sello británico: la Ciudad de México posee la torta más grande del mundo. Cien metros de largo, mil quinientos setenta kilos de peso y un desfile de milanesa, jamón, chorizo, salchicha, cebolla, jitomate y lechuga fresca que Guinness World Records certificó sin chistar, porque cuando México se propone romper un récord de antojito, no hay comité que se resista. El banderazo lo dio la jefa de Gobierno en la explanada de Venustiano Carranza, en la edición veintiuno de la Feria de la Torta, acompañada de la alcaldesa y de decenas de asistentes atraídos por el olor a milanesa recién frita, que es, digámoslo, el verdadero himno de esta ciudad.
Hubo, además, discurso. Y no cualquiera: una apología en forma. La mandataria defendió a la torta como "un alimento que tiene los ingredientes que pueden generar una buena nutrición", como parte de nuestra cultura y como "el alimento histórico" del niño que va a la escuela, del joven que estudia y del trabajador al que se le hizo tarde. Es el primer caso documentado en que un platillo recibe una defensa jurídica más apasionada que muchos acusados. Y no le falta razón: en esta capital la torta no es comida, es infraestructura emocional.
Porque conviene leer la letra chica del elogio. Cuando la autoridad celebra que la torta alimenta "al trabajador cuando se le hace tarde", está confesando, sin querer, el verdadero récord: somos la metrópoli donde llegar tarde es una condición permanente, y la torta el paracaídas grasoso que lo hace soportable. No fabricamos cien metros de pan bañado en salsa porque tengamos hambre; los fabricamos porque nadie tiene tiempo de sentarse.
Que conste: nada contra la fiesta. Una ciudad que se junta a construir una torta descomunal y a repartirla es una ciudad que todavía sabe reírse en comunidad, y eso vale oro en tiempos de humor escaso. Pero sería bonito que el mismo entusiasmo logístico que logró coordinar a decenas de personas para untar mayonesa en fila india se aplicara, un día de estos, a récords menos fotogénicos: la coladera que sí destapa, el trámite que sí avanza, la casa que sí se devuelve. Mientras tanto, brindemos con refresco de vidrio por el nuevo campeón mundial. Que sepa Londres que aquí, cuando no alcanza el tiempo, alcanza la torta.
Hubo, además, discurso. Y no cualquiera: una apología en forma. La mandataria defendió a la torta como "un alimento que tiene los ingredientes que pueden generar una buena nutrición", como parte de nuestra cultura y como "el alimento histórico" del niño que va a la escuela, del joven que estudia y del trabajador al que se le hizo tarde. Es el primer caso documentado en que un platillo recibe una defensa jurídica más apasionada que muchos acusados. Y no le falta razón: en esta capital la torta no es comida, es infraestructura emocional.
Porque conviene leer la letra chica del elogio. Cuando la autoridad celebra que la torta alimenta "al trabajador cuando se le hace tarde", está confesando, sin querer, el verdadero récord: somos la metrópoli donde llegar tarde es una condición permanente, y la torta el paracaídas grasoso que lo hace soportable. No fabricamos cien metros de pan bañado en salsa porque tengamos hambre; los fabricamos porque nadie tiene tiempo de sentarse.
Que conste: nada contra la fiesta. Una ciudad que se junta a construir una torta descomunal y a repartirla es una ciudad que todavía sabe reírse en comunidad, y eso vale oro en tiempos de humor escaso. Pero sería bonito que el mismo entusiasmo logístico que logró coordinar a decenas de personas para untar mayonesa en fila india se aplicara, un día de estos, a récords menos fotogénicos: la coladera que sí destapa, el trámite que sí avanza, la casa que sí se devuelve. Mientras tanto, brindemos con refresco de vidrio por el nuevo campeón mundial. Que sepa Londres que aquí, cuando no alcanza el tiempo, alcanza la torta.