Tres semanas sin agua en el norte de Morelia: el temporal moja la calle, no la tinaco
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Existe una paradoja hídrica en Morelia que ya debería estudiarse en las universidades: llueve tanto que se inundan las avenidas, pero la llave de la casa lleva 21 días echando aire. Esta semana, vecinos de Granjas del Maestro, Santiaguito, Lomas del Tecnológico y Loma Bonita se manifestaron en las instalaciones del OOAPAS porque llevan más de tres semanas sin servicio de agua potable.
Tres semanas. Veintiún días. Suficiente tiempo para que una persona forme un hábito, según los expertos en superación personal; en este caso, el hábito de cargar cubetas. Los manifestantes hicieron lo único que le queda al ciudadano michoacano cuando el servicio público lo abandona: juntarse, hacer ruido y esperar que alguien con la palabra "operador" en el nombre de la dependencia se acuerde de que el agua, en teoría, debe llegar a las casas.
Lo verdaderamente admirable del asunto es el timing. Estamos en plena temporada de lluvias, con avenidas convertidas en río, colonias que reparten kits de limpieza por las inundaciones y un cielo que descarga agua como si le sobrara. Y en medio de esa abundancia acuática, cuatro colonias enteras no tienen ni una gota en la tubería. El OOAPAS ha logrado lo que ningún organismo del mundo: hacer que el agua esté literalmente en todas partes menos donde se necesita.
El vecino promedio ya conoce el protocolo de rigor: se reporta, se documenta, se manifiesta, y se aprende a bañarse con cubeta mientras la burocracia decide si el problema es de la bomba, del pozo, de la red o de la voluntad. Porque en Morelia el agua potable no es un derecho: es una sorpresa, y últimamente de las que no llegan.
Mientras tanto, los cuatro fraccionamientos siguen a la espera de que el líquido vital deje de ser una promesa institucional y vuelva a ser lo que era: algo que sale de la llave. Ojalá antes de que se cumpla el mes, no vaya a ser que terminen certificando la sequía como tradición del barrio.
Tres semanas. Veintiún días. Suficiente tiempo para que una persona forme un hábito, según los expertos en superación personal; en este caso, el hábito de cargar cubetas. Los manifestantes hicieron lo único que le queda al ciudadano michoacano cuando el servicio público lo abandona: juntarse, hacer ruido y esperar que alguien con la palabra "operador" en el nombre de la dependencia se acuerde de que el agua, en teoría, debe llegar a las casas.
Lo verdaderamente admirable del asunto es el timing. Estamos en plena temporada de lluvias, con avenidas convertidas en río, colonias que reparten kits de limpieza por las inundaciones y un cielo que descarga agua como si le sobrara. Y en medio de esa abundancia acuática, cuatro colonias enteras no tienen ni una gota en la tubería. El OOAPAS ha logrado lo que ningún organismo del mundo: hacer que el agua esté literalmente en todas partes menos donde se necesita.
El vecino promedio ya conoce el protocolo de rigor: se reporta, se documenta, se manifiesta, y se aprende a bañarse con cubeta mientras la burocracia decide si el problema es de la bomba, del pozo, de la red o de la voluntad. Porque en Morelia el agua potable no es un derecho: es una sorpresa, y últimamente de las que no llegan.
Mientras tanto, los cuatro fraccionamientos siguen a la espera de que el líquido vital deje de ser una promesa institucional y vuelva a ser lo que era: algo que sale de la llave. Ojalá antes de que se cumpla el mes, no vaya a ser que terminen certificando la sequía como tradición del barrio.