Los tunos del más allá: tours que existen solo en tu recibo
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Guanajuato capital es Patrimonio de la Humanidad, joya colonial, cuna de callejones y leyendas. Y, según se está volviendo costumbre, también cuna de un emprendimiento muy próspero: el tour que no existe. Una turista llamada Anita contó en redes sociales cómo le vendieron una experiencia que terminó siendo más fantasmal que la mismísima Calle del Beso. Su testimonio se viralizó y soltó la alerta: cuidado con los tunos.
Qué bonito detalle local. En otras ciudades te estafa un tipo cualquiera con lentes oscuros; aquí te lo hacen con jubón, capa de terciopelo, listones de colores y, presumiblemente, una mandolina afinada. La estampa es impecable: parece que te van a dedicar una serenata renacentista y resulta que la única canción que suena al final es la de tu cartera vaciándose en si bemol. El romanticismo guanajuatense convertido en modelo de negocio.
Lo admirable es la puesta en escena. Porque una cosa es que te timen, y otra que te timen con producción de época. El visitante llega buscando callejoneada, historia y un poquito de magia, y se va con una lección de teatro inmersivo en la que él, sin saberlo, era el protagonista pagano. Cinco estrellas en originalidad, cero en el tour prometido.
Las autoridades turísticas, mientras tanto, presumen festivales, mundiales, derramas económicas millonarias y visitantes por montones. Faltaría agregar un asterisco honesto en los folletos: revise que su guía exista físicamente y no solo en su imaginación y en su comprobante de pago. Porque de nada sirve atraer a un millón de turistas si una parte se va contando que en Guanajuato lo único garantizado fue el cobro.
El llamado de Anita es sencillo y, tristemente, necesario: no caer con los vendedores informales que ofrecen paseos demasiado buenos para ser verdad. Traducción para el visitante desprevenido: en la ciudad de las leyendas, la leyenda más rentable últimamente es la del tour que prometieron y nunca apareció.
Qué bonito detalle local. En otras ciudades te estafa un tipo cualquiera con lentes oscuros; aquí te lo hacen con jubón, capa de terciopelo, listones de colores y, presumiblemente, una mandolina afinada. La estampa es impecable: parece que te van a dedicar una serenata renacentista y resulta que la única canción que suena al final es la de tu cartera vaciándose en si bemol. El romanticismo guanajuatense convertido en modelo de negocio.
Lo admirable es la puesta en escena. Porque una cosa es que te timen, y otra que te timen con producción de época. El visitante llega buscando callejoneada, historia y un poquito de magia, y se va con una lección de teatro inmersivo en la que él, sin saberlo, era el protagonista pagano. Cinco estrellas en originalidad, cero en el tour prometido.
Las autoridades turísticas, mientras tanto, presumen festivales, mundiales, derramas económicas millonarias y visitantes por montones. Faltaría agregar un asterisco honesto en los folletos: revise que su guía exista físicamente y no solo en su imaginación y en su comprobante de pago. Porque de nada sirve atraer a un millón de turistas si una parte se va contando que en Guanajuato lo único garantizado fue el cobro.
El llamado de Anita es sencillo y, tristemente, necesario: no caer con los vendedores informales que ofrecen paseos demasiado buenos para ser verdad. Traducción para el visitante desprevenido: en la ciudad de las leyendas, la leyenda más rentable últimamente es la del tour que prometieron y nunca apareció.