Cuatro siglos subiendo a La Bufa sin escaleras y justo hoy hicieron falta
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La Fiesta de la Cueva cumplió 410 años. Cuatro siglos y una década en que la gente de Guanajuato ha subido paso a paso el Cerro de la Bufa hasta Los Picachos para venerar a San Ignacio de Loyola y pedirle lluvias. Este año subieron más de 35 mil personas, hubo más de 200 puestos de comida y juegos mecánicos, y también —según la crónica— más vendimia, más ebrios, polémica por los 'arreglos' al camino y hasta una campal nocturna. La devoción y el desmadre, tomados de la mano, como siempre.
El detalle que encendió la temporada de amparos: en la parte final del camino que lleva a La Cueva se construyeron unas escaleras, con cemento incluido. La justificación oficial es tierna: ayudar a la subida y bajada de las personas y mitigar el riesgo de caídas o torceduras. Después de 410 años, alguien decidió que el cerro era demasiado cerro.
La funcionaria Samantha Smith salió a defender la obra, pero con una pirueta que merece aplauso: dijo que la respalda y, en la misma frase, pidió una revisión jurídica. Es decir, defiende los escalones cuya legalidad todavía no está clara. Es el método guanajuatense de construcción por fe: primero se echa el cemento, luego se reza para que la revisión salga a favor. San Ignacio, que de disciplina sabía, tomaría nota.
El problema de fondo no es menor. La Bufa está en proceso de buscar la declaratoria de Área Natural Protegida, y verter cemento en un sitio que se pretende blindar ecológicamente tiene a los ambientalistas con la ceja levantada y con razón. Uno protege un cerro dejándolo ser cerro, no pavimentándole las devociones. Si la solución para no torcerse un tobillo es cementar una montaña candidata a área protegida, quizás el remedio le está saliendo más caro al ecosistema que la enfermedad.
Que quede claro: nadie está en contra de que la gente suba segura. Pero hay algo profundamente nuestro en resolver un tramo de terracería con obra gris y dejar la parte legal para después, como quien compra el boleto ya sentado en el camión. Cuatro siglos de tradición aguantaron piedra, lodo y campal nocturna. Ojalá aguanten también la creatividad administrativa de quienes ahora quieren mejorarles el camino.
El detalle que encendió la temporada de amparos: en la parte final del camino que lleva a La Cueva se construyeron unas escaleras, con cemento incluido. La justificación oficial es tierna: ayudar a la subida y bajada de las personas y mitigar el riesgo de caídas o torceduras. Después de 410 años, alguien decidió que el cerro era demasiado cerro.
La funcionaria Samantha Smith salió a defender la obra, pero con una pirueta que merece aplauso: dijo que la respalda y, en la misma frase, pidió una revisión jurídica. Es decir, defiende los escalones cuya legalidad todavía no está clara. Es el método guanajuatense de construcción por fe: primero se echa el cemento, luego se reza para que la revisión salga a favor. San Ignacio, que de disciplina sabía, tomaría nota.
El problema de fondo no es menor. La Bufa está en proceso de buscar la declaratoria de Área Natural Protegida, y verter cemento en un sitio que se pretende blindar ecológicamente tiene a los ambientalistas con la ceja levantada y con razón. Uno protege un cerro dejándolo ser cerro, no pavimentándole las devociones. Si la solución para no torcerse un tobillo es cementar una montaña candidata a área protegida, quizás el remedio le está saliendo más caro al ecosistema que la enfermedad.
Que quede claro: nadie está en contra de que la gente suba segura. Pero hay algo profundamente nuestro en resolver un tramo de terracería con obra gris y dejar la parte legal para después, como quien compra el boleto ya sentado en el camión. Cuatro siglos de tradición aguantaron piedra, lodo y campal nocturna. Ojalá aguanten también la creatividad administrativa de quienes ahora quieren mejorarles el camino.