La Boca, la presa mágica donde flota el restaurante y también el lirio
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Que nadie diga que en Nuevo León no sabemos vendernos. La Presa La Boca, en Santiago, fue oficialmente descrita esta semana como un embalse "mágico", y uno no puede sino aplaudir la valentía del adjetivo. Ahí, según nos cuentan, turistas nacionales y extranjeros disfrutan paseos en lancha, en catamarán y en un flamante restaurante flotante, ese sueño húmedo de todo destino que aspira a salir en un reel con música de fondo y filtro dorado.
El detalle es que, a la par del glamour náutico, hay una brigada completa arrancándole al agua el lirio acuático y la lechuguilla, esa maleza verde que crece como chisme de colonia y que ya cubría buena parte del vaso. Los trabajos van al 80 por ciento y arrancaron el 15 de abril, cuando el alcalde David de la Peña les advirtió que "esto es prioridad, por las implicaciones del problema". Y tiene razón: es difícil vender un paraíso lacustre cuando el comensal se asoma por la borda y en lugar de reflejo cristalino ve una alfombra de plantas flotantes que parece que la presa necesita una podada urgente.
Así que la postal completa queda más o menos así: por un lado, una lancha llena de visitantes felices rumbo al restaurante flotante; por el otro, cuadrillas sacando toneladas de maleza para que la magia no se note demasiado artesanal. Es la metáfora perfecta del turismo regio: adelante el catamarán, atrás la cubeta.
Y porque La Boca no discrimina géneros de noticia, el mismo entorno que produce folletos también genera partes policiales: ese mismo día, la Policía de Santiago detuvo a un hombre acusado de agredir a la esposa de un amigo dentro de un hotel ubicado justo junto a la presa. La magia, uno aprende, es de horario limitado y depende de en qué mesa te sientes. Aun así, si el fin de semana lo agarra con ganas de aventura acuática, La Boca lo espera: con su lirio en retirada, su restaurante a flote y su promesa mágica de que todo, tarde o temprano, se limpia para la foto.
El detalle es que, a la par del glamour náutico, hay una brigada completa arrancándole al agua el lirio acuático y la lechuguilla, esa maleza verde que crece como chisme de colonia y que ya cubría buena parte del vaso. Los trabajos van al 80 por ciento y arrancaron el 15 de abril, cuando el alcalde David de la Peña les advirtió que "esto es prioridad, por las implicaciones del problema". Y tiene razón: es difícil vender un paraíso lacustre cuando el comensal se asoma por la borda y en lugar de reflejo cristalino ve una alfombra de plantas flotantes que parece que la presa necesita una podada urgente.
Así que la postal completa queda más o menos así: por un lado, una lancha llena de visitantes felices rumbo al restaurante flotante; por el otro, cuadrillas sacando toneladas de maleza para que la magia no se note demasiado artesanal. Es la metáfora perfecta del turismo regio: adelante el catamarán, atrás la cubeta.
Y porque La Boca no discrimina géneros de noticia, el mismo entorno que produce folletos también genera partes policiales: ese mismo día, la Policía de Santiago detuvo a un hombre acusado de agredir a la esposa de un amigo dentro de un hotel ubicado justo junto a la presa. La magia, uno aprende, es de horario limitado y depende de en qué mesa te sientes. Aun así, si el fin de semana lo agarra con ganas de aventura acuática, La Boca lo espera: con su lirio en retirada, su restaurante a flote y su promesa mágica de que todo, tarde o temprano, se limpia para la foto.