La autoridad nos salva del scroll infinito desde el mismo teléfono
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Existe un enemigo silencioso que nos acecha cada noche, que roba horas de sueño, que nos hipnotiza con el pulgar en piloto automático. No es el crimen organizado: es el "scroll infinito". Y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, a través de su Unidad de Inteligencia, Investigación Cibernética y Operaciones Tecnológicas, ha decidido plantarle cara con un comunicado que millones leerán, cómo no, deslizando el dedo hasta el final.
La advertencia es real y, en el fondo, atinada: los algoritmos favorecen los contenidos que generan más interacción y amplifican mensajes cargados de narrativas emocionales, música, símbolos, aspiraciones económicas, reconocimiento social y sentido de pertenencia. El riesgo, dice la autoridad, es que los ciberdelincuentes aprovechen esas dinámicas para engancharse a públicos jóvenes vendiéndoles estilos de vida ilícitos disfrazados de éxito, poder y riqueza. Hasta ahí, aplausos: alguien en el gobierno abrió TikTok y tomó notas.
El detalle poético es el medio. La recomendación de soltar el teléfono nos llega, precisamente, por teléfono, en el mismo formato adictivo que critica, compitiendo por nuestra atención contra bailes, recetas y gatitos. Es como si la campaña contra el azúcar la repartieran envuelta en paletas. Uno imagina al ciudadano modelo asintiendo con gravedad ante la advertencia, jurando que mañana sí baja las pantallas, para acto seguido deslizar hacia el siguiente video sin haber terminado de leerla.
Lo que la secretaría describe con lenguaje técnico —música, símbolos, pertenencia, aspiración— cualquier adolescente lo llama, simplemente, martes. El diagnóstico no es falso; es tardío. Descubrir en pleno 2026 que las redes están diseñadas para retenernos es como advertir que el chile pica: información valiosa para quien acaba de llegar del siglo pasado.
Que conste la buena intención: prevenir que un joven confunda el reconocimiento social con un camino peligroso es tarea noble y necesaria. Pero mientras la estrategia se limite a competir con el algoritmo usando sus mismas armas, el algoritmo va a seguir ganando por goleada, porque él no descansa, no emite comunicados y no tiene horario de oficina. La autoridad nos pide moderación; el teléfono nos ofrece un video más. Ya sabemos quién de los dos suena más convincente a las once de la noche.
La advertencia es real y, en el fondo, atinada: los algoritmos favorecen los contenidos que generan más interacción y amplifican mensajes cargados de narrativas emocionales, música, símbolos, aspiraciones económicas, reconocimiento social y sentido de pertenencia. El riesgo, dice la autoridad, es que los ciberdelincuentes aprovechen esas dinámicas para engancharse a públicos jóvenes vendiéndoles estilos de vida ilícitos disfrazados de éxito, poder y riqueza. Hasta ahí, aplausos: alguien en el gobierno abrió TikTok y tomó notas.
El detalle poético es el medio. La recomendación de soltar el teléfono nos llega, precisamente, por teléfono, en el mismo formato adictivo que critica, compitiendo por nuestra atención contra bailes, recetas y gatitos. Es como si la campaña contra el azúcar la repartieran envuelta en paletas. Uno imagina al ciudadano modelo asintiendo con gravedad ante la advertencia, jurando que mañana sí baja las pantallas, para acto seguido deslizar hacia el siguiente video sin haber terminado de leerla.
Lo que la secretaría describe con lenguaje técnico —música, símbolos, pertenencia, aspiración— cualquier adolescente lo llama, simplemente, martes. El diagnóstico no es falso; es tardío. Descubrir en pleno 2026 que las redes están diseñadas para retenernos es como advertir que el chile pica: información valiosa para quien acaba de llegar del siglo pasado.
Que conste la buena intención: prevenir que un joven confunda el reconocimiento social con un camino peligroso es tarea noble y necesaria. Pero mientras la estrategia se limite a competir con el algoritmo usando sus mismas armas, el algoritmo va a seguir ganando por goleada, porque él no descansa, no emite comunicados y no tiene horario de oficina. La autoridad nos pide moderación; el teléfono nos ofrece un video más. Ya sabemos quién de los dos suena más convincente a las once de la noche.