Agosto se disfrazó de diciembre y el transporte no trajo suéter
Tamaño de letra
La Ciudad de México tiene un talento raro para confundir el calendario. Estamos en agosto, en teoría plena temporada de calorcito y aguacero tropical, y sin embargo el fin de semana la capital amaneció con estampa navideña: granizo apilado en las banquetas, placas de hielo blanco sobre el asfalto y una zona norte que parecía set de película decembrina rodada por error.
El protagonismo se lo llevó la alcaldía Gustavo A. Madero, donde el volumen de agua superó al drenaje —esa vieja rivalidad que el drenaje pierde con la puntualidad de un reloj suizo—. En el estacionamiento de una plaza comercial en Lindavista los automovilistas quedaron varados, con una corrientita de agua cubierta por una fina capa de hielo que impedía la salida. Nada como ir por unas compras y terminar patinando de regreso al coche.
El transporte público, que nunca deja pasar la oportunidad de acompañarnos en la tragedia, se sumó con entusiasmo. La Línea 3 del Metro suspendió servicio en un tramo por la acumulación de agua; el personal salió a achicar con la resignación de siempre. La Línea 5 perdió dos estaciones por la caída de un árbol —porque en esta ciudad, además del agua, cae vegetación—. El Metrobús reportó afectaciones en las Líneas 1 y 7, con la 1 operando solo de El Caminero a Buenavista, y el Cablebús se detuvo por tormenta eléctrica, que es lo mínimo que uno espera de una cabina colgada a media descarga atmosférica.
Por si faltara sabor, en la Línea A los usuarios reportaron hasta 49 minutos de retraso, trenes detenidos y, el detalle gourmet, olor a quemado en estaciones como Santa Martha. Frío afuera, calor sospechoso adentro: la Línea A es puro contraste térmico.
Lo notable no es que llueva —llueve todos los años, es agosto—, sino la fidelidad con que la infraestructura reacciona igual cada temporada, como si la lluvia fuera una emboscada inédita y no un evento anual perfectamente calendarizado. Las autoridades emitieron alerta amarilla y naranja para las 16 alcaldías, pidieron precaución a los automovilistas y prometieron restablecer el servicio 'una vez que las condiciones sean adecuadas'. Traducción: cuando escampe.
Mientras tanto, el capitalino hace lo que mejor sabe: sacar el paraguas que no sirve, subirse los pantalones, esquivar el charco que resultó ser un lago y llegar tarde con una excusa que, por una vez, es verdad. En esta ciudad, agosto no pide permiso: pega, granea y se va, dejando de recuerdo una banqueta congelada y un Metro con olorcito a quemado.
El protagonismo se lo llevó la alcaldía Gustavo A. Madero, donde el volumen de agua superó al drenaje —esa vieja rivalidad que el drenaje pierde con la puntualidad de un reloj suizo—. En el estacionamiento de una plaza comercial en Lindavista los automovilistas quedaron varados, con una corrientita de agua cubierta por una fina capa de hielo que impedía la salida. Nada como ir por unas compras y terminar patinando de regreso al coche.
El transporte público, que nunca deja pasar la oportunidad de acompañarnos en la tragedia, se sumó con entusiasmo. La Línea 3 del Metro suspendió servicio en un tramo por la acumulación de agua; el personal salió a achicar con la resignación de siempre. La Línea 5 perdió dos estaciones por la caída de un árbol —porque en esta ciudad, además del agua, cae vegetación—. El Metrobús reportó afectaciones en las Líneas 1 y 7, con la 1 operando solo de El Caminero a Buenavista, y el Cablebús se detuvo por tormenta eléctrica, que es lo mínimo que uno espera de una cabina colgada a media descarga atmosférica.
Por si faltara sabor, en la Línea A los usuarios reportaron hasta 49 minutos de retraso, trenes detenidos y, el detalle gourmet, olor a quemado en estaciones como Santa Martha. Frío afuera, calor sospechoso adentro: la Línea A es puro contraste térmico.
Lo notable no es que llueva —llueve todos los años, es agosto—, sino la fidelidad con que la infraestructura reacciona igual cada temporada, como si la lluvia fuera una emboscada inédita y no un evento anual perfectamente calendarizado. Las autoridades emitieron alerta amarilla y naranja para las 16 alcaldías, pidieron precaución a los automovilistas y prometieron restablecer el servicio 'una vez que las condiciones sean adecuadas'. Traducción: cuando escampe.
Mientras tanto, el capitalino hace lo que mejor sabe: sacar el paraguas que no sirve, subirse los pantalones, esquivar el charco que resultó ser un lago y llegar tarde con una excusa que, por una vez, es verdad. En esta ciudad, agosto no pide permiso: pega, granea y se va, dejando de recuerdo una banqueta congelada y un Metro con olorcito a quemado.