El Zapotillo: cuando el milagro del agua se fue por la coladera
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Hay promesas que envejecen mal, como el aguacate que compraste el domingo pensando en los tacos del miércoles. Y luego está El Zapotillo, esa promesa que envejeció tan mal que ni el propio Gobierno de Jalisco se animó a seguir sosteniéndola con la cara seria.
Recordemos el capítulo anterior: durante todo el sexenio pasado, el sistema de El Zapotillo se vendió como el gran seguro de vida hídrico de la metrópoli. Agua para 50 años. Medio siglo de tranquilidad. Lo dijeron con esa convicción de vendedor de enciclopedias que toca tu puerta a la hora de la comida. Uno casi quería aplaudir.
Pero pasó lo que pasa con los milagros de supermercado: llegas a la caja y el descuento no aplica. Ahora, desde Palacio de Gobierno, descubrieron que faltan acueductos, que hay obras que quedaron a medias como novela de sobremesa, y que los azolves —esa palabra elegante para decir lodo acumulado— amenazan con convertir la presa en un monumento al optimismo tapatío. Un mirador precioso, eso sí. Ideal para llevar a las visitas y explicarles con nostalgia lo que "iba a ser".
Lo delicioso del asunto es que el desmentido no vino de la oposición ni de un columnista amargado. Vino de casa. El propio gobierno estatal terminó echando abajo la joya de la corona alfarista, en ese ejercicio tan mexicano de heredar un elefante blanco y descubrir, ya con las llaves en la mano, que además el elefante tiene sed.
Y por si faltara condimento, de paso le bajaron el switch a Morena, que presumía tres mil litros por segundo como si el agua brotara con solo abrir una válvula y decir las palabras mágicas. Aquí todos quieren ser el mago del agua; el problema es que nadie trajo el conejo.
Mientras los grandes hablan de litros por segundo y de sobres cerrados con culpas repartidas, en las colonias la realidad se mide distinto: en garrafones cargados a pulso, en tinacos que se vacían antes de tiempo y en potabilizadoras móviles que van de barrio en barrio como circo ambulante llevando agua gratis. Ese es el tiempo real que sí funciona en Jalisco: el del vecino que ya aprendió a no creer en presas que prometen medio siglo.
La moraleja no la escribo yo; la escribió la propia coladera. Los milagros hidráulicos no existen. Existen los acueductos que se construyen o no se construyen, el lodo que se draga o no se draga, y las cuentas que se hacen antes de anunciar, no después de heredar. Todo lo demás es folclor, y del bueno.
Así que la próxima vez que alguien nos garantice agua para 50 años con cara de certeza absoluta, propongo un ejercicio cívico sencillo: sonreír, agradecer y guardar el recibo. Por si acaso hay que devolver la mercancía.
Recordemos el capítulo anterior: durante todo el sexenio pasado, el sistema de El Zapotillo se vendió como el gran seguro de vida hídrico de la metrópoli. Agua para 50 años. Medio siglo de tranquilidad. Lo dijeron con esa convicción de vendedor de enciclopedias que toca tu puerta a la hora de la comida. Uno casi quería aplaudir.
Pero pasó lo que pasa con los milagros de supermercado: llegas a la caja y el descuento no aplica. Ahora, desde Palacio de Gobierno, descubrieron que faltan acueductos, que hay obras que quedaron a medias como novela de sobremesa, y que los azolves —esa palabra elegante para decir lodo acumulado— amenazan con convertir la presa en un monumento al optimismo tapatío. Un mirador precioso, eso sí. Ideal para llevar a las visitas y explicarles con nostalgia lo que "iba a ser".
Lo delicioso del asunto es que el desmentido no vino de la oposición ni de un columnista amargado. Vino de casa. El propio gobierno estatal terminó echando abajo la joya de la corona alfarista, en ese ejercicio tan mexicano de heredar un elefante blanco y descubrir, ya con las llaves en la mano, que además el elefante tiene sed.
Y por si faltara condimento, de paso le bajaron el switch a Morena, que presumía tres mil litros por segundo como si el agua brotara con solo abrir una válvula y decir las palabras mágicas. Aquí todos quieren ser el mago del agua; el problema es que nadie trajo el conejo.
Mientras los grandes hablan de litros por segundo y de sobres cerrados con culpas repartidas, en las colonias la realidad se mide distinto: en garrafones cargados a pulso, en tinacos que se vacían antes de tiempo y en potabilizadoras móviles que van de barrio en barrio como circo ambulante llevando agua gratis. Ese es el tiempo real que sí funciona en Jalisco: el del vecino que ya aprendió a no creer en presas que prometen medio siglo.
La moraleja no la escribo yo; la escribió la propia coladera. Los milagros hidráulicos no existen. Existen los acueductos que se construyen o no se construyen, el lodo que se draga o no se draga, y las cuentas que se hacen antes de anunciar, no después de heredar. Todo lo demás es folclor, y del bueno.
Así que la próxima vez que alguien nos garantice agua para 50 años con cara de certeza absoluta, propongo un ejercicio cívico sencillo: sonreír, agradecer y guardar el recibo. Por si acaso hay que devolver la mercancía.