Un millón de pesos para oler lo que ya olíamos gratis
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Celaya tiene un problema y, fiel a la mejor tradición administrativa, decidió resolverlo comprándole ropa nueva. Tras los olores fétidos que se percibieron el 28 de julio en distintos puntos de la ciudad, el Gobierno Municipal analiza invertir alrededor de un millón de pesos en equipos especializados para monitorear la calidad del aire e identificar la procedencia del tufo. Repito la cifra por si el aroma no dejó pensar con claridad: un millón de pesos para saber de dónde viene el mal olor.
Uno entiende la buena intención. De verdad. Medir, monitorear, tener datos duros, gráficas bonitas, un informe con sensores certificados. Pero también uno creció en el Bajío, donde la detección de olores es una habilidad que se hereda como el molcajete. Cualquier vecino de Celaya, sin capacitación ni presupuesto, es capaz de pararse en una esquina, olfatear dos veces y emitir un diagnóstico técnico: 'huele a drenaje', 'huele a canal', 'huele a que alguien no está haciendo su trabajo'. Todo eso, gratis, sin licitación y con margen de error casi nulo.
El detalle fino, el que siempre se nos escapa, es que detectar el origen no es lo mismo que resolverlo. El equipo de un millón nos dirá con precisión milimétrica de dónde brota la peste; después vendrá otro presupuesto, otra reunión, otra temporada de lluvias, y el olor —que es paciente— seguirá esperando su turno. Habremos invertido en el diagnóstico más caro de la historia municipal para llegar exactamente a donde ya estábamos, pero con papeleo.
Hay algo entrañable en un gobierno que le tiene más fe a los sensores importados que a las narices de su propia gente. Ojalá esa misma pasión por medir se contagie a otras áreas: un aparato que detecte de dónde vienen los baches, otro que localice el origen de las promesas incumplidas, uno más para rastrear los recibos apócrifos. Mientras tanto, Celaya respira —cuando puede— y espera. Porque al final el aire es de todos, pero el millón, como siempre, sale del mismo lugar: de la bolsa de quienes ya sabían, sin cobrar un peso, exactamente a qué olía la cosa.
Uno entiende la buena intención. De verdad. Medir, monitorear, tener datos duros, gráficas bonitas, un informe con sensores certificados. Pero también uno creció en el Bajío, donde la detección de olores es una habilidad que se hereda como el molcajete. Cualquier vecino de Celaya, sin capacitación ni presupuesto, es capaz de pararse en una esquina, olfatear dos veces y emitir un diagnóstico técnico: 'huele a drenaje', 'huele a canal', 'huele a que alguien no está haciendo su trabajo'. Todo eso, gratis, sin licitación y con margen de error casi nulo.
El detalle fino, el que siempre se nos escapa, es que detectar el origen no es lo mismo que resolverlo. El equipo de un millón nos dirá con precisión milimétrica de dónde brota la peste; después vendrá otro presupuesto, otra reunión, otra temporada de lluvias, y el olor —que es paciente— seguirá esperando su turno. Habremos invertido en el diagnóstico más caro de la historia municipal para llegar exactamente a donde ya estábamos, pero con papeleo.
Hay algo entrañable en un gobierno que le tiene más fe a los sensores importados que a las narices de su propia gente. Ojalá esa misma pasión por medir se contagie a otras áreas: un aparato que detecte de dónde vienen los baches, otro que localice el origen de las promesas incumplidas, uno más para rastrear los recibos apócrifos. Mientras tanto, Celaya respira —cuando puede— y espera. Porque al final el aire es de todos, pero el millón, como siempre, sale del mismo lugar: de la bolsa de quienes ya sabían, sin cobrar un peso, exactamente a qué olía la cosa.