Bedolla, el embajador y los 33 millones de dólares: Lázaro Cárdenas se pone su mejor traje para la foto internacional
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El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla recibió al embajador de China en México, Chen Daojiang, y la reunión tuvo todos los ingredientes del banquete diplomático: apretón de manos, líderes del sector productivo, empresarios asintiendo y la palabra mágica repetida como mantra, "estratégico". El puerto de Lázaro Cárdenas es estratégico. En Michoacán todo es estratégico hasta que se demuestra lo contrario, y a veces ni así.
El número gordo del encuentro: Hutchison Ports invierte 33 millones de dólares en la Fase III de expansión, lo que llevará la terminal de 1.8 a 2.3 millones de contenedores anuales. Medio millón de cajas metálicas adicionales cruzando por el estado cada año. Suena a modernidad, a integración global, a que Michoacán por fin se sienta en la mesa grande del comercio internacional. Y ojo: probablemente lo sea. El puerto es de verdad importante, mueve economía y da empleo, así que este no es de esos anuncios de humo que se evaporan al segundo boletín.
Lo que da para la sonrisa es el contraste. Mientras el discurso oficial habla de contenedores por millones y de nuestro lugar en las rutas del Pacífico, el michoacano que vive junto a la carretera del puerto sigue negociando su propia geopolítica: la de esquivar tráileres, la de las casetas y la de preguntarse cuánto de esos 33 millones de dólares se le nota al camino que usa todos los días. La economía global entra por Lázaro Cárdenas con alfombra roja; el desarrollo local, muchas veces, entra por la puerta de servicio y toca despacio.
Hay que reconocerle a Bedolla el olfato para la foto correcta: sentarse con el embajador de la segunda economía del planeta es un golpe de imagen impecable, de esos que se ven bien en cualquier informe. Y la inversión, si aterriza como se promete, es buena noticia sin asterisco. El deseo, más que la burla, es simple: que la Fase III no se quede en la fase de la conferencia de prensa, y que los millones de contenedores dejen algo más que polvo y peaje a su paso.
Por lo pronto, Michoacán ya puede presumir amistad con China, un puerto en expansión y un gobernador con agenda internacional. Solo falta que el crecimiento se sienta también tierra adentro, donde no llegan los embajadores pero sí las expectativas.
El número gordo del encuentro: Hutchison Ports invierte 33 millones de dólares en la Fase III de expansión, lo que llevará la terminal de 1.8 a 2.3 millones de contenedores anuales. Medio millón de cajas metálicas adicionales cruzando por el estado cada año. Suena a modernidad, a integración global, a que Michoacán por fin se sienta en la mesa grande del comercio internacional. Y ojo: probablemente lo sea. El puerto es de verdad importante, mueve economía y da empleo, así que este no es de esos anuncios de humo que se evaporan al segundo boletín.
Lo que da para la sonrisa es el contraste. Mientras el discurso oficial habla de contenedores por millones y de nuestro lugar en las rutas del Pacífico, el michoacano que vive junto a la carretera del puerto sigue negociando su propia geopolítica: la de esquivar tráileres, la de las casetas y la de preguntarse cuánto de esos 33 millones de dólares se le nota al camino que usa todos los días. La economía global entra por Lázaro Cárdenas con alfombra roja; el desarrollo local, muchas veces, entra por la puerta de servicio y toca despacio.
Hay que reconocerle a Bedolla el olfato para la foto correcta: sentarse con el embajador de la segunda economía del planeta es un golpe de imagen impecable, de esos que se ven bien en cualquier informe. Y la inversión, si aterriza como se promete, es buena noticia sin asterisco. El deseo, más que la burla, es simple: que la Fase III no se quede en la fase de la conferencia de prensa, y que los millones de contenedores dejen algo más que polvo y peaje a su paso.
Por lo pronto, Michoacán ya puede presumir amistad con China, un puerto en expansión y un gobernador con agenda internacional. Solo falta que el crecimiento se sienta también tierra adentro, donde no llegan los embajadores pero sí las expectativas.