El ojo que todo lo ve, cuando está prendido
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La videovigilancia moderna promete una ciudad donde nada escapa a la mirada del Estado. Celaya, en cambio, ofrece una versión más honesta y con suspenso: una ciudad donde el ojo electrónico pestañea diez veces al día.
El propio secretario de Seguridad Ciudadana informó que las cámaras del C4 municipal presentan hasta diez fallas técnicas diarias, aunque se apresuró a aclarar que son atendidas 'de manera inmediata' para no dejar desprotegida la vigilancia. Es un consuelo relativo. Uno agradece la sinceridad —no es común que la autoridad confiese que su tecnología tose—, pero la aritmética inquieta: si el C4 tiene diez tropiezos al día, cada jornada incluye diez ventanas de oportunidad para que la realidad ocurra fuera de cuadro.
Hay algo profundamente filosófico en una cámara que falla. El sistema de seguridad se convierte en una especie de testigo distraído, de esos que en el juicio dicen 'la verdad, en ese momentito volteé para otro lado'. La ciudad vigilada resulta ser, en la práctica, la ciudad intermitentemente vigilada, que no es lo mismo aunque salga en el mismo boletín.
Y conste que el problema no es que las cámaras fallen —toda máquina falla, hasta el mejor celular se congela—, sino la naturalidad con que la falla ya forma parte del reporte oficial. Diez descomposturas dejaron de ser una emergencia para volverse una estadística de rutina, casi un dato de clima: hoy se esperan nubes dispersas y diez apagones de cámara, atendidos de inmediato.
El ciudadano, mientras tanto, queda en una posición metafísica incómoda: sabe que lo están observando, pero no sabe con qué porcentaje de certeza. Es la vigilancia cuántica de Celaya, donde el delito puede estar grabado y no grabado al mismo tiempo hasta que alguien revisa la memoria y descubre el hoyo negro justo en el minuto clave.
Se agradecería que la 'atención inmediata' fuera tan robusta como para que la palabra 'hasta diez fallas diarias' desapareciera del vocabulario del C4. Porque una cámara que se apaga sola no disuade a nadie: en el mejor de los casos, documenta el instante anterior al problema y el instante posterior al problema, dejando el problema mismo como ejercicio de imaginación para las autoridades. El ojo que todo lo ve, siempre y cuando no le toque parpadear justo entonces.
El propio secretario de Seguridad Ciudadana informó que las cámaras del C4 municipal presentan hasta diez fallas técnicas diarias, aunque se apresuró a aclarar que son atendidas 'de manera inmediata' para no dejar desprotegida la vigilancia. Es un consuelo relativo. Uno agradece la sinceridad —no es común que la autoridad confiese que su tecnología tose—, pero la aritmética inquieta: si el C4 tiene diez tropiezos al día, cada jornada incluye diez ventanas de oportunidad para que la realidad ocurra fuera de cuadro.
Hay algo profundamente filosófico en una cámara que falla. El sistema de seguridad se convierte en una especie de testigo distraído, de esos que en el juicio dicen 'la verdad, en ese momentito volteé para otro lado'. La ciudad vigilada resulta ser, en la práctica, la ciudad intermitentemente vigilada, que no es lo mismo aunque salga en el mismo boletín.
Y conste que el problema no es que las cámaras fallen —toda máquina falla, hasta el mejor celular se congela—, sino la naturalidad con que la falla ya forma parte del reporte oficial. Diez descomposturas dejaron de ser una emergencia para volverse una estadística de rutina, casi un dato de clima: hoy se esperan nubes dispersas y diez apagones de cámara, atendidos de inmediato.
El ciudadano, mientras tanto, queda en una posición metafísica incómoda: sabe que lo están observando, pero no sabe con qué porcentaje de certeza. Es la vigilancia cuántica de Celaya, donde el delito puede estar grabado y no grabado al mismo tiempo hasta que alguien revisa la memoria y descubre el hoyo negro justo en el minuto clave.
Se agradecería que la 'atención inmediata' fuera tan robusta como para que la palabra 'hasta diez fallas diarias' desapareciera del vocabulario del C4. Porque una cámara que se apaga sola no disuade a nadie: en el mejor de los casos, documenta el instante anterior al problema y el instante posterior al problema, dejando el problema mismo como ejercicio de imaginación para las autoridades. El ojo que todo lo ve, siempre y cuando no le toque parpadear justo entonces.