Balazos afuera de la casa del rapero: todos oyeron, nadie sabe quién
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Pocas cosas describen mejor el estado del país que una escena donde varias personas coinciden en que sonaron balazos, pero nadie logra decir quién los hizo. Eso fue, en esencia, lo que ocurrió frente a la casa del rapero conocido como Santa Fe Klan, en la capital guanajuatense, y las versiones ya empezaron a coleccionarse.
Según la Secretaría de Seguridad Ciudadana, cuyo titular salió a aclarar el asunto, la agresión de aquella noche fue una riña provocada por un grupo de ocho sujetos que golpearon a un elemento de la policía preventiva. Los balazos, dice la autoridad, sonaron después de la agresión y se desconoce quién los disparó. Se subrayó, además, que ningún policía usó su arma de fuego, que no hubo detenidos y que jamás se allanó la casa del cantante. El músico, por su parte, denunció presuntos disparos de agentes afuera de su tienda y un intento de ingreso a su domicilio, todo presuntamente captado por cámaras del barrio.
Dos relatos, una misma noche, y en medio un misterio balístico digno de radionovela. La versión oficial ofrece un catálogo generoso de negaciones —no disparamos, no entramos, no detuvimos— y una sola afirmación: alguien disparó, pero vaya usted a saber quién. Es la coartada colectiva perfecta, esa en la que el sonido existe pero el dedo en el gatillo se esfuma en el aire.
Para su honor, hay que decir que la Secretaría hizo lo institucionalmente correcto: abrió investigación interna y ordenó preservar la llamada al 911, las bitácoras, los registros de radio, la ubicación de las unidades, el armamento y los videos disponibles. En teoría, con semejante expediente, el enigma debería resolverse. En la práctica, dependerá de que las grabaciones no sufran el mal guanajuatense del momento: la cámara que justo en el instante clave decidió irse a descansar.
El caso tiene el ingrediente que garantiza atención nacional: un artista famoso, cámaras vecinales y redes sociales incendiadas repartiendo materiales por todos lados. La autoridad lo sabe y por eso salió pronto a poner orden en el relato. Ojalá la investigación llegue a una conclusión con nombre y apellido, y no al clásico veredicto de humo donde todos oyeron, nadie vio y el expediente se archiva con un encogimiento de hombros. Porque una ciudad donde suenan tiros y el resultado oficial es 'se desconoce quién' no está resolviendo un misterio: lo está normalizando.
Según la Secretaría de Seguridad Ciudadana, cuyo titular salió a aclarar el asunto, la agresión de aquella noche fue una riña provocada por un grupo de ocho sujetos que golpearon a un elemento de la policía preventiva. Los balazos, dice la autoridad, sonaron después de la agresión y se desconoce quién los disparó. Se subrayó, además, que ningún policía usó su arma de fuego, que no hubo detenidos y que jamás se allanó la casa del cantante. El músico, por su parte, denunció presuntos disparos de agentes afuera de su tienda y un intento de ingreso a su domicilio, todo presuntamente captado por cámaras del barrio.
Dos relatos, una misma noche, y en medio un misterio balístico digno de radionovela. La versión oficial ofrece un catálogo generoso de negaciones —no disparamos, no entramos, no detuvimos— y una sola afirmación: alguien disparó, pero vaya usted a saber quién. Es la coartada colectiva perfecta, esa en la que el sonido existe pero el dedo en el gatillo se esfuma en el aire.
Para su honor, hay que decir que la Secretaría hizo lo institucionalmente correcto: abrió investigación interna y ordenó preservar la llamada al 911, las bitácoras, los registros de radio, la ubicación de las unidades, el armamento y los videos disponibles. En teoría, con semejante expediente, el enigma debería resolverse. En la práctica, dependerá de que las grabaciones no sufran el mal guanajuatense del momento: la cámara que justo en el instante clave decidió irse a descansar.
El caso tiene el ingrediente que garantiza atención nacional: un artista famoso, cámaras vecinales y redes sociales incendiadas repartiendo materiales por todos lados. La autoridad lo sabe y por eso salió pronto a poner orden en el relato. Ojalá la investigación llegue a una conclusión con nombre y apellido, y no al clásico veredicto de humo donde todos oyeron, nadie vio y el expediente se archiva con un encogimiento de hombros. Porque una ciudad donde suenan tiros y el resultado oficial es 'se desconoce quién' no está resolviendo un misterio: lo está normalizando.