El 'downburst' que sí avisó (pero usted andaba ocupado)
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Hay una nueva palabra en el vocabulario regio y suena a movimiento final de lucha libre: 'downburst'. Detrás del anglicismo hay un fenómeno meteorológico que el domingo sacudió al área metropolitana y dejó la postal de siempre: coches varados, calles convertidas en río y la ciudadanía descubriendo, otra vez, que el agua moja.
Lo interesante no es el fenómeno, sino la conferencia posterior. El director de Protección Civil de Monterrey, Daniel Betancourt, salió a explicar que el 'downburst' fue detectado con anticipación, que se emitieron alertas preventivas y que las afectaciones pudieron reducirse si la población hubiera hecho caso. Es decir: no fue culpa del cielo, fue culpa suya, estimado regio, por andar ignorando notificaciones como quien ignora los términos y condiciones.
Y hay que reconocerlo: tiene razón. El problema es que en Nuevo León la alerta preventiva compite en credibilidad con el 'ya voy' de un amigo y el 'en cinco minutos llega su chofer' de las apps. Nos avisan tanto y se cumple tan poco que, cuando por fin el aviso era en serio, medio Monterrey estaba decidiendo si sacar el paraguas o mejor grabar el video para las redes.
Porque esa es la otra tradición sagrada: ante la tromba, el regio no corre a resguardarse, corre por el teléfono. La misma alerta que se ignoró para ponerse a salvo se atendió religiosamente para documentar el diluvio en horizontal. Somos un pueblo que no le teme a la naturaleza, le teme a quedarse sin contenido.
Así que el saldo es doble. Por un lado, unas autoridades que —esta vez sí— avisaron y quedaron con la conciencia tranquila y el 'yo te dije' en la mano. Por el otro, una ciudadanía que confirma su superpoder: convertir cualquier catástrofe anunciada en sorpresa. El 'downburst' se detectó a tiempo, se comunicó a tiempo y nos agarró, como siempre, a destiempo.
La moraleja meteorológica queda para el archivo: en Monterrey, la alerta llega puntual; el que llega tarde es el sentido común. Y mientras no cambiemos de costumbres, la próxima palabra rara que aprendamos —venga en inglés o en el idioma que sea— nos volverá a encontrar exactamente igual: con el celular en alto y los pies en el agua.
Lo interesante no es el fenómeno, sino la conferencia posterior. El director de Protección Civil de Monterrey, Daniel Betancourt, salió a explicar que el 'downburst' fue detectado con anticipación, que se emitieron alertas preventivas y que las afectaciones pudieron reducirse si la población hubiera hecho caso. Es decir: no fue culpa del cielo, fue culpa suya, estimado regio, por andar ignorando notificaciones como quien ignora los términos y condiciones.
Y hay que reconocerlo: tiene razón. El problema es que en Nuevo León la alerta preventiva compite en credibilidad con el 'ya voy' de un amigo y el 'en cinco minutos llega su chofer' de las apps. Nos avisan tanto y se cumple tan poco que, cuando por fin el aviso era en serio, medio Monterrey estaba decidiendo si sacar el paraguas o mejor grabar el video para las redes.
Porque esa es la otra tradición sagrada: ante la tromba, el regio no corre a resguardarse, corre por el teléfono. La misma alerta que se ignoró para ponerse a salvo se atendió religiosamente para documentar el diluvio en horizontal. Somos un pueblo que no le teme a la naturaleza, le teme a quedarse sin contenido.
Así que el saldo es doble. Por un lado, unas autoridades que —esta vez sí— avisaron y quedaron con la conciencia tranquila y el 'yo te dije' en la mano. Por el otro, una ciudadanía que confirma su superpoder: convertir cualquier catástrofe anunciada en sorpresa. El 'downburst' se detectó a tiempo, se comunicó a tiempo y nos agarró, como siempre, a destiempo.
La moraleja meteorológica queda para el archivo: en Monterrey, la alerta llega puntual; el que llega tarde es el sentido común. Y mientras no cambiemos de costumbres, la próxima palabra rara que aprendamos —venga en inglés o en el idioma que sea— nos volverá a encontrar exactamente igual: con el celular en alto y los pies en el agua.