Doscientos millones y siete meses después, la Plaza de la Liberación ya se libera en pedazos
Tamaño de letra
Hay inversiones que envejecen mal y hay inversiones que envejecen a la velocidad de un aguacate maduro. La Plaza de la Liberación, corazón del Centro Histórico de Guadalajara, pertenece al segundo tipo: reinaugurada apenas en enero con una renovación de casi 200 millones de pesos, hoy los ciudadanos denuncian grietas en el piso, plantas muertas y azulejos deteriorados en las fuentes. Siete meses. La despensa de un buen chile de árbol dura más que este trabajo de rehabilitación.
El catálogo de mejoras sonaba impecable en el boletín: sustitución de pisos, rejillas pluviales nuevas, fuentes rehabilitadas, iluminación, mobiliario urbano, arbolado y vegetación. En el papel, un jardín del edén tapatío. En el suelo, literalmente, agrietamientos visibles justo en esos pisos flamantes que eran la joya del proyecto. La vegetación, contratada para embellecer, optó por la crítica silenciosa de marchitarse; nada dice 'auditen esto' como una planta muerta pagada a precio de rehabilitación integral.
El detalle cronológico es el que le da sabor. Tras reabrir en enero, la plaza volvió a cerrarse en junio para instalar el Fan Fest del Mundial, y fue después de ese festejo multitudinario cuando empezaron a brotar los desperfectos. Uno no quiere señalar culpables, pero la secuencia es elocuente: primero la fiesta encima del piso nuevo, luego el piso nuevo pidiendo auxilio. Resulta que el concreto también tiene memoria, y no perdona haber sido pista de baile mundialista a las pocas semanas de nacer.
Lo entrañable de todo esto es la naturalidad con que se normaliza. En cualquier ciudad seria, una obra de casi 200 millones agrietándose en un semestre dispararía una investigación con nombres, garantías y responsables sudando. Aquí, de momento, tenemos denuncias vecinales, fotos elocuentes y un espacio público que se llama, con ironía perfecta, de la Liberación, cumpliendo su nombre al liberar sus propios azulejos. Guadalajara merece un Centro Histórico digno; por ahora tiene uno que se descascara a plazos, con la puntualidad de una obra que costó como si fuera para siempre y duró como si fuera de utilería.
El catálogo de mejoras sonaba impecable en el boletín: sustitución de pisos, rejillas pluviales nuevas, fuentes rehabilitadas, iluminación, mobiliario urbano, arbolado y vegetación. En el papel, un jardín del edén tapatío. En el suelo, literalmente, agrietamientos visibles justo en esos pisos flamantes que eran la joya del proyecto. La vegetación, contratada para embellecer, optó por la crítica silenciosa de marchitarse; nada dice 'auditen esto' como una planta muerta pagada a precio de rehabilitación integral.
El detalle cronológico es el que le da sabor. Tras reabrir en enero, la plaza volvió a cerrarse en junio para instalar el Fan Fest del Mundial, y fue después de ese festejo multitudinario cuando empezaron a brotar los desperfectos. Uno no quiere señalar culpables, pero la secuencia es elocuente: primero la fiesta encima del piso nuevo, luego el piso nuevo pidiendo auxilio. Resulta que el concreto también tiene memoria, y no perdona haber sido pista de baile mundialista a las pocas semanas de nacer.
Lo entrañable de todo esto es la naturalidad con que se normaliza. En cualquier ciudad seria, una obra de casi 200 millones agrietándose en un semestre dispararía una investigación con nombres, garantías y responsables sudando. Aquí, de momento, tenemos denuncias vecinales, fotos elocuentes y un espacio público que se llama, con ironía perfecta, de la Liberación, cumpliendo su nombre al liberar sus propios azulejos. Guadalajara merece un Centro Histórico digno; por ahora tiene uno que se descascara a plazos, con la puntualidad de una obra que costó como si fuera para siempre y duró como si fuera de utilería.