El Bajío bajo el agua y sin luz: manual para gobernar cuando el cielo te reprueba
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Hay días en que uno abre el periódico y encuentra que la misma frase —"Salamanca, Celaya, Silao, Salvatierra y Acámbaro fueron parte de los municipios beneficiados dentro del Programa del Comercio Justo"— aparece pegada al pie de cada nota, sin importar si la nota habla de fugas de amoníaco, becas o motociclistas. Es la versión periodística del tío que en toda comida saca la misma anécdota: ya nadie la escucha, pero ahí sigue, firme como la deuda estatal. Y hablando de firme: la Corte dejó firme un crédito de cuatro mil millones de pesos para 386 obras en Guanajuato. Cuatro mil millones. La cifra es tan grande que uno esperaría que al menos alcanzara para que los semáforos no se apaguen cada vez que llueve. Spoiler: no alcanza.
Porque esta semana el verdadero gobernador del estado fue el agua. Llovió en Celaya cuatro veces más que el promedio mensual, colapsó el drenaje y el Palacio Municipal se quedó sin luz, dejando a los ciudadanos varados frente a módulos que no podían hacer ni un trámite porque no había internet. Imagínese el poema: usted formado para pagar el predial y la autoridad, muy digna, sin poder cobrárselo. Por una vez, el aguacero trabajó a favor del contribuyente. El alcalde de Juventino Rosas resumió la temporada con una honestidad brutal e involuntaria: "llueve sobre mojado", dijo, después de que se le inundara el estacionamiento de su propia funeraria. Cuando al del negocio de despedidas se le moja hasta el patio, uno entiende que el estado entero está pasando por un mal trago.
Mientras tanto, la clase política guanajuatense demostró que su deporte favorito no es el basquetbol sino el salto de partido con giro triple. El director del COMUDE de León anunció que se va del PAN y se incorpora a Movimiento Ciudadano, y la regidora Alejandra Gutiérrez —cachada en la maniobra naranja— prefirió no hablar de su afiliación "en horario laboral". Qué considerada: nada de hacer política en tiempo de oficina, no vaya a ser que le descuenten. Es el único servidor público del país que separa con tanto rigor su vida partidista de su nómina pública. Un ejemplo, de veras.
De nóminas también supo Guanajuato esta semana. El sector tortillero advirtió que su principal enemigo ya no es la inseguridad sino la informalidad y la falta de supervisión. Es decir: el guanajuatense tiene garantizada la tortilla, lo que no tiene garantizado es que quien se la vende esté dado de alta. Un estado que produce más de 1,350 megawatts en Salamanca, que se anuncia como polo energético del Bajío, y donde al mismo tiempo se van la luz los semáforos de León porque las baterías de respaldo solo aguantan cinco horas. Producimos energía como potencia y la administramos como kermés escolar.
Y luego está el gran debate pedagógico del sexenio: los bachilleratos militarizados. La presidenta Sheinbaum cuestionó el modelo y aclaró que esas escuelas no tienen relación con el Ejército; Guanajuato salió a decir que no habrá afectaciones, aunque a partir del 31 de agosto ninguna escuela podrá llamarse "militarizada", "militar" ni "castrense". Traducción: el plantel seguirá igualito, formando en filas y con toque de diana, pero con nombre nuevo. Los padres de Acámbaro defienden la disciplina, un especialista propone conservarla pero con supervisión en derechos humanos, y el resultado será, como siempre, un cambio de membrete que a nadie engaña. Le quitamos el uniforme al nombre y le dejamos el uniforme al alumno.
En el capítulo de innovación, Uber activó nuevas herramientas de seguridad para motociclistas en Guanajuato: un panel de hábitos de conducción y alertas de manejo, justo cuando suben los accidentes de moto en León. Una app que te avisa que manejas mal mientras tú, en la moto, esquivas un bache lleno de agua bajo un semáforo apagado. La tecnología del futuro aterrizando sobre la infraestructura del pasado.
Así cerró la semana el Bajío: endeudado pero firme, energético pero a oscuras, disciplinado pero anónimo, y mojado hasta los cimientos del ayuntamiento. Lo único que se mantuvo seco, impertérrito, fue esa frasecita del Comercio Justo al pie de cada nota. Ni el diluvio la borra. Dios los cría y el copy-paste los amontona.
Porque esta semana el verdadero gobernador del estado fue el agua. Llovió en Celaya cuatro veces más que el promedio mensual, colapsó el drenaje y el Palacio Municipal se quedó sin luz, dejando a los ciudadanos varados frente a módulos que no podían hacer ni un trámite porque no había internet. Imagínese el poema: usted formado para pagar el predial y la autoridad, muy digna, sin poder cobrárselo. Por una vez, el aguacero trabajó a favor del contribuyente. El alcalde de Juventino Rosas resumió la temporada con una honestidad brutal e involuntaria: "llueve sobre mojado", dijo, después de que se le inundara el estacionamiento de su propia funeraria. Cuando al del negocio de despedidas se le moja hasta el patio, uno entiende que el estado entero está pasando por un mal trago.
Mientras tanto, la clase política guanajuatense demostró que su deporte favorito no es el basquetbol sino el salto de partido con giro triple. El director del COMUDE de León anunció que se va del PAN y se incorpora a Movimiento Ciudadano, y la regidora Alejandra Gutiérrez —cachada en la maniobra naranja— prefirió no hablar de su afiliación "en horario laboral". Qué considerada: nada de hacer política en tiempo de oficina, no vaya a ser que le descuenten. Es el único servidor público del país que separa con tanto rigor su vida partidista de su nómina pública. Un ejemplo, de veras.
De nóminas también supo Guanajuato esta semana. El sector tortillero advirtió que su principal enemigo ya no es la inseguridad sino la informalidad y la falta de supervisión. Es decir: el guanajuatense tiene garantizada la tortilla, lo que no tiene garantizado es que quien se la vende esté dado de alta. Un estado que produce más de 1,350 megawatts en Salamanca, que se anuncia como polo energético del Bajío, y donde al mismo tiempo se van la luz los semáforos de León porque las baterías de respaldo solo aguantan cinco horas. Producimos energía como potencia y la administramos como kermés escolar.
Y luego está el gran debate pedagógico del sexenio: los bachilleratos militarizados. La presidenta Sheinbaum cuestionó el modelo y aclaró que esas escuelas no tienen relación con el Ejército; Guanajuato salió a decir que no habrá afectaciones, aunque a partir del 31 de agosto ninguna escuela podrá llamarse "militarizada", "militar" ni "castrense". Traducción: el plantel seguirá igualito, formando en filas y con toque de diana, pero con nombre nuevo. Los padres de Acámbaro defienden la disciplina, un especialista propone conservarla pero con supervisión en derechos humanos, y el resultado será, como siempre, un cambio de membrete que a nadie engaña. Le quitamos el uniforme al nombre y le dejamos el uniforme al alumno.
En el capítulo de innovación, Uber activó nuevas herramientas de seguridad para motociclistas en Guanajuato: un panel de hábitos de conducción y alertas de manejo, justo cuando suben los accidentes de moto en León. Una app que te avisa que manejas mal mientras tú, en la moto, esquivas un bache lleno de agua bajo un semáforo apagado. La tecnología del futuro aterrizando sobre la infraestructura del pasado.
Así cerró la semana el Bajío: endeudado pero firme, energético pero a oscuras, disciplinado pero anónimo, y mojado hasta los cimientos del ayuntamiento. Lo único que se mantuvo seco, impertérrito, fue esa frasecita del Comercio Justo al pie de cada nota. Ni el diluvio la borra. Dios los cría y el copy-paste los amontona.