El balón gigante de León: primera baja mundialista antes del medio tiempo
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León quiso ponerse guapo para el Mundial y llenó la Calzada de los Héroes de adornos futboleros, entre ellos un balón gigante que iba a ser la estrella de las fotos turísticas. Spoiler: ya lo destruyeron. Y no, no fue en una final cardiaca ni en penales: fue obra del clásico vándalo de banqueta, ese seleccionado nacional que siempre está en forma.
La estadística duele más que cualquier marcador adverso: no llevábamos ni la mitad de la fase de grupos y el balón ya estaba fuera de combate. Si esto fuera quiniela, el adorno no aguantó ni la jornada inaugural. El mundo apenas calienta y nosotros ya perdimos a un titular de la decoración por lesión autoinfligida colectiva.
Hay algo profundamente guanajuatense en la escena. Somos capaces de organizar ferias monumentales, recibir delegaciones internacionales y presumir hospitalidad de exportación, pero basta dejar un objeto bonito en la vía pública para que aparezca, puntual, el ciudadano que necesita comprobar su existencia rompiéndolo. Es nuestro deporte extremo no reconocido.
El municipio invirtió en estos adornos para proyectar una imagen de fiesta y apertura al visitante. La pregunta incómoda es la de siempre: ¿de qué sirve maquillar la avenida si la convivencia no acompaña? Podemos colgar mil balones, esferas y banderines, pero si el respeto al espacio común sigue desinflado, cada adorno es básicamente una ofrenda al vandalismo.
En El Destiempo sugerimos una solución muy bajío: en lugar de balones frágiles, instalar adornos a prueba de todo, de esos que resisten granizo, sismo y berrinche ciudadano. O mejor aún, apostar por el adorno que ningún vándalo ha podido derribar jamás: la cultura del cuidado, que lamentablemente no se vende por catálogo ni se instala con tornillos. Mientras llega esa entrega, recemos por los balones sobrevivientes. Que la fase de grupos les sea leve.
La estadística duele más que cualquier marcador adverso: no llevábamos ni la mitad de la fase de grupos y el balón ya estaba fuera de combate. Si esto fuera quiniela, el adorno no aguantó ni la jornada inaugural. El mundo apenas calienta y nosotros ya perdimos a un titular de la decoración por lesión autoinfligida colectiva.
Hay algo profundamente guanajuatense en la escena. Somos capaces de organizar ferias monumentales, recibir delegaciones internacionales y presumir hospitalidad de exportación, pero basta dejar un objeto bonito en la vía pública para que aparezca, puntual, el ciudadano que necesita comprobar su existencia rompiéndolo. Es nuestro deporte extremo no reconocido.
El municipio invirtió en estos adornos para proyectar una imagen de fiesta y apertura al visitante. La pregunta incómoda es la de siempre: ¿de qué sirve maquillar la avenida si la convivencia no acompaña? Podemos colgar mil balones, esferas y banderines, pero si el respeto al espacio común sigue desinflado, cada adorno es básicamente una ofrenda al vandalismo.
En El Destiempo sugerimos una solución muy bajío: en lugar de balones frágiles, instalar adornos a prueba de todo, de esos que resisten granizo, sismo y berrinche ciudadano. O mejor aún, apostar por el adorno que ningún vándalo ha podido derribar jamás: la cultura del cuidado, que lamentablemente no se vende por catálogo ni se instala con tornillos. Mientras llega esa entrega, recemos por los balones sobrevivientes. Que la fase de grupos les sea leve.