La ciudad que repavimenta el olvido: nadie sabe cuántos monopatines hay, pero todos saben de quién es la culpa
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Amaneció la Ciudad de México con esa energía tan capitalina de estrenar diez planes contra un problema que llevamos años viendo pasar en cámara lenta, como el tráfico de Insurgentes. Hoy tocó el turno del despojo de inmuebles, ese deporte inmobiliario en el que una casa cambia de dueño más rápido que un secretario de gabinete. La jefa de Gobierno pidió "no politizar" el asunto y, acto seguido, presentó diez medidas y recordó con toda calma que del otro bando salieron algunos líderes del cártel inmobiliario. O sea: no politicemos, pero permítanme señalar con el dedo, la palma, el codo y el hombro. Es el nuevo yoga de la política capitalina: la postura del reclamo despolitizado.
Mientras tanto, en Iztapalapa las cifras del despojo son tan generosas que ya podrían tener su propio Cablebús: mil quinientas diecisiete carpetas desde 2020. La buena noticia, nos dicen, es que este año van menos que el pasado. Enternecedor: hemos llegado al punto en que presumimos que nos están robando casas a un ritmo ligeramente más pausado. Es como celebrar que el Titanic se hunde con menos prisa.
En la colonia Del Valle, un juez vinculó a proceso a dos señoras que, según la Fiscalía, se instalaron en un inmueble ajeno con la naturalidad de quien llega a casa de la suegra en Navidad. Ellas juran no haber cometido delito alguno; el juez opinó distinto y ahora contemplan el paisaje desde Santa Martha. Y para que nadie se quede sin su ración de trámite, el Congreso capitalino tiene al menos cuatro iniciativas contra el despojo perfectamente congeladas, en ese refrigerador legislativo donde las buenas intenciones se conservan frescas por sexenios.
De la vivienda pasamos a la movilidad, que es otra forma de no llegar a ningún lado. La Secretaría de Movilidad confesó con una honestidad casi conmovedora que no tiene la menor idea de cuántos monopatines y bicis eléctricas circulan por la ciudad. Van dos mil registrados, ¿de cuántos? Silencio. Es la epistemología del funcionario contemporáneo: sabemos que hay, no sabemos cuántos, pero estamos sensibilizando. Sensibilizar: verbo mágico que significa mandar un tuit y esperar a que el problema se conmueva y se registre solo. Y por si faltaba poesía, el plan piloto de scooters termina este mes con cincuenta y seis mil viajes registrados y la promesa de que se "evaluará la continuidad", frase que en México equivale a un beso en la frente antes de desaparecer para siempre.
Capítulo asfalto. La Secretaría de Obras anunció, orgullosísima, que cumplió la meta de repavimentar tres punto cinco millones de metros cuadrados. Bravo. Detalle menor, casi tímido: treinta cuadrillas andan ahorita mismo tapando baches en las mismas vías primarias que acaban de repavimentar. Es el eterno retorno nietzscheano, pero en versión bache: pavimentas, se hunde, tapas, se hunde, y así hasta la eternidad o hasta el próximo temporal, lo que llegue primero. Y llegará primero el temporal, porque hoy activaron Alerta Amarilla en seis alcaldías.
En Miguel Hidalgo, el alcalde que en enero quiso expulsar las embajadas de Venezuela, Cuba y Nicaragua descubrió, con la delicadeza de quien se estrella contra la Convención de Viena, que una alcaldía no maneja política exterior. Su área jurídica ahora aclara que jamás existió acto administrativo alguno. Traducción: no lo hicimos, y además nunca lo pensamos, y si lo dijimos fue en un video que ya nadie recuerda salvo el internet, que recuerda todo. Recular con estilo también es gobernar.
En Cuauhtémoc, la alcaldesa propuso canjear las estatuas del Che y de Fidel por su equivalente en dinero, con el argumento imbatible de que "los baches se quedan". Nunca la lucha de clases había cotizado tan bien en pesos-bache. Es el materialismo histórico llevado a su conclusión lógica: convertir el bronce revolucionario en mezcla asfáltica.
Y en la esfera federal, dos joyas. La presidenta desapareció la vocería presidencial, porque para qué vocero si ya hay mañanera diaria de dos horas. Y el gobierno anunció que las "pensiones doradas" murieron: ninguna podrá superar el salario presidencial, con un ahorro de cinco mil millones. Aplaudimos, aunque uno sospecha que las pensiones doradas, como los baches, tienen la costumbre de reaparecer justo donde ya las habíamos tapado.
Cierre dulce, literalmente: la coca familiar subió por el IEPS y la de tres litros ya cuesta cincuenta y dos pesos. Es oficial: en esta ciudad puede desaparecerte la casa, el monopatín y hasta el vocero, pero lo que de veras duele es que el refresco del domingo ahora cueste como refacción de coche.
Mientras tanto, en Iztapalapa las cifras del despojo son tan generosas que ya podrían tener su propio Cablebús: mil quinientas diecisiete carpetas desde 2020. La buena noticia, nos dicen, es que este año van menos que el pasado. Enternecedor: hemos llegado al punto en que presumimos que nos están robando casas a un ritmo ligeramente más pausado. Es como celebrar que el Titanic se hunde con menos prisa.
En la colonia Del Valle, un juez vinculó a proceso a dos señoras que, según la Fiscalía, se instalaron en un inmueble ajeno con la naturalidad de quien llega a casa de la suegra en Navidad. Ellas juran no haber cometido delito alguno; el juez opinó distinto y ahora contemplan el paisaje desde Santa Martha. Y para que nadie se quede sin su ración de trámite, el Congreso capitalino tiene al menos cuatro iniciativas contra el despojo perfectamente congeladas, en ese refrigerador legislativo donde las buenas intenciones se conservan frescas por sexenios.
De la vivienda pasamos a la movilidad, que es otra forma de no llegar a ningún lado. La Secretaría de Movilidad confesó con una honestidad casi conmovedora que no tiene la menor idea de cuántos monopatines y bicis eléctricas circulan por la ciudad. Van dos mil registrados, ¿de cuántos? Silencio. Es la epistemología del funcionario contemporáneo: sabemos que hay, no sabemos cuántos, pero estamos sensibilizando. Sensibilizar: verbo mágico que significa mandar un tuit y esperar a que el problema se conmueva y se registre solo. Y por si faltaba poesía, el plan piloto de scooters termina este mes con cincuenta y seis mil viajes registrados y la promesa de que se "evaluará la continuidad", frase que en México equivale a un beso en la frente antes de desaparecer para siempre.
Capítulo asfalto. La Secretaría de Obras anunció, orgullosísima, que cumplió la meta de repavimentar tres punto cinco millones de metros cuadrados. Bravo. Detalle menor, casi tímido: treinta cuadrillas andan ahorita mismo tapando baches en las mismas vías primarias que acaban de repavimentar. Es el eterno retorno nietzscheano, pero en versión bache: pavimentas, se hunde, tapas, se hunde, y así hasta la eternidad o hasta el próximo temporal, lo que llegue primero. Y llegará primero el temporal, porque hoy activaron Alerta Amarilla en seis alcaldías.
En Miguel Hidalgo, el alcalde que en enero quiso expulsar las embajadas de Venezuela, Cuba y Nicaragua descubrió, con la delicadeza de quien se estrella contra la Convención de Viena, que una alcaldía no maneja política exterior. Su área jurídica ahora aclara que jamás existió acto administrativo alguno. Traducción: no lo hicimos, y además nunca lo pensamos, y si lo dijimos fue en un video que ya nadie recuerda salvo el internet, que recuerda todo. Recular con estilo también es gobernar.
En Cuauhtémoc, la alcaldesa propuso canjear las estatuas del Che y de Fidel por su equivalente en dinero, con el argumento imbatible de que "los baches se quedan". Nunca la lucha de clases había cotizado tan bien en pesos-bache. Es el materialismo histórico llevado a su conclusión lógica: convertir el bronce revolucionario en mezcla asfáltica.
Y en la esfera federal, dos joyas. La presidenta desapareció la vocería presidencial, porque para qué vocero si ya hay mañanera diaria de dos horas. Y el gobierno anunció que las "pensiones doradas" murieron: ninguna podrá superar el salario presidencial, con un ahorro de cinco mil millones. Aplaudimos, aunque uno sospecha que las pensiones doradas, como los baches, tienen la costumbre de reaparecer justo donde ya las habíamos tapado.
Cierre dulce, literalmente: la coca familiar subió por el IEPS y la de tres litros ya cuesta cincuenta y dos pesos. Es oficial: en esta ciudad puede desaparecerte la casa, el monopatín y hasta el vocero, pero lo que de veras duele es que el refresco del domingo ahora cueste como refacción de coche.