Bronce contra bache: la alcaldesa que quiere cambiar a Fidel y al Che por asfalto
Tamaño de letra
Toda ciudad tiene su filósofa. La de la Cuauhtémoc acaba de sintetizar el pensamiento político del siglo con una frase que merece placa (o mejor bache): "Los gobiernos pasan, las ideologías pasan, pero los baches se quedan". Con ese sustento metafísico, la alcaldesa le pidió a la jefa de Gobierno un intercambio de una elegancia brutal: que le entreguen el equivalente en dinero de las estatuas del Che Guevara y de Fidel Castro que adornan la demarcación. Traduzcamos: fundir la revolución para pavimentar la avenida.
Es, hay que reconocerlo, la propuesta más honesta que ha dado la política capitalina en meses. Nada de discursos sobre la memoria histórica ni sobre el legado ideológico: aquí el bronce se cotiza en metros cuadrados de carpeta asfáltica. El materialismo histórico llega por fin a su destino final, que resultó ser una mezcladora de asfalto. Marx escribió que la historia se repite como farsa; en la Cuauhtémoc se repite como licitación de repavimentación.
Uno imagina la escena presupuestal. ¿Cuántos baches vale el Che? ¿Fidel alcanza para una avenida completa o solo para una lateral? ¿Se aceptan pagos en grava? El debate ideológico, que durante décadas dividió cafés, cantinas y sobremesas, se reduce ahora a una operación de compraventa con la sutileza de un anuncio de fierro viejo pasando por la calle.
Lo genial es la coartada perfecta: nadie puede estar en contra de tapar baches. Es el argumento imbatible. Uno puede defender a los íconos revolucionarios con pasión, con teoría, con nostalgia; pero llega el primer charco que le arruina la llanta y de repente el pragmatismo asfáltico suena a poesía pura. La alcaldesa lo sabe y por eso planteó el trueque no como iconoclasia, sino como servicio público. Genia del encuadre.
Sospechamos, eso sí, que el intercambio no prosperará: las estatuas seguirán ahí, mirando de reojo cómo la ciudad discute si la revolución cabe en un saco de cemento. Y los baches, fieles a su naturaleza eterna, seguirán exactamente donde están, más permanentes que cualquier ideología, más constantes que cualquier gobierno, esperando pacientes su próxima reencarnación después de la próxima lluvia.
Es, hay que reconocerlo, la propuesta más honesta que ha dado la política capitalina en meses. Nada de discursos sobre la memoria histórica ni sobre el legado ideológico: aquí el bronce se cotiza en metros cuadrados de carpeta asfáltica. El materialismo histórico llega por fin a su destino final, que resultó ser una mezcladora de asfalto. Marx escribió que la historia se repite como farsa; en la Cuauhtémoc se repite como licitación de repavimentación.
Uno imagina la escena presupuestal. ¿Cuántos baches vale el Che? ¿Fidel alcanza para una avenida completa o solo para una lateral? ¿Se aceptan pagos en grava? El debate ideológico, que durante décadas dividió cafés, cantinas y sobremesas, se reduce ahora a una operación de compraventa con la sutileza de un anuncio de fierro viejo pasando por la calle.
Lo genial es la coartada perfecta: nadie puede estar en contra de tapar baches. Es el argumento imbatible. Uno puede defender a los íconos revolucionarios con pasión, con teoría, con nostalgia; pero llega el primer charco que le arruina la llanta y de repente el pragmatismo asfáltico suena a poesía pura. La alcaldesa lo sabe y por eso planteó el trueque no como iconoclasia, sino como servicio público. Genia del encuadre.
Sospechamos, eso sí, que el intercambio no prosperará: las estatuas seguirán ahí, mirando de reojo cómo la ciudad discute si la revolución cabe en un saco de cemento. Y los baches, fieles a su naturaleza eterna, seguirán exactamente donde están, más permanentes que cualquier ideología, más constantes que cualquier gobierno, esperando pacientes su próxima reencarnación después de la próxima lluvia.