Dos mil monopatines y un misterio nacional: la Semovi no sabe cuántos hay, pero está sensibilizando
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La Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México nos regaló esta semana una de las confesiones más filosóficas del año. Tiene registrados dos mil vehículos de movilidad personal —esos monopatines y bicis eléctricas que zumban por el carril bici y a veces por la banqueta y a veces por tu tobillo— pero admite, con desarmante sinceridad, que no tiene la menor idea de cuántos circulan en total. Van dos mil, ¿de un universo de cuántos? Nadie sabe. El misterio es tan profundo que ya merece su propio documental.
El titular de la dependencia explicó que se trata de un proceso novedoso que requiere tiempo y mucha más información, y que se han dedicado a sensibilizar y comunicar el proceso de registro. Traducción del náhuatl burocrático: no tenemos el dato, pero estamos platicando mucho al respecto. Sensibilizar es el gran verbo de nuestra época; significa hacer algo que se parece a trabajar sin comprometerse a un resultado medible. Es el equivalente institucional de leer el instructivo en voz alta mientras el mueble sigue sin armarse.
Lo entrañable es imaginar la escena administrativa: alguien preguntó cuántos monopatines faltan por registrar y la respuesta oficial fue, esencialmente, un encogimiento de hombros con membrete. No se puede referir cuántas unidades faltan, dijeron, porque no se sabe cuántas hay. Es una tautología perfecta, digna de un koan zen: ¿cuántos monopatines no registrados existen? Los que no sabemos que existen. Medita sobre ello, saltamontes, mientras uno pasa silbando junto a tu oído a treinta por hora.
Y para redondear el género, el plan piloto de scooters concluye este mes. Cincuenta y seis mil viajes en un mes, y ahora se va a "evaluar la continuidad del servicio". Todos sabemos lo que eso significa en el diccionario capitalino: puede que el servicio siga, puede que desaparezca, puede que reaparezca en tres años con otro nombre y otro color de aplicación. La incertidumbre es el verdadero medio de transporte de esta ciudad.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie —literalmente de a pie, porque no le tocó monopatín— sigue esquivando aparatos eléctricos que aparecen de la nada como fantasmas silenciosos. Uno agradecería, humildemente, menos sensibilización y más números. Pero pedir cifras exactas a una autoridad que confiesa no saber cuántos vehículos gobierna es, quizá, pedirle peras al carril compartido. Sigamos esquivando; es, por ahora, la única política pública garantizada.
El titular de la dependencia explicó que se trata de un proceso novedoso que requiere tiempo y mucha más información, y que se han dedicado a sensibilizar y comunicar el proceso de registro. Traducción del náhuatl burocrático: no tenemos el dato, pero estamos platicando mucho al respecto. Sensibilizar es el gran verbo de nuestra época; significa hacer algo que se parece a trabajar sin comprometerse a un resultado medible. Es el equivalente institucional de leer el instructivo en voz alta mientras el mueble sigue sin armarse.
Lo entrañable es imaginar la escena administrativa: alguien preguntó cuántos monopatines faltan por registrar y la respuesta oficial fue, esencialmente, un encogimiento de hombros con membrete. No se puede referir cuántas unidades faltan, dijeron, porque no se sabe cuántas hay. Es una tautología perfecta, digna de un koan zen: ¿cuántos monopatines no registrados existen? Los que no sabemos que existen. Medita sobre ello, saltamontes, mientras uno pasa silbando junto a tu oído a treinta por hora.
Y para redondear el género, el plan piloto de scooters concluye este mes. Cincuenta y seis mil viajes en un mes, y ahora se va a "evaluar la continuidad del servicio". Todos sabemos lo que eso significa en el diccionario capitalino: puede que el servicio siga, puede que desaparezca, puede que reaparezca en tres años con otro nombre y otro color de aplicación. La incertidumbre es el verdadero medio de transporte de esta ciudad.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie —literalmente de a pie, porque no le tocó monopatín— sigue esquivando aparatos eléctricos que aparecen de la nada como fantasmas silenciosos. Uno agradecería, humildemente, menos sensibilización y más números. Pero pedir cifras exactas a una autoridad que confiesa no saber cuántos vehículos gobierna es, quizá, pedirle peras al carril compartido. Sigamos esquivando; es, por ahora, la única política pública garantizada.