Atrapan al defraudador, pero el dinero sigue prófugo
Tamaño de letra
En Nuevo León hemos perfeccionado un género literario propio: el megafraude con final abierto. Más de mil seiscientas víctimas, diez esquemas fraudulentos y pérdidas que alcanzan los doce mil quinientos millones de pesos. La cifra es tan alta que ya no cabe en la calculadora del contribuyente promedio; hay que redondearla con suspiros.
Lo verdaderamente notable es el sello de la casa: en la mayoría de los casos, la Fiscalía sí detiene a los presuntos responsables. Aplausos. El problema es que las víctimas siguen sin ver un solo peso de vuelta. Es decir, el sistema funciona para el acto uno —la captura, la foto, el boletín— pero se congela justo en el acto dos, ese donde la gente recupera los ahorros de toda su vida. Al presunto lo llevan al juzgado; el dinero, a un limbo del que nadie tiene la dirección.
Uno imagina la escena del defraudador estrella: prometía rendimientos que ni Wall Street en su mejor día, con la sonrisa de quien vende paraíso a plazos. Y aquí viene la moraleja gratis, cortesía de esta casa: si un negocio le ofrece ganancias más altas que la temperatura de agosto en Monterrey —y estamos hablando de cuarenta y tantos grados—, probablemente lo único que va a multiplicarse es su arrepentimiento.
El ladrillo y la inversión segura siguen siendo los disfraces favoritos de estos cuentos. El regiomontano, trabajador y confiado, entrega su patrimonio a cambio de una promesa impresa en papel bonito, y meses después descubre que el papel bonito era, efectivamente, solo papel.
Ojalá el acto dos llegue algún día para esas mil seiscientas familias. Mientras tanto, la lección se paga carísima y la moraleja es de las de antaño: cuando algo suena demasiado bueno para ser cierto, generalmente ya le están contando cuánto le van a quitar.
Lo verdaderamente notable es el sello de la casa: en la mayoría de los casos, la Fiscalía sí detiene a los presuntos responsables. Aplausos. El problema es que las víctimas siguen sin ver un solo peso de vuelta. Es decir, el sistema funciona para el acto uno —la captura, la foto, el boletín— pero se congela justo en el acto dos, ese donde la gente recupera los ahorros de toda su vida. Al presunto lo llevan al juzgado; el dinero, a un limbo del que nadie tiene la dirección.
Uno imagina la escena del defraudador estrella: prometía rendimientos que ni Wall Street en su mejor día, con la sonrisa de quien vende paraíso a plazos. Y aquí viene la moraleja gratis, cortesía de esta casa: si un negocio le ofrece ganancias más altas que la temperatura de agosto en Monterrey —y estamos hablando de cuarenta y tantos grados—, probablemente lo único que va a multiplicarse es su arrepentimiento.
El ladrillo y la inversión segura siguen siendo los disfraces favoritos de estos cuentos. El regiomontano, trabajador y confiado, entrega su patrimonio a cambio de una promesa impresa en papel bonito, y meses después descubre que el papel bonito era, efectivamente, solo papel.
Ojalá el acto dos llegue algún día para esas mil seiscientas familias. Mientras tanto, la lección se paga carísima y la moraleja es de las de antaño: cuando algo suena demasiado bueno para ser cierto, generalmente ya le están contando cuánto le van a quitar.