Cómo declarar una casa sin declararla: el método de las cosas 'indirectas'
Tamaño de letra
El senador Gerardo Fernández Noroña salió a poner orden en el escándalo de su casa de 12 millones de pesos en Tepoztlán, esa que, según los reportes, no figuraba en su declaración patrimonial de 2026. Y lo hizo con una explicación que merece un capítulo aparte en los manuales de contabilidad creativa: la propiedad, dijo, sí está reportada, solo que de forma indirecta, porque el crédito con el que la adquirió aún está vigente.
Detengámonos a saborear el concepto. Reportar algo indirectamente. Es decir, no ocultarlo —eso jamás—, sino declararlo de una manera tan sutil, tan de reojo, tan entre líneas, que para dar con ello haga falta un arqueólogo, una lámpara de minero y mucha fe. La casa está ahí, transparente como el agua, solo que en la parte del documento que nadie lee, escrita con la tinta invisible del 'ya se entiende'.
Uno agradece la lección de educación financiera para el pueblo. A partir de hoy, todos podemos aspirar a reportar nuestras posesiones indirectamente. El coche, indirectamente. El terrenito, indirectamente. La quincena, felizmente, ya se nos va de forma directísima, pero es un decir. Si el SAT algún día toca la puerta, basta con explicar que los ingresos estaban reportados de modo indirecto, por aquello del crédito, y confiar en que la autoridad tenga el mismo sentido del humor.
Lo notable es el aplomo. En vez de un tímido 'se me pasó', tenemos toda una teoría: no aparece porque el banco todavía es dueño de una parte, y por lo tanto la lógica patrimonial se vuelve un juego de sombras chinescas donde la casa existe y no existe según el ángulo con que se le mire. Es física cuántica aplicada a la declaración patrimonial: el inmueble está en superposición, simultáneamente declarado y no declarado, hasta que un periodista abre la caja y colapsa la función de onda.
Habrá que ver si la explicación convence a quienes revisan estas cosas o si termina, también ella, reportada indirectamente en el archivo de las aclaraciones que aclaran poco. Mientras tanto, el país entero tomó nota: la transparencia, como la casa de Tepoztlán, a veces se paga a plazos.
Detengámonos a saborear el concepto. Reportar algo indirectamente. Es decir, no ocultarlo —eso jamás—, sino declararlo de una manera tan sutil, tan de reojo, tan entre líneas, que para dar con ello haga falta un arqueólogo, una lámpara de minero y mucha fe. La casa está ahí, transparente como el agua, solo que en la parte del documento que nadie lee, escrita con la tinta invisible del 'ya se entiende'.
Uno agradece la lección de educación financiera para el pueblo. A partir de hoy, todos podemos aspirar a reportar nuestras posesiones indirectamente. El coche, indirectamente. El terrenito, indirectamente. La quincena, felizmente, ya se nos va de forma directísima, pero es un decir. Si el SAT algún día toca la puerta, basta con explicar que los ingresos estaban reportados de modo indirecto, por aquello del crédito, y confiar en que la autoridad tenga el mismo sentido del humor.
Lo notable es el aplomo. En vez de un tímido 'se me pasó', tenemos toda una teoría: no aparece porque el banco todavía es dueño de una parte, y por lo tanto la lógica patrimonial se vuelve un juego de sombras chinescas donde la casa existe y no existe según el ángulo con que se le mire. Es física cuántica aplicada a la declaración patrimonial: el inmueble está en superposición, simultáneamente declarado y no declarado, hasta que un periodista abre la caja y colapsa la función de onda.
Habrá que ver si la explicación convence a quienes revisan estas cosas o si termina, también ella, reportada indirectamente en el archivo de las aclaraciones que aclaran poco. Mientras tanto, el país entero tomó nota: la transparencia, como la casa de Tepoztlán, a veces se paga a plazos.