Guachochi descubre la cura contra la violencia: un acuario
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Los criminólogos del mundo llevan décadas discutiendo modelos de prevención, políticas sociales, reinserción y presupuestos. Guachochi los mandó a todos a estudiar de nuevo: aquí la violencia bajó gracias a un acuario y unas fuentes multimedia.
Esa es, al menos, la lectura que ofreció el presidente municipal, quien informó que con la inauguración del acuario y de otros atractivos turísticos repuntaron los visitantes, y que ese repunte repercutió en la disminución de la violencia. La ocupación hotelera anda por encima del 95 por ciento y las reservaciones vuelan. Todo suena espléndido. La duda, minúscula, es el saltito lógico entre "llegaron más turistas a ver peces" y "disminuyó la violencia", como si la delincuencia se hubiera conmovido ante un banco de mojarras iluminadas.
Quede claro: que a Guachochi le vaya bien en turismo es una gran noticia, y que un municipio serrano invierta en atractivos para su gente es sano y celebrable. La sierra chihuahuense tiene bellezas que merecen visitantes. El problema no es el acuario; el problema es la ecuación. Porque si de verdad las fuentes danzantes ahuyentan el delito, entonces habría que clausurar academias de policía y contratar fontaneros con sentido del ritmo.
Uno imagina la nueva estrategia de seguridad estatal: en lugar de operativos, inauguraciones. En lugar de patrullas, mantarrayas. Un plan integral consistente en llenar la sierra de peceras hasta que la paz llegue por ósmosis. Y a los municipios con problemas se les recetaría, según gravedad, desde una pecera doméstica hasta un delfinario con luces led.
Lo interesante es la comodidad del argumento. Atribuirle a un acuario la baja en la incidencia es elegante porque no compromete a nada ni a nadie: no hay que explicar operativos, ni coordinaciones, ni cifras incómodas. Basta con cortar un listón y declarar la victoria sobre la inseguridad entre aplausos y ocupación hotelera. Difícil pedir un método más barato de gobernar por comunicado.
Ojalá tenga razón el alcalde y la fórmula funcione. Ojalá dentro de un año descubramos que el secreto que se le escapó a todo el país era, en efecto, poner peces detrás de un vidrio. Mientras tanto, uno mira las fuentes danzantes con cariño y una sospecha: que en la sierra, como en tantos lados, la realidad tiene menos luces de colores de las que anuncian los informes.
Esa es, al menos, la lectura que ofreció el presidente municipal, quien informó que con la inauguración del acuario y de otros atractivos turísticos repuntaron los visitantes, y que ese repunte repercutió en la disminución de la violencia. La ocupación hotelera anda por encima del 95 por ciento y las reservaciones vuelan. Todo suena espléndido. La duda, minúscula, es el saltito lógico entre "llegaron más turistas a ver peces" y "disminuyó la violencia", como si la delincuencia se hubiera conmovido ante un banco de mojarras iluminadas.
Quede claro: que a Guachochi le vaya bien en turismo es una gran noticia, y que un municipio serrano invierta en atractivos para su gente es sano y celebrable. La sierra chihuahuense tiene bellezas que merecen visitantes. El problema no es el acuario; el problema es la ecuación. Porque si de verdad las fuentes danzantes ahuyentan el delito, entonces habría que clausurar academias de policía y contratar fontaneros con sentido del ritmo.
Uno imagina la nueva estrategia de seguridad estatal: en lugar de operativos, inauguraciones. En lugar de patrullas, mantarrayas. Un plan integral consistente en llenar la sierra de peceras hasta que la paz llegue por ósmosis. Y a los municipios con problemas se les recetaría, según gravedad, desde una pecera doméstica hasta un delfinario con luces led.
Lo interesante es la comodidad del argumento. Atribuirle a un acuario la baja en la incidencia es elegante porque no compromete a nada ni a nadie: no hay que explicar operativos, ni coordinaciones, ni cifras incómodas. Basta con cortar un listón y declarar la victoria sobre la inseguridad entre aplausos y ocupación hotelera. Difícil pedir un método más barato de gobernar por comunicado.
Ojalá tenga razón el alcalde y la fórmula funcione. Ojalá dentro de un año descubramos que el secreto que se le escapó a todo el país era, en efecto, poner peces detrás de un vidrio. Mientras tanto, uno mira las fuentes danzantes con cariño y una sospecha: que en la sierra, como en tantos lados, la realidad tiene menos luces de colores de las que anuncian los informes.