La notaría del futuro: lenguaje incluyente, trámites ágiles y la eterna promesa de modernidad
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El Congreso de Guanajuato recibió una iniciativa de la gobernadora Libia García para reformar la Ley del Notariado, y el paquete viene con todos los adjetivos que enamoran a un boletín: modernizar la función notarial, hacerla "más eficiente" y armonizarla con criterios constitucionales recientes. Por si fuera poco, incorpora lenguaje incluyente. Uno lee "modernizar las notarías" y no sabe si celebrar o preguntar en qué siglo estaban operando, porque el gremio notarial mexicano ha sido durante generaciones el equivalente jurídico de un club campestre: se entra por invitación, se hereda como reliquia y se cobra como si cada firma pesara oro.
Lo jugoso está en los requisitos. La reforma propone cambiar el perfil académico —privilegiando la especialización en derecho notarial— y, sobre todo, eliminar algunos requisitos de años mínimos de ejercicio y práctica, porque diversos tribunales consideraron que esas restricciones podían ser inconstitucionales al limitar el acceso a la función pública. Traducción para el ciudadano de a pie: durante años, las barreras que mantenían el negocio en pocas manos resultaron tan cuestionables que hasta los jueces levantaron la ceja. Ahora se corrigen y se presenta como innovación de vanguardia. Aplausos por llegar, aunque sea tarde y a empujones del Poder Judicial.
En paralelo, el diputado Alejandro Arias presentó su propia propuesta para armonizar la ley local con la nacional, no vaya a ser que la modernidad llegue descoordinada. Todo esto se turnó, como manda el ritual, a la Comisión de Justicia "para su estudio", esas tres palabras que en el Congreso local significan cualquier cosa entre dos semanas y la próxima administración.
Que nadie se confunda: digitalizar expedientes, agilizar procedimientos y abrir la profesión son buenas noticias, de las que de verdad le cambian el día a alguien que ha esperado horas para pasar una escritura. El problema es el empaque triunfal. Presentar como reforma revolucionaria el hecho de que por fin se cumpla la Constitución es como felicitar a alguien por dejar de estacionarse en la banqueta. Bienvenida la modernidad notarial; ojalá que, cuando salga de la Comisión de Justicia, siga siendo moderna y no una antigüedad recién estrenada.
Lo jugoso está en los requisitos. La reforma propone cambiar el perfil académico —privilegiando la especialización en derecho notarial— y, sobre todo, eliminar algunos requisitos de años mínimos de ejercicio y práctica, porque diversos tribunales consideraron que esas restricciones podían ser inconstitucionales al limitar el acceso a la función pública. Traducción para el ciudadano de a pie: durante años, las barreras que mantenían el negocio en pocas manos resultaron tan cuestionables que hasta los jueces levantaron la ceja. Ahora se corrigen y se presenta como innovación de vanguardia. Aplausos por llegar, aunque sea tarde y a empujones del Poder Judicial.
En paralelo, el diputado Alejandro Arias presentó su propia propuesta para armonizar la ley local con la nacional, no vaya a ser que la modernidad llegue descoordinada. Todo esto se turnó, como manda el ritual, a la Comisión de Justicia "para su estudio", esas tres palabras que en el Congreso local significan cualquier cosa entre dos semanas y la próxima administración.
Que nadie se confunda: digitalizar expedientes, agilizar procedimientos y abrir la profesión son buenas noticias, de las que de verdad le cambian el día a alguien que ha esperado horas para pasar una escritura. El problema es el empaque triunfal. Presentar como reforma revolucionaria el hecho de que por fin se cumpla la Constitución es como felicitar a alguien por dejar de estacionarse en la banqueta. Bienvenida la modernidad notarial; ojalá que, cuando salga de la Comisión de Justicia, siga siendo moderna y no una antigüedad recién estrenada.