El olfato de las diputadas: detectan a qué huele el tiempo, pero no la metida de pata
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Hay talentos que la naturaleza reparte de manera caprichosa. A dos diputadas poblanas les tocó, según ellas mismas demostraron en un podcast, una nariz de altísima precisión: son capaces de determinar que los hombres mayores "huelen a baúl" y que "se están pudriendo". Un olfato de sabueso, sin duda. Lástima que ese mismo aparato sensorial no haya captado, a quince centímetros de sus propias bocas, el inconfundible tufo de una declaración que las iba a llevar directito a un pronunciamiento de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
Porque eso fue exactamente lo que pasó. La CNDH condenó los comentarios y aclaró que no se trató de simples opiniones, sino de discursos que vulneran la dignidad de las personas adultas mayores; los calificó de discriminatorios y edadistas, y de plano pidió al Congreso de Puebla tomar medidas para que la escena no se repita. Es decir: lo que empezó como charla ligera de podcast terminó convertido en tema de derechos humanos a nivel nacional. Pocas conversaciones "informales" logran ese ascenso meteórico.
Detengámonos en la hazaña comunicacional. Estamos ante legisladoras, personas cuyo oficio literal es medir el peso de las palabras y redactar leyes que a todos nos aplican. Y sin embargo, frente a un micrófono encendido, optaron por el registro de la sobremesa con dos copas encima. El baúl, el moho, la putrefacción: todo un tratado de perfumería del desprecio, improvisado en horario estelar del internet. Uno entendería el desliz en una carne asada; en el ejercicio de un cargo público, la cosa cambia de olor.
Lo verdaderamente notable es la asimetría de sensibilidades. Para ciertos temas, el olfato político mexicano es finísimo: huele una cámara a cien metros, detecta un aplauso antes de que suene, percibe el aroma de una candidatura con meses de anticipación. Pero para oler el problema propio, para reconocer que un comentario cruza la raya, la nariz se tapa milagrosamente. Es el mismo fenómeno de quienes juran no tener nada que esconder justo cuando les piden que abran los cajones.
El edadismo, hay que decirlo sin sarcasmo por un renglón, no es broma: reírse de la gente por envejecer es reírse del único destino que compartimos absolutamente todos, incluidas las diputadas, que algún día también olerán a lo que huele el calendario. Envejecer no es un defecto de fábrica; es la garantía. Quien hoy señala el baúl mañana será el baúl.
Así que quede como moraleja para la clase política con micrófono a la mano: antes de diagnosticar a qué huelen los demás, conviene revisar a qué huele el propio discurso. A veces el aroma más penetrante de la sala no viene del señor de la esquina, sino de las palabras que uno acaba de soltar al aire.
Porque eso fue exactamente lo que pasó. La CNDH condenó los comentarios y aclaró que no se trató de simples opiniones, sino de discursos que vulneran la dignidad de las personas adultas mayores; los calificó de discriminatorios y edadistas, y de plano pidió al Congreso de Puebla tomar medidas para que la escena no se repita. Es decir: lo que empezó como charla ligera de podcast terminó convertido en tema de derechos humanos a nivel nacional. Pocas conversaciones "informales" logran ese ascenso meteórico.
Detengámonos en la hazaña comunicacional. Estamos ante legisladoras, personas cuyo oficio literal es medir el peso de las palabras y redactar leyes que a todos nos aplican. Y sin embargo, frente a un micrófono encendido, optaron por el registro de la sobremesa con dos copas encima. El baúl, el moho, la putrefacción: todo un tratado de perfumería del desprecio, improvisado en horario estelar del internet. Uno entendería el desliz en una carne asada; en el ejercicio de un cargo público, la cosa cambia de olor.
Lo verdaderamente notable es la asimetría de sensibilidades. Para ciertos temas, el olfato político mexicano es finísimo: huele una cámara a cien metros, detecta un aplauso antes de que suene, percibe el aroma de una candidatura con meses de anticipación. Pero para oler el problema propio, para reconocer que un comentario cruza la raya, la nariz se tapa milagrosamente. Es el mismo fenómeno de quienes juran no tener nada que esconder justo cuando les piden que abran los cajones.
El edadismo, hay que decirlo sin sarcasmo por un renglón, no es broma: reírse de la gente por envejecer es reírse del único destino que compartimos absolutamente todos, incluidas las diputadas, que algún día también olerán a lo que huele el calendario. Envejecer no es un defecto de fábrica; es la garantía. Quien hoy señala el baúl mañana será el baúl.
Así que quede como moraleja para la clase política con micrófono a la mano: antes de diagnosticar a qué huelen los demás, conviene revisar a qué huele el propio discurso. A veces el aroma más penetrante de la sala no viene del señor de la esquina, sino de las palabras que uno acaba de soltar al aire.