Un millón seiscientas mil veces: el carril confinado que a nadie confina
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Si algo une a la Ciudad de México por encima de partidos, alcaldías y niveles socioeconómicos, es la firme convicción colectiva de que las líneas pintadas en el asfalto son una sugerencia. El Metrobús acaba de ponerle número a esa fe popular: en once meses, su sistema de fotomultas registró un millón 615 mil 210 invasiones al carril confinado. No es una cifra, es un censo espiritual de la capital.
Desglosemos la epopeya. La línea 5 concentró poco más de una cuarta parte de las invasiones y la línea 1 casi 22 por ciento, lo que confirma que hay corredores donde el carril rojo funciona menos como frontera y más como pista de cortesía para todo aquel que traiga prisa, volante y ninguna intención de respetar el orden. Un millón seiscientas mil incursiones es, para que dimensionemos, como si buena parte de una ciudad entera hubiera decidido, cada quien por su cuenta, que las reglas son para el de atrás.
El mismo informe, elaborado para responder a un exhorto del Congreso local, agrega el otro lado de la moneda: mil 777 hechos de tránsito en el periodo, y la línea 4, la que cruza el Centro Histórico rumbo a San Lázaro, el Aeropuerto y Pantitlán, se lleva casi cuatro de cada diez incidentes. La explicación oficial habla de maniobras de las unidades por congestión vial y por las propias invasiones. Es decir: nos invaden el carril, la unidad maniobra para sobrevivir, y del choque también acabamos hablando. Un círculo virtuoso, pero al revés.
Lo entrañable del asunto es el diálogo silencioso entre la fotomulta y el infractor. La cámara dispara, registra, cataloga; el conductor, impávido, sigue de largo convencido de que el carril confinado lo confina a todos menos a él. Un millón seiscientas mil pruebas fotográficas después, la ciudad demuestra que se puede documentar exhaustivamente un problema sin que eso lo mueva ni un centímetro. Tenemos el mejor archivo del mundo sobre nuestras propias transgresiones.
Y conste que aquí no hay villano exótico: el invasor del carril confinado es el vecino, el compa, el que ayer se quejaba del tráfico y hoy lo provoca metiéndose donde no debe. Es esa esquizofrenia vial tan nuestra de exigir orden mientras uno mismo se salta la fila, físicamente convencido de que su urgencia es más legítima que la del resto de los mortales atrapados en el embotellamiento.
La pregunta que deja el informe no es cuántas veces invadimos, porque ya lo sabemos: un millón seiscientas mil y contando. La pregunta es qué se hace con semejante radiografía. Porque una cosa es fotografiar la enfermedad con lujo de detalle y otra, muy distinta, atreverse a curarla. Por ahora, la capital sigue avanzando como puede: a paso de camión atorado, sobre un carril rojo que promete confinar y que, en la práctica, solo confina la paciencia de quien viaja adentro.
Desglosemos la epopeya. La línea 5 concentró poco más de una cuarta parte de las invasiones y la línea 1 casi 22 por ciento, lo que confirma que hay corredores donde el carril rojo funciona menos como frontera y más como pista de cortesía para todo aquel que traiga prisa, volante y ninguna intención de respetar el orden. Un millón seiscientas mil incursiones es, para que dimensionemos, como si buena parte de una ciudad entera hubiera decidido, cada quien por su cuenta, que las reglas son para el de atrás.
El mismo informe, elaborado para responder a un exhorto del Congreso local, agrega el otro lado de la moneda: mil 777 hechos de tránsito en el periodo, y la línea 4, la que cruza el Centro Histórico rumbo a San Lázaro, el Aeropuerto y Pantitlán, se lleva casi cuatro de cada diez incidentes. La explicación oficial habla de maniobras de las unidades por congestión vial y por las propias invasiones. Es decir: nos invaden el carril, la unidad maniobra para sobrevivir, y del choque también acabamos hablando. Un círculo virtuoso, pero al revés.
Lo entrañable del asunto es el diálogo silencioso entre la fotomulta y el infractor. La cámara dispara, registra, cataloga; el conductor, impávido, sigue de largo convencido de que el carril confinado lo confina a todos menos a él. Un millón seiscientas mil pruebas fotográficas después, la ciudad demuestra que se puede documentar exhaustivamente un problema sin que eso lo mueva ni un centímetro. Tenemos el mejor archivo del mundo sobre nuestras propias transgresiones.
Y conste que aquí no hay villano exótico: el invasor del carril confinado es el vecino, el compa, el que ayer se quejaba del tráfico y hoy lo provoca metiéndose donde no debe. Es esa esquizofrenia vial tan nuestra de exigir orden mientras uno mismo se salta la fila, físicamente convencido de que su urgencia es más legítima que la del resto de los mortales atrapados en el embotellamiento.
La pregunta que deja el informe no es cuántas veces invadimos, porque ya lo sabemos: un millón seiscientas mil y contando. La pregunta es qué se hace con semejante radiografía. Porque una cosa es fotografiar la enfermedad con lujo de detalle y otra, muy distinta, atreverse a curarla. Por ahora, la capital sigue avanzando como puede: a paso de camión atorado, sobre un carril rojo que promete confinar y que, en la práctica, solo confina la paciencia de quien viaja adentro.