El cártel del blanquillo: cuando hasta los huevos pagaban derecho de piso
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Durante años pensamos, ingenuos, que el precio del huevo subía por la inflación, por el costo de los granos o por esa entidad abstracta llamada "el mercado". Resulta que había una explicación mucho más terrenal: en tres municipios de Nayarit, según la fiscalía estatal, operaba una red de extorsión que obligaba a los comerciantes a vender el huevo con sobreprecio para entregar la diferencia como cobro de piso. Es decir, existía un cártel del blanquillo. El crimen organizado había diversificado su portafolio hacia el desayuno.
Piénselo bien. Alguien, en algún momento, se sentó a planear la operación: no las plazas, no las rutas, no los cargamentos, sino el precio del huevo en el mercado de la esquina. La imaginación criminal alcanzó tal grado de refinamiento que dejó de robar cajas fuertes para pasar a monetizar la proteína más barata del país. La delincuencia mexicana llegó a un nivel de creatividad que ya merece su propio caso de estudio en una escuela de negocios.
Lo verdaderamente doloroso es el número. Según informó la fiscalía, tras las detenciones el kilo bajó de cuarenta a veinte pesos. La mitad. La mitad del precio del huevo era, presuntamente, impuesto revolucionario. Cada omelette, cada huevo estrellado, cada torta de huevo del changarro llevaba adentro una cuota clandestina. Uno desayunaba y sin saberlo estaba financiando una estructura delictiva. El más humilde de los alimentos, convertido en instrumento de recaudación forzada.
Hay algo profundamente simbólico en todo esto. El huevo es el último refugio del que ya no le alcanza para nada más: cuando la quincena se acaba, siempre quedan los huevos. Que hasta ahí llegara el cobro de piso significa que la extorsión escaló hasta el fondo mismo de la alacena popular. Ya no hay nada demasiado modesto para exprimirle una mordida.
La fiscal estatal presumió que los responsables ya están detenidos y que los vecinos por fin pueden comprar su kilo a veinte pesos. Buena noticia, sin duda. Pero uno no puede evitar la pregunta incómoda: si nadie se dio cuenta durante años de que el precio del huevo escondía un cobro de piso, ¿qué otras cosas de la canasta básica traen su sobreprecio con firma clandestina? El aguacate ya tiene sus propios pleitos internacionales; no vaya a ser que un día descubramos que la tortilla también andaba en malos pasos.
Por lo pronto, celebremos. En Nayarit el desayuno volvió a ser un derecho y no una cuota. Y en el resto del país, mientras tanto, conviene mirar con nuevos ojos al señor que nos vende el cartón de huevo: a saber a quién le rinde cuentas.
Piénselo bien. Alguien, en algún momento, se sentó a planear la operación: no las plazas, no las rutas, no los cargamentos, sino el precio del huevo en el mercado de la esquina. La imaginación criminal alcanzó tal grado de refinamiento que dejó de robar cajas fuertes para pasar a monetizar la proteína más barata del país. La delincuencia mexicana llegó a un nivel de creatividad que ya merece su propio caso de estudio en una escuela de negocios.
Lo verdaderamente doloroso es el número. Según informó la fiscalía, tras las detenciones el kilo bajó de cuarenta a veinte pesos. La mitad. La mitad del precio del huevo era, presuntamente, impuesto revolucionario. Cada omelette, cada huevo estrellado, cada torta de huevo del changarro llevaba adentro una cuota clandestina. Uno desayunaba y sin saberlo estaba financiando una estructura delictiva. El más humilde de los alimentos, convertido en instrumento de recaudación forzada.
Hay algo profundamente simbólico en todo esto. El huevo es el último refugio del que ya no le alcanza para nada más: cuando la quincena se acaba, siempre quedan los huevos. Que hasta ahí llegara el cobro de piso significa que la extorsión escaló hasta el fondo mismo de la alacena popular. Ya no hay nada demasiado modesto para exprimirle una mordida.
La fiscal estatal presumió que los responsables ya están detenidos y que los vecinos por fin pueden comprar su kilo a veinte pesos. Buena noticia, sin duda. Pero uno no puede evitar la pregunta incómoda: si nadie se dio cuenta durante años de que el precio del huevo escondía un cobro de piso, ¿qué otras cosas de la canasta básica traen su sobreprecio con firma clandestina? El aguacate ya tiene sus propios pleitos internacionales; no vaya a ser que un día descubramos que la tortilla también andaba en malos pasos.
Por lo pronto, celebremos. En Nayarit el desayuno volvió a ser un derecho y no una cuota. Y en el resto del país, mientras tanto, conviene mirar con nuevos ojos al señor que nos vende el cartón de huevo: a saber a quién le rinde cuentas.