La alcaldesa se subió al camión (y la prensa, atrás)
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Hay gestos que merecen aplauso y explicación al mismo tiempo. En Guanajuato capital, la alcaldesa cambió el escritorio por el estribo del camión recolector, se metió a los depósitos de basura y realizó tareas operativas "para conocer las dificultades del personal de limpia". El propósito, dicho así, es de manual de buen gobierno: nada como oler el problema para entenderlo. El asterisco, también de manual, es que la revelación llegó con fotógrafo, comunicado y ruta previamente calendarizada.
No dudamos de la buena fe. Dudamos de la duración. Porque el recolector de a de veras no descubre hoy que las bolsas pesan, que el sol quema y que hay perros territoriales en cada esquina: lo sabe desde que entró a chambear, y lo sabrá mañana, cuando ya no haya cámara que documente su heroísmo cotidiano. La diferencia entre la empatía y el performance es sencilla: la primera se queda cuando se apaga la luz roja de la videocámara.
Seamos justos: recorrer una ruta de limpia está mil veces mejor que gobernar por Excel desde una oficina con clima. Que un funcionario cargue una bolsa de basura ajena es didáctico y, francamente, saludable para el ego municipal. Lo que pediríamos, con el sarcasmo debido, es que la lección se convierta en presupuesto: uniformes, guantes, hidratación, mejores camiones y rutas dignas. Que el aprendizaje no acabe en la sección de sociales sino en la partida de servicios públicos.
Porque el personal de limpia no necesita una madrina por un día; necesita condiciones los otros trescientos sesenta y cuatro. Si la foto se traduce en eso, benditas sean la cámara y el chaleco. Si no, habremos visto otra vez el eterno reality show de la política guanajuatense: el capítulo en que la autoridad descubre, con cara de sorpresa, que la vida del que trabaja está cañona. Spoiler: siempre lo estuvo.
No dudamos de la buena fe. Dudamos de la duración. Porque el recolector de a de veras no descubre hoy que las bolsas pesan, que el sol quema y que hay perros territoriales en cada esquina: lo sabe desde que entró a chambear, y lo sabrá mañana, cuando ya no haya cámara que documente su heroísmo cotidiano. La diferencia entre la empatía y el performance es sencilla: la primera se queda cuando se apaga la luz roja de la videocámara.
Seamos justos: recorrer una ruta de limpia está mil veces mejor que gobernar por Excel desde una oficina con clima. Que un funcionario cargue una bolsa de basura ajena es didáctico y, francamente, saludable para el ego municipal. Lo que pediríamos, con el sarcasmo debido, es que la lección se convierta en presupuesto: uniformes, guantes, hidratación, mejores camiones y rutas dignas. Que el aprendizaje no acabe en la sección de sociales sino en la partida de servicios públicos.
Porque el personal de limpia no necesita una madrina por un día; necesita condiciones los otros trescientos sesenta y cuatro. Si la foto se traduce en eso, benditas sean la cámara y el chaleco. Si no, habremos visto otra vez el eterno reality show de la política guanajuatense: el capítulo en que la autoridad descubre, con cara de sorpresa, que la vida del que trabaja está cañona. Spoiler: siempre lo estuvo.